Macerado de Algarrobo Panorama de finde
BUSCAR DÓNDE COMER en lugares que no se conocen es un albur
BUSCAR DÓNDE COMER en lugares que no se conocen es un albur. A veces uno salva el día del restaurante, usualmente vacío, sintiendo el arrepentimiento en el instante mismo en que ve llegar el primer plato. O se siente muy afortunado cuando muchos clientes aparecen apenas abre, con personal diligente en la atención, moviéndose al ritmo de la música de los platos y los cubiertos y copas (y a veces, música de verdad). Así fue con el Macerado de Algarrobo (no olvidemos que hay otro en Casablanca), el que cumple una década, dicen, y que se siente tan experimentado como experimentador. Buena cosa.
Al comienzo, eso sí, un anticlímax: ofrecían un mix mayúsculo de mariscos y pescados titulado "A-mar Macerado", pero fue un amor imposible. Digámoslo entonces: fue sentir un escalofrío de esos, anunciando que la experiencia iba a ser más de carencia que de abundancia. Pero no. Las dos entradas pedidas a continuación fueron tan sorprendentes como logradas.
Primero, unos locos muy blandos pasados por el grill ($24.000), acompañados de cualesquiera elementos favorecedores del sabor: mayo de cilantro, salsa verde, unas papitas en cubos, cebolla asada. O sea, el clásico de caleta reversionado. Amamos, lo mismo que unas machas a la parmesana (con queso procesado, lo que le dio ligereza) y ostiones con chimichurri ($19.800), algo más intenso, aunque en cooperación con el sabor principal.
Hay platos principales, pero las entradas se veían tan atractivas (lo mismo que los postres, y la idea era poder llegar hasta ellos), que se procedió a seguir entrando. Un acierto. Un pulpo grillado y dispuesto sobre chupe del mismo ser ($18.500), acompañado de choritos, almejitas y un gran ostión, grillados. Hay genialidad aquí, mientras un cebiche de corvina ($17.500), acompañado de unos churritos, cortado en trozos más pequeños que el habitual tamaño a la peruana, nos recordó lo que puede ser también un almuerzo sin sorpresas.
Los postres no defraudaron para nada. Una pequeña torta de queso vasca con manzanas al vino tinto y uvas grilladas ($8.800) y una experimentación que fue osada y que casi lo logró: la conjunción de leche asada (demasiado sólida) y leche nevada (con las islas no tan frágiles) que terminó siendo un gran postre lácteo, si uno no se pone exigente con la fidelidad a las referencias.
En resumen: sabor impecable. Atención: perfecta. Experimentación: sana y a ratos superior.
Las Tinajas 2678. Algarrobo.