Escribir
Escribir es al comienzo un acto de admiración
Escribir es al comienzo un acto de admiración. Cuando se toma conciencia de que la fascinación que nos produjeron nuestras primeras lecturas no era obra del azar sino de personas concretas, de carne y huesos. Se quiere ser como ellos por el solo hecho de serlo.
Luego, con las primeras tentativas, se descubre que algo se logra. Poco, pero algo. Y entonces viene un segundo entusiasmo, desafiante y vanidoso, provocador y soberbio a un tiempo: crear un texto que funcione. Al poco andar ocurre el milagro (o la epifanía) del descubrimiento de la palabra como posibilidad creativa y ya no solo meramente significativa (delicado matiz, lo sé).
Entonces deviene el rapto, la ilusión, una suerte de estado entre onírico y delirante, desbocado, donde el mundo desaparece y solo existen las teclas o el lápiz. Años después, con cierto oficio, emerge la angustia de las influencias, como bien se ha acuñado. Se sufre, se odia, se quiere renunciar, dejarlo todo, se llora también, hasta que aparece la voz propia. Y ahí la liberación es total, como si a uno le salieran alas.
Ya en la madurez, y dueño de casi todo -o cuando menos del título bien ganado de escritor-, la libertad: poder hacer lo que uno quiere, de la forma y con el tono que sea. A veces con sequías, a veces con fertilidad; pero de todos modos con la certeza de que se alcanzará o no la cumbre de lo posible, según los talentos que ya se sabe que se tienen, y de los que se carece.
Mas si se es creyente, hay que escribir igual.