‘Nos quería dejar una casa, pero nos dejó un hogar’
José Fernando Patiño estaba en Bogotá cuando ocurrió el terremoto
José Fernando Patiño estaba en Bogotá cuando ocurrió el terremoto. Dormía con su esposa y sus hijos ya habían salido hacia el colegio. Cuando comenzó el movimiento, bajó rápidamente hacia un lugar seguro y lo primero que hizo fue intentar comunicarse con sus padres. Su mamá respondió llorando y le mostró que la vivienda había quedado destruida y que ya no podía ser habitada. Ella estaba a salvo, pero su padre no contestaba. Un familiar que vivía cerca de Torres de Limonar, en Cali, se desplazó hasta el lugar y poco después llamó a José Fernando para informarle que el edificio había colapsado. Él salió deprisa hacia el aeropuerto y consiguió un tiquete para el primer vuelo disponible, y para su ‘suerte’ alcanzó a abordar. Tuvo que dejar su maleta, metió algunas cosas en una bolsa y corrió hacia la puerta de embarque. Antes de quedarse sin señal, recibió un mensaje que le devolvió la esperanza. Un amigo le envió un video de un puesto de mando unificado en el que aparecía el nombre de su padre: "Darío Patiño Rivera, 78 años". Según el reporte, había sido trasladado a una clínica. "Si estaba el nombre completo y los 78 años, ¿quién más lo habría dicho sino él?", recuerda. Al aterrizar comenzó a llamar a sus familiares. Ellos ya habían recorrido diferentes centros médicos buscando a Darío, pero no estaba en ninguno. José Fernando decidió comprobarlo personalmente. Atravesó Cali para encontrarlo, sin embargo, en todos recibió la misma respuesta: Darío no estaba. Cerca de la una y media de la tarde decidió ir a la vivienda de su padre: Torres de Limonar. Al llegar vio como el apartamento 304 había desaparecido debajo de los escombros. Darío había comprado esa vivienda cerca de 20 años atrás y allí había organizado también parte de su patrimonio familiar. Conservaba el usufructo del inmueble y José Fernando y su hermana figuraban como propietarios. La decisión le permitía a Darío mantener su vivienda durante el retiro y, al mismo tiempo, organizar la propiedad para sus hijos. "Con mi papá siempre fui un niño. Me acostaba en su pecho a ver televisión. Incluso cuando ya estaba en la universidad seguíamos compartiendo esos momentos. Fue muy grande mirar algo que ya no estaba y pensar que mi papá estaba ahí", dice José Fernando. Durante dos días y dos noches permaneció frente a la estructura. Para ubicarse utilizaba como referencia los árboles que podía reconocer desde el antiguo balcón del apartamento. Intentaba establecer dónde podía encontrarse su padre entre las toneladas de concreto y hierro, reconstruyendo mentalmente el espacio que hasta horas antes había sido parte de su vida. La búsqueda estuvo marcada por versiones contradictorias. En algún momento le dijeron que habían encontrado una persona que podía ser una mujer o que quizá podía tratarse de Darío. José Fernando tuvo que reconocer una parte del cuerpo por un detalle particular: un pie que había visto recientemente, cuando le había hecho un masaje a su padre el fin de semana anterior. Mientras permanecía allí comenzaron a aparecer personas que no conocía, pero que querían ayudar. Algunos retiraban escombros con las manos. Otros llevaban agua, comida o simplemente se acercaban para abrazarlo. E incluso un rescatista que había llegado desde Bogotá se comprometió personalmente con él. "Yo no quiero dejar allá a mi papá. Ayúdeme a sacarlo", le dijo José Fernando y el hombre le respondió: "Yo me comprometo a sacar a su papá". Y así fue. La hermana de José Fernando viajaba desde Estados Unidos. Llegó el martes, pero Darío todavía no había sido retirado. Quince minutos después de su llegada, el rescatista con su mismo nombre, y que le hizo aquella promesa, logró sacar a su padre. La pérdida de Darío estuvo acompañada por la pérdida del apartamento que había sido su hogar durante dos décadas. Sin embargo, mientras permanecía frente a los escombros, José Fernando empezó a descubrir que el valor de aquella vivienda no estaba solamente en el inmueble, sino en el hogar que se había convertido para toda la comunidad. El portero del edificio llegó, aunque no tenía turno, porque quería ayudar a sacar a Darío. Los vecinos comenzaron a contar historias sobre él, e incluso la mujer encargada del aseo del edificio le dijo a José que Darío le preparaba desayuno todos los días. "Doña Francia, ya está listo el desayunito, suba", solía decirle. Aquella escena permitió que José Fernando empezara a reconstruir la imagen de su padre no desde el apartamento destruido, sino desde las relaciones que había construido dentro de él. "Mi papá pretendía dejarnos algo, un techo, pero nos dejó un hogar en nuestro corazón. Nos dejó algo mucho más grande".