Noviembre cruza fronteras
En Colombia solemos medir la relación con Estados Unidos por el diálogo entre gobiernos
En Colombia solemos medir la relación con Estados Unidos por el diálogo entre gobiernos. Pero Washington no termina en la Casa Blanca. El 3 de noviembre, las urnas definirán las mayorías de un Congreso cuyas decisiones sobre comercio y cooperación se sienten en nuestras empresas y hogares. Es un voto que se deposita allá y tiene efectos aquí. Estarán en juego los 435 escaños de la Cámara y 35 del Senado. Si el partido de gobierno pierde la Cámara, necesitará acuerdos con la oposición para aprobar leyes y presupuestos; si pierde el Senado, también parará nombramientos clave. Si pierde ambas, esos acuerdos serán necesarios para legislar. Las mayorías presiden los comités y orientan la agenda. La comparación con Colombia lo muestra. Aquí, aumentar o incluir partidas exige aceptación escrita del ministro correspondiente. Allá, el Congreso puede hacerlo sin aval previo del Ejecutivo, aunque cabe el veto presidencial. En Colombia, sin presupuesto aprobado rige el del Gobierno; en Estados Unidos, la falta de fondos puede paralizar agencias. Y el Senado confirma a secretarios de gabinete y embajadores; en Colombia, esos cargos no requieren confirmación legislativa. Ese papel del Congreso también se refleja en la relación bilateral. Puede financiar programas, recortarlos o imponer condiciones. La ley de gasto de 2026 exige resultados antidrogas y de derechos humanos para parte de la asistencia a Colombia. Un respaldo político y una autorización para gastar no son lo mismo. Lo que está en juego supera la cooperación. Estados Unidos ha sido nuestro principal inversionista y origen de remesas y turistas extranjeros, además de un socio histórico de cooperación. Más de cinco millones de empleos están vinculados a esta relación. Es una plataforma económica y una red de ingresos que conecta empresas, proveedores y hogares. Cooperar no implica ceder soberanía: Colombia define sus prioridades y decide cómo coopera. Su valor se mide en bienestar para los colombianos, no en capacidad de decisión sobre el país. El Plan Colombia ilustra ese alcance: entre 2000 y 2016, el Congreso aprobó más de 10.000 millones de dólares para esa iniciativa y sus programas sucesores. El respaldo de republicanos y demócratas sostuvo la cooperación durante distintos gobiernos. Su continuidad no se decidió solo en la Casa Blanca: también se votó en el Capitolio. Por eso importa dónde se decide. Hay 36 comités permanentes: 20 en la Cámara, 16 en el Senado. Seis reúnen competencias centrales: Asuntos Exteriores de la Cámara y Relaciones Exteriores del Senado supervisan política exterior y cooperación; los dos de Asignaciones tramitan recursos y condiciones; Medios y Arbitrios, en la Cámara, y Finanzas, en el Senado, estudian comercio y aranceles. Esto no significa que un cambio de mayoría elimine una tarifa o garantice recursos. El Gobierno conserva atribuciones y las leyes requieren acuerdos. También cuentan quienes convocan audiencias, examinan resultados y tramitan iniciativas. La relación se construye en esas mesas, lejos de la foto entre mandatarios. Ahí cobra sentido el vínculo con republicanos y demócratas: amplía los interlocutores de Colombia cuando cambian las mayorías. El Congreso puede dar continuidad a compromisos más allá de un periodo presidencial. La relación entre países tiene más de una puerta y más de un calendario. Una buena relación con la Casa Blanca puede quedarse sin recursos si no existe respaldo del Congreso. Y una relación difícil con el Ejecutivo puede encontrar contrapesos y continuidad en el Capitolio. Por eso las elecciones de noviembre también importan para Colombia: allí se define quién puede convertir cooperación en programas e intereses compartidos en acuerdos.
ELECCIONES EN EE. UU.
María Claudia Lacouture
mlacouture@amcham
colombia.com.co
Las urnas definirán las mayorías de un Congreso cuyas decisiones sobre comercio
y cooperación se sienten en nuestras empresas y hogares.