Inteligencia Artificial: un país pequeño ante una oportunidad enorme
La IA permite imaginar un Uruguay cuya capacidad económica crezca más allá de lo que su escala sugiere. Convertir esa posibilidad en una estrategia de país exige una decisión explícita y sostenida.
¿Cuánto podría ampliar Uruguay su capacidad de producir y exportar si cada empresa tuviera acceso a herramientas que hasta hace poco requerían personas especializadas? La inteligencia artificial vuelve esa pregunta cada vez más relevante. Programar, analizar información, diseñar productos y atender clientes son actividades en las que comienzan a cambiar los costos y las posibilidades. Para una economía pequeña, esa transformación abre una oportunidad de escala.
Un reciente trabajo de Anton Korinek y otros, ofrece un marco para explorar ese futuro (*). Los autores construyen tres escenarios para Estados Unidos hasta 2030, combinando distintos supuestos sobre las capacidades de la IA, su difusión y sus efectos sobre la productividad y el trabajo. Son escenarios, no pronósticos (el estudio no asigna probabilidades a ninguno).
Las magnitudes permiten apreciar lo que está en juego. En el escenario modesto, el PIB de 2030 sería 1,6% mayor que en una trayectoria sin IA. En el sustancial, la diferencia alcanzaría 8,3%. En el extremo, ¡llegaría a 32,4%! Son aumentos del nivel del producto respecto de esa referencia, no tasas anuales de crecimiento. Aun dentro de un horizonte relativamente cercano como el 2030, las posibilidades son muy amplias.
Una contribución del trabajo es mostrar qué decisiones y condiciones separan esos escenarios. Importa cuánto puede hacer la tecnología, pero también cuántas organizaciones la incorporan, cómo la integran a sus procesos y qué nuevas actividades aparecen. La distancia entre una capacidad técnica y un resultado económico está hecha de inversión, aprendizaje y cambios en la forma de trabajar.
En el empleo, conviene mirar las tareas que componen cada ocupación. La IA puede automatizar algunas, complementar otras y abrir espacio para nuevas funciones. El efecto sobre los puestos laborales dependerá también de cuánto crezca la demanda y de cómo se reorganice el trabajo.
La transición requerirá formación y oportunidades para que las personas puedan aplicar sus capacidades en nuevas actividades.
El modelo también plantea una posible reducción de la participación del trabajo en el PIB si los ingresos laborales crecen menos que el producto. Esa participación puede bajar incluso con salarios crecientes. Esto invita a pensar cómo ampliar el acceso a las ganancias de productividad, mediante inversión, desarrollo de capacidades y mecanismos que permitan compartir los beneficios dentro de las organizaciones.
En los escenarios más favorables, la ambición puede ir más lejos: trabajar menos horas y, al mismo tiempo, ganar más al mes. Si la productividad por hora aumenta lo suficiente, es posible reducir la jornada y elevar los salarios reales mensuales, aun produciendo más. No sería un resultado automático de incorporar IA; dependería de la magnitud de esas ganancias y de los acuerdos e instituciones que permitan repartirlas entre mayores ingresos y más tiempo libre.
Los porcentajes del estudio no pueden trasladarse directamente a Uruguay. Nuestra estructura productiva, nuestros mercados y nuestras instituciones son diferentes. Su utilidad está en las preguntas que permite formular. ¿Dónde podría la IA ampliar nuestras ventajas? ¿Qué inversiones complementarias necesitamos? ¿Cómo puede una empresa uruguaya atender una demanda mucho mayor sin que su tamaño inicial determine hasta dónde puede llegar?
Uruguay cuenta con una base relevante. Según Uruguay XXI, el sector TIC facturó US$ 3.681 millones en 2024 y exportó 63% de sus ventas. Esa experiencia aporta conocimiento técnico, vínculos comerciales y práctica de competir internacionalmente. Puede servir también para acercar soluciones de IA a otros sectores de la economía.
Las aplicaciones posibles van bastante más allá del software. Una empresa agroindustrial podría integrar información para mejorar decisiones productivas y comerciales. Una firma de servicios profesionales podría atender más mercados. Una pequeña empresa podría explorar diseños, preparar ofertas y comunicarse con clientes en distintos idiomas a un costo menor. En cada caso, el valor surgiría de combinar herramientas generales con conocimiento específico del negocio.
Uruguay tiene que decidir adoptar la IA como la principal herramienta de una estrategia nacional de aumento de la productividad. Esa decisión debe traducirse en prioridades de inversión, formación y difusión tecnológica, con especial atención a las empresas que no pueden recorrer solas ese camino. La adopción exige un conjunto: tecnología, datos de calidad, capacidades y organización. La inversión necesaria tendrá escalas diversas, desde proyectos de infraestructura hasta mejoras accesibles para empresas pequeñas.
También cambiará lo que significa prepararse para trabajar. Ganarán importancia la capacidad de formular preguntas, evaluar resultados y combinar conocimientos de una actividad con nuevas herramientas. Las empresas y las instituciones educativas y de formación pueden construir juntas ese aprendizaje, vinculándolo a proyectos concretos y actualizándolo a medida que evoluciona la tecnología.
La IA permite imaginar un Uruguay cuya capacidad económica crezca más allá de lo que su escala sugiere. Convertir esa posibilidad en una estrategia de país exige una decisión explícita y sostenida. El objetivo debe ser que nuestras empresas produzcan y exporten más y que las personas accedan a mejores ingresos y, si las ganancias de productividad lo permiten, a más tiempo propio. Uruguay debería elegir ese rumbo ya y organizar desde ahora los recursos y las capacidades para recorrerlo.
(*)Economic Scenarios for Transformative AI, The Anthropic Institute, setiembre de 2026.