IA: encrucijadas sin retorno
Marca, en efecto, una nueva etapa en el capitalismo.
Quizá el debate sobre el futuro de la IA resulte ser el más importante del presente siglo. Desde ya, plantea preguntas fundamentales sobre el capitalismo, la democracia y la cultura.
La inteligencia artificial marca, en efecto, una nueva etapa en el capitalismo, reflejando su faceta más creativa y, a la vez, destructiva. Implicará transformaciones en cómo producimos, distribuimos, aprendemos, nos comunicamos, trabajamos y enfrentamos la finitud. Liberará energías humanas inimaginables, aunque también traerá riesgos impredecibles. De allí el "apocaloptimismo" como espíritu de nuestros días: conciencia del potencial catastrófico y persistencia en la paulina "esperanza contra toda esperanza".
La democracia aparece como la forma política ideal para gestionar esas transformaciones sin someter a los países al despotismo ilustrado del paradigma tecnocrático y el poder digital. La visión "libertaria" de mercados autorregulados y ciega confianza en los "espíritus animales" de las empresas se desvanece a ojos vista. Los propios líderes de la nueva industria solicitan regulación y supervisión para frenar la aceleración creativa de los aprendices de brujo.
Solo una cultura abierta, crítico-reflexiva, deliberativa y pluralista, fundamentada en derechos individuales y bienes comunes, y enfocada en generar acuerdos, ajustarlos de manera continua y aceptar la diversidad de ideas, intereses e imaginarios, puede sostener el delicado equilibrio entre mercados que innovan rápidamente y entidades públicas que establecen límites, crean alineamientos éticos y levantan barreras contra el empequeñecimiento cognitivo de las personas.
Todo esto requiere, paradójicamente, aplicar una forma de inteligencia realista (incluida la artificial) para renovar nuestra trilogía. Un capitalismo controlado por oligarquías que "colonizan" las fuentes de conocimiento sería la receta perfecta para dar, esta vez en serio, con el "fin de la historia y el último hombre".
Una democracia atrapada por los nuevos poderes fácticos, sobrepasada por tecnoburocracias todopoderosas y controlada por dispositivos de seguridad, podría transformarse rápidamente en una forma avanzada de autoritarismo.
Finalmente, una cultura reaccionaria que fomenta miedos morales, anhela jerarquías sociales rígidas y apoya valores iliberales podría aprovechar el potencial de la IA para instaurar la versión occidental de un régimen de alta productividad, vigilancia masiva y control disciplinario sobre la sociedad.
Ese modelo -con otro enfoque ideológico- existe "exitosamente" al otro lado del Pacífico. Supone centralización, orden jerárquico, partido único, potencia militar, ritual ideológico, supervisión minuciosa y control sistemático de las conductas. Quizá por eso asome, también a este otro lado del océano, como un modelo que, con "nuestros valores", sería digno de ser emulado.