La construcción de ciudad empieza después de la mudanza
Fundador y presidente del Grupo Amarilo
Fundador y presidente del Grupo Amarilo.
Roberto Moreno
En el debate económico nacional solemos medir el desempeño del sector constructor a través de grandes cifras: metros cuadrados licenciados, toneladas de cemento y diferentes insumos, subsidios asignados y viviendas escrituradas. Y celebramos, con razón, la entrega de cada vivienda, porque detrás de cada una de ellas, hay una familia que materializa sus sueños en uno de sus mayores esfuerzos financieros y patrimoniales: tener un hogar propio. Pero hay una pregunta que pocas veces hacemos: ¿qué ocurre después de la mudanza? Habitar una vivienda es mucho más que ocupar un espacio físico. En Colombia, millones de personas viven hoy en propiedad horizontal, compartiendo zonas comunes, servicios, decisiones y responsabilidades con cientos de vecinos. Allí aparecen desafíos cotidianos: el cuidado de los espacios comunes, la convivencia, la cartera, la seguridad, el manejo de residuos, y, en muchos casos, la confianza en quienes lo administran. Cuando esa convivencia se deteriora, el impacto no es solamente social. También afecta la calidad de vida, la seguridad, el valor del patrimonio y la sostenibilidad de los entornos que hemos construido. Por eso creo que debemos ampliar nuestra manera de entender el desarrollo urbano. Construir edificios y viviendas es indispensable, pero construir ciudad exige algo más: construir comunidad. La vivienda es la infraestructura física. Sobre ella debe construirse una segunda capa, menos visible pero determinante: el capital social. Esa red de confianza, corresponsabilidad y liderazgo que permita que las personas se organicen, resuelvan sus diferencias, cuiden lo que es de todos y trabajen de la mano con las autoridades. Las edificaciones se pueden diseñar en un plano, pero la confianza se construye con tiempo, acompañamiento y propósito. Nuestra experiencia desarrollando grandes proyectos urbanos durante décadas nos ha enseñado que la responsabilidad del sector edificador no debería terminar cuando se entrega una vivienda. La entrega de un proyecto no puede ser el final del proceso; debe ser el comienzo de una nueva etapa para quienes lo habitan. Acompañar a una comunidad en su transición hacia la autogestión puede marcar una diferencia profunda. Significa brindar herramientas para fortalecer las capacidades de administradores y consejos en liderazgo y gestión financiera; promover comités de convivencia y mecanismos de resolución pacífica de conflictos; y, sobre todo, impulsar redes vecinales que permitan a las comunidades apropiarse de su entorno, cuidarlo y transformarlo. Porque construir ciudad no es únicamente levantar edificaciones. Es contribuir a que las personas tengan las herramientas, la confianza y las capacidades para construir comunidad y hacer sostenible el lugar que habitan. Cuando una comunidad aprende a organizarse, deja de ser simplemente habitante de un proyecto y se convierte en protagonista de su propio territorio. Colombia enfrenta un momento decisivo. La densificación de nuestras grandes ciudades y el crecimiento de las ciudades intermedias nos obligan a pensar el desarrollo urbano más allá de las unidades construidas. Necesitamos incorporar a esta conversación variables como la cohesión social, la gobernanza comunitaria, la apropiación del territorio y la sostenibilidad del hábitat. Porque las paredes delimitan espacios privados, pero son las personas las que convierten esos espacios en lugares para vivir, crecer y progresar. El verdadero reto no es solamente entregar más viviendas. Es lograr que, después de entregadas, esas viviendas se conviertan en comunidades capaces de cuidarse, organizarse y construir futuro. La construcción de la ciudad, en realidad, empieza después de la mudanza, cuando se crea una comunidad empoderada, autogestionada y sostenible.