Domingo, 27 de Septiembre de 2026

Coalición o Masoller

UruguayEl País, Uruguay 27 de septiembre de 2026

De los once partidos que integraron el FA en 1971, hoy conservan vida electoral sólo dos (y uno de ellos, el PS, bastante abollado).

El tema de la fusión de los partidos que conforman la Coalición Republicana es recurrente.

Nunca me convenció.

Reconozco que su argumento central tiene fuerza: por la estructura de nuestro sistema electoral los lemas grandes "roban" bancas a los más chicos en los escrutinios. Fue por eso que se creó el FA en 1971, para votar todos los partidos de izquierda bajo un solo lema (que fue "Democracia Cristiana").

Se dice que, si en las últimas elecciones hubiéramos votado todos bajo un mismo lema, se habría alcanzado la mayoría en el Senado.

Es un punto. Pero no una solución matemática, garantida: se puede votar mal bajo un lema único y perder bancas (en vez de "robarlas"). Sin ir más lejos, fue lo que le pasó al FA en la elección del 2020.

Pero, además, la fórmula propuesta no viene gratis. Implica cambios muy relevantes, más allá de las matemáticas electorales. Cambios relevantes que incluyen - a mi juicio - un precio altísimo.

Tan alto que no se justifica entregarlo por una o dos bancas más.

De arranque, hay que considerar una serie de aspectos más bien logísticos y organizativos: cómo se estructuran las autoridades, cómo se reparte el poder, cómo los recursos, establecer el relacionamiento interno entre los actuales partidos (y entre los sectores que los componen). Todos temas relevantes, nada fáciles de solucionar, aunque no constituyen obstáculos insalvables.

En paralelo están otros temas, más netamente políticos y de naturaleza más compleja. Por ejemplo, cómo determinar la identidad de la tal coalición y cómo acordar su ideario, sus ideas fuerza y su estrategia.

Cómo hacer para que ese nuevo partido tenga un mensaje que sea, a la vez, neto y atractivo, que entusiasme a todo el espectro de su nuevo electorado. Nada fácil.

Pero tampoco está ahí - a mi juicio - el precio mayor. El motivo principal de mi rechazo a la iniciativa.

No la quiero fundamentalmente porque provocará diluir la identidad de los partidos y sus esencias.

Si las tienen, claro está. Si no las tienen, obviamente, nada habrán de perder.

Aquí viene Masoller.

Porque mi partido sí que las tiene y el acto de Masoller fue una tremenda demostración de ello.

En su discurso allí, dijo Alvaro Delgado: "¿Por qué viene la gente a Masoller?" (pudo haber añadido que fue impresionante la presencia de jóvenes y el espíritu de todos). Se responde Delgado: "No se puede explicar. Se siente. Es un acto de fe". Exactamente.

Un partido precisa ideas: sí. Precisa organización: sí. Precisa dirigentes y militantes: sí. Pero para llegar a ser el Partido Nacional se precisa algo más: una mística, que se apropia del corazón.

No conozco que haya en el mundo otro partido político con la fibra emotiva, con la mística, que tiene el Partido Nacional. Los que fueron a Masoller no iban a un acto electoral. Ni siquiera iba a un acto político propiamente dicho. Iban a algo mucho más profundo. No iban en búsqueda de poder, sino de ser.

Es la misma fuerza que explica cómo pudo ser posible que un partido derrotado tantas veces, que ha vivido muchísimos más años en el llano que en el poder, ostente los mayores grados de adhesión personal, tanto en jóvenes como en veteranos y esté en el centro de los destinos del Uruguay.

Una coalición podrá arrimarle algunas bancas más. Masoller le insufla vida.

Se dice que no hay motivos de temor, porque una coalición no hará perder identidad a los partidos que la integren y se pretende poner como prueba de ello a la experiencia vivida por el FA.

Pues mírenla bien: de los once partidos que integraron el FA en 1971, hoy conservan vida electoral sólo dos (y uno de ellos, el PS, bastante abollado). Del '71 para acá, en el FA han aparecido y desaparecido una docena o más de partidos y sectores y hoy, a esa coalición, la domina un partido que ni siquiera fue admitido en los comienzos.

El Partido Nacional es único, y es en esa originalidad en la que anida su fuerza y su razón de ser, es de ahí que debe salir su misión política (que, a su vez, es algo más grande que ganar bancas).

Con todo respeto, el Partido Colorado ha perdido buena parte de su identidad (al punto de arriesgar su existencia o, por lo menos, su relevancia). El Partido Independiente no ha podido construirla.

No quiero esa suerte para mi Partido. Tampoco para mi país. La pérdida del primero será también para el segundo.


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