A los 72 años, el actor protagoniza "La hora vertical" en El Galpón y habla de su regreso de Italia, sus comienzos en el teatro y las ganas de seguir aprendiendo.
A los 16 años, Massimo Tenuta todavía no sabía si iba a ser actor. Lo que sí sabía era que le gustaba estar en un teatro. Empezó como ayudante electricista en el Teatro Odeón. Entre cables, luces y el movimiento de una sala en funcionamiento descubrió que aquel ambiente tenía algo que lo atraía. "¡Qué bien que me siento acá!", recuerda que pensó. Poco después decidió estudiar teatro.
La anécdota tiene algo de síntesis involuntaria de una carrera que nunca fue demasiado lineal. Tenuta se formó, trabajó en Uruguay, se fue a Italia durante dos décadas y regresó con la misma curiosidad que, a los 72 años -que cumplirá próximamente-, todavía lo lleva a meterse en desafíos nuevos. Ahora está en el Teatro El Galpón con La hora vertical, obra del británico David Hare que tiene funciones los sábados y domingos y dirige Graciela Escuder.
La pieza transcurre en un ámbito doméstico, pero rápidamente abre la puerta a discusiones bastante más grandes. Un médico que vive retirado en Gales recibe a su hijo y a la pareja de este, una ex corresponsal de guerra que trabajó en Irak y luego se dedicó a la enseñanza. Las diferencias profesionales, familiares y políticas empiezan a mezclarse hasta convertir aquella visita en una discusión sobre las decisiones que toma cada uno y sobre qué significa realmente llevar una vida cómoda.
Hare escribió la obra en 2006, después de la guerra de Irak, y ese contexto sigue presente en el texto. La versión que dirige Escuder redujo sus 96 páginas originales a unas 60, concentrando el material y dejando en primer plano los enfrentamientos entre los personajes. Tenuta interpreta al médico, un hombre que en apariencia se retiró de una vida profesional exitosa para instalarse lejos de Londres, pero que todavía sostiene una idea muy precisa de lo que significa ejercer la medicina y acompañar a un paciente hasta el final.
Su hijo, en cambio, eligió otro camino dentro de la salud: se convirtió en fisioterapeuta y desarrolló clínicas dedicadas a prolongar y mejorar la calidad de vida de sus pacientes. Entre ambos aparece una discusión que excede la relación entre padre e hijo: ¿es más importante acompañar a una persona hasta el final o hacer lo posible para que ese final llegue más tarde?
La obra también exige un ritmo particular. Hay discusiones rápidas, cambios de tono y momentos de tensión que obligan a los actores a estar atentos a lo que sucede en escena, y no solamente a esperar la próxima línea. Y Tenuta, que reconoce una inclinación por los personajes de composición más que por el naturalismo, encuentra allí otro de los motivos por los que sigue disfrutando el oficio.
A fin de cuentas, esa parece ser una de las palabras que mejor explican su vínculo con el teatro: disfrute. No necesariamente durante todo el proceso -admite que puede ser muy autocrítico y que hay etapas de los ensayos que sufre-, sino en ese momento en que una función consigue arrancarle una sonrisa al público. "Cuando siento que tres o cuatro hacen ya, ya me gustó", dice.
En La hora vertical, además, vuelve a trabajar en un espectáculo concebido como una construcción colectiva, en diálogo entre actores, dirección, música, vestuario y escenografía. Para Tenuta, esa discusión permanente no es una intromisión en el trabajo del director, sino una manera de enriquecerlo. Después de tantos años arriba y detrás de un escenario, sigue prefiriendo eso: un teatro en movimiento, donde nadie tenga la respuesta definitiva antes de empezar.
Después de 20 años en Italia, ¿qué te pasó al volver y reencontrarte con el teatro uruguayo? Yo me fui porque no estaba conforme con lo que hacía y también por una cuestión económica. Sentía que acá no iba a poder comprarme una casa en mi vida si no salía. Todo lo que trabajaba en teatro lo terminaba gastando en obras.
¿Y qué encontraste en Italia? Trabajé en una agencia de Naciones Unidas vinculada al desarrollo agrícola. No tenía nada que ver con el teatro. Y eso también fue importante para mí. Aprendí otras cosas, conocí otra realidad. Pero el teatro siempre estuvo ahí.
¿Te cambió la mirada sobre tu profesión? Sí. Cuando volvés, volvés distinto. Y además yo tengo una cosa: necesito hacer. Puedo estar cuatro o cinco días en mi casa, tranquilo, y estoy bárbaro. Después digo: bueno, ahora hay que hacer algo.
https://www.youtube.com/watch?v=eEmJm3LRKWE ¿Qué buscás hoy cuando elegís un personaje? Divertirme. Cuando la gente se ríe en la sala es un placer. No necesariamente una carcajada. A veces es solo una sonrisa.
¿Sos muy crítico con vos mismo? Muchísimo. Me cuestiono permanentemente. Los comienzos de los ensayos los disfruto, después hay una parte intermedia que la sufro. Voy, hago lo que tengo que hacer, no falto, pero no me divierto todo el tiempo. Hay gente que disfruta todas las obras. Yo no. Soy bastante rompepelotas conmigo mismo.
¿Cuánto pesa Juan Tenuta en tu forma de entender el humor? Muchísimo. Mi tío fue un gran actor y un ser humano excepcional. Me enseñó muchas cosas. Yo no tengo su personalidad ni pretendo ser el gran hombre que fue, pero sí heredé cosas de su humor.
¿Alguna vez sentiste que tener ese apellido podía jugarte en contra? El apellido puede abrirte una primera puerta. Después tenés que seguir vos. Si no tenés nada, el apellido solo no sirve.
¿Te imaginás dejando de actuar? No. No sé hasta cuándo, pero mientras tenga ganas de aprender y de hacer cosas, no veo por qué tendría que dejar.