Canadá enfrenta a Trump
Mark Carney no tiene temor de enfurecer a Donald Trump con sus decisiones, que incluyen no solo medidas de respuesta a los aranceles del 50 por ciento que le impuso Washington, sino también un acercamiento a la Unión Europea con el que busca contrarrestar la pérdida de las ventajas en el comercio con EE.UU.
Cuando supo de la propuesta de Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, para que Canadá explorara un camino de asociación con la UE, Trump advirtió que si algún acuerdo se concreta, pondrá "aranceles pesados" a los productos del Viejo Continente.
Es que el Presidente norteamericano no tiene miramientos en amenazar con duros castigos a quien lo desafíe en sus políticas unilaterales. Carney, el Primer Ministro canadiense, sin embargo, es alguien que no parece amedrentarse. Ya lo mostró en Davos, cuando llamó a las potencias medianas a trabajar juntas para aumentar su influencia y resistir la coerción económica. Puede ser algo temeraria su actitud, pues ya se ha visto que Trump está dispuesto a escalar la guerra comercial si el objetivo es imponer su voluntad y doblegar incluso a un aliado. De hecho, Canadá ha sido uno de los socios más confiables y estrechos de Washington. Estados Unidos es el destino de más del 70 por ciento de sus exportaciones, con una industria integrada que, por ejemplo, en el caso de la fabricación de automóviles, procesa un producto final después de cruzar varias veces la frontera. Así, la aplicación de tarifas a ciertas partes automotrices y a elementos como el acero ha elevado el costo de los vehículos que los propios estadounidenses pagan.
La guerra comercial entre ambos vecinos se profundizó en agosto, cuando fracasaron las negociaciones de un acuerdo que pondría números al comercio bilateral. El delegado de EE.UU. reclamó que Canadá no aceptó los "buenos términos" ofrecidos, pero los canadienses rechazaron lo que dijeron eran "condiciones inaceptables" sobre la venta de automóviles, y otras como la restricción para firmar acuerdos con terceros países y las que debilitaban la defensa de la cultura, lo cual erosionaría su soberanía. El mismo día que colapsó el diálogo, Trump impuso 50 por ciento de aranceles a bienes canadienses por 20 mil millones de dólares, equivalentes al 6 por ciento de lo exportado a EE.UU. El gobierno de Carney respondió con tarifas que "igualan dólar por dólar y tasa por tasa" las aplicadas por Washington, lo que desató la furia de Trump, quien anunció nuevas medidas, esta vez no un aumento de aranceles, sino la prohibición a la entrada de productos lácteos, ciertas bebidas alcohólicas y motocicletas. Además, excluyó a algunos productos de los contratos de largo plazo con entidades gubernamentales norteamericanas, "hasta que Canadá permita la reciprocidad plena y justa" a los bienes de EE.UU.
El escalamiento inusitado de esta guerra comercial, que perjudica a Canadá pero también a los consumidores estadounidenses, no parece reflejar una política seria, sino una improvisada y basada en reacciones emocionales ante la frustración de no conseguir el objetivo inmediato. Esta situación es la que ha llevado a Carney a buscar el acercamiento con Europa, que le aseguraría una mayor proyección y estabilidad en las relaciones comerciales. Pero es una apuesta sin resultado seguro, pues la UE es una comunidad cerrada, que protege sus economías con limitadas aperturas.
Los beneficios de la Unión Europea¿Qué espera Canadá de la UE? Por ahora no se ha decidido cuál sería el tipo de asociación que los europeos ofrecerían. Si bien Canadá no aspira a ser un miembro integral de la comunidad, sí busca profundizar los convenios del acuerdo económico y comercial amplio, CETA, ya firmado entre ambos lados. Carney ha hablado de una "relación excepcional", la cual tendría como componente principal el comercio -que espera se doble en diez años-, pero también que se llegue más allá de eso. En octubre habrá una cumbre entre ambas partes y probablemente ahí se conocerán más detalles de lo que se está conversando. Al final, son 27 países que deben ponerse de acuerdo. Lo que perseguiría Canadá es establecer una asociación estratégica amplia, que le permita disminuir la extrema dependencia que hoy tiene de EE.UU. Según algunas versiones, se ha considerado reducir barreras comerciales; redirigir oleoductos, para llevar petróleo canadiense al Viejo Continente; instalar cables submarinos entre las dos orillas; construir infraestructura tecnológica y de inteligencia artificial, y, además, lograr que los ciudadanos canadienses puedan vivir y trabajar en la UE sin visas.
Por ahora, Canadá ha entrado en un programa para fortalecer la defensa europea que tiene un presupuesto de 150 mil millones de euros (unos 173 mil millones de dólares) y que les permitirá a las industrias canadienses participar en los procesos de adquisiciones de defensa. La UE es el segundo socio comercial del país, con un comercio bilateral de 127 mil millones de euros en 2025 (147 mil millones de dólares) enfocados precisamente en defensa, además de tecnología, energía, minerales críticos y metales. Esto es una fracción de los 870 mil millones que el año pasado representó el comercio total de bienes y servicios con EE.UU., lo cual pone una vara alta si quiere reemplazarlo por el europeo. Sin embargo, el interés va más allá y tiene que ver con la resistencia de Ottawa a doblegarse a las matonescas políticas de Trump. "!Qué bonito sería que Canadá fuera el 28° miembro de la UE y no el 51° estado de EE.UU.¡", resumió el Presidente de Finlandia. Una broma que en rigor no lo es tanto.