El Aleph de la cultura argentina
Entre Moria Casán y Borges hay un abismo, pero también una clave para entender la cultura argentina: la convivencia de lo sublime y lo grotesco.
En las últimas semanas viví dos experiencias antitéticas, pero marcantes, de aproximación a la cultura del país hermano. Primero fue a través de Netflix: sí, yo también vi la serie Moria.
La impresión que me causó me retrotrajo a la opinión de un inolvidable intelectual que escribía en este mismo diario, Jorge Abbondanza. En alusión a la película Tommy de Ken Russell, expresó que el valor principal de esa obra había sido su capacidad de capturar el mal gusto de toda una época.
De Moria se puede decir lo mismo. Más allá de valores innegables de la serie, como un guion ingenioso, una dirección de arte extraordinaria y, sobre todo, la memorable actuación de Griselda Siciliani, su mayor virtud es haber logrado una especie de catálogo de la chabacanería. Leí por ahí que la escena en que la protagonista entrevista en su talk show simultáneamente a sus dos ex maridos, estableció un antes y un después en la televisión argentina. Y en cierto modo así fue. Porque de la tierna cursilería de ídolos populares como Niní Marshall y Luis Sandrini, la preferencia del público masivo fue mutando hacia el humor picaresco de Porcel y Olmedo y de allí, casi sin escalas, a terrajadas mayúsculas, como la de Tinelli cortando polleritas de bailarinas con una tijera o la de Rial exponiendo a un médico, en vivo, a una cámara oculta que develaba un comportamiento íntimo escandaloso.
Al ver la historia de Moria Casán, apreciamos que ella misma fue protagonista de ese proceso de espectacularización soez de la vida privada, paralelo a un empobrecimiento de la creatividad.
Cuando escribo sobre estas cosas, se me reprocha una actitud intelectualoide y baja tolerancia al mero entretenimiento, tan necesario en esta vida. Puede ser. Lo que me pregunto es hasta qué punto la naturalización de estos productos espurios influye en la decadencia del espíritu crítico y el deterioro de la convivencia. Está muy bien abordar a un personaje que encarnó como nadie el proceso de frivolización cultural de Argentina y adyacencias, pero me inquieta que se lo glorifique. Más que lo de "soy el obelisco con tetas", preferiría que alguien colocara en su lugar a Borges diciendo que fue el obelisco con bastón.
Pero acá ingreso en la segunda parte de estas reflexiones.
Porque la semana pasada tuve el privilegio de ver en el Teatro Colón de Buenos Aires una de las últimas funciones de un espectáculo que quedó entre lo mejor que vi en mi vida.
Se trata de Principio de éxtasis, una propuesta artística excepcional que combina el ballet y la danza contemporánea para visualizar pasajes de poemas y cuentos de Jorge Luis Borges, con énfasis en su inmortal El Aleph.
Con lecturas en off a cargo de Ricardo Darín y una hermosa música de Gustavo Santaolalla, el coreógrafo español Goyo Montero convierte las ficciones borgeanas en imágenes de belleza fulgurante. El Aleph, esa pequeña esfera de dos o tres centímetros que contiene todo el universo en el cuento del mismo nombre, es aquí una roca inmensa que deslumbra al protagonista y al espectador. Proteica, a veces parece un meteorito que ataca, a veces un cerebro que se abre en sus dos hemisferios, a veces un útero que expulsa y engulle a los personajes. La dramaturgia enlaza aspectos de la vida personal de Borges -su compleja relación con Estela Canto, su sabiduría unida a un agridulce desamparo existencial- con varios de sus cuentos. El universo del autor resplandece sobre ese escenario, con 50 bailarines, una escenografía (Eduardo Basualdo y Mariana Tirantte) siempre sorprendente y una iluminación (Nicolás Fischtel) de refinada sutileza. Lo que hace Facundo Luqui, el intérprete de Borges, es absolutamente genial.
La escena final, en que el elenco completo encarna a un Borges multiplicado -tal vez por los espejos que tanto amaba y temía- constituye no solo un remate admirable sino además el justo homenaje que Argentina debe a su escritor de mayor proyección universal.
Por eso el título de esta columna.
En cierto modo, la posibilidad de que un mismo país exhiba dos hitos culturales tan contrastantes y contradictorios, lo que evidencia es la riqueza de su diversidad. Así se define una nación pujante, con un sesgo de identidad y orgullo de pertenencia del que a los uruguayos tanta falta nos hace.
Argentina no es un solo proyecto cultural. Es un universo de posibilidades, desde las más sutiles hasta las más abyectas, inmejorablemente simbolizado en el Aleph que imaginara Borges. Es también la Biblia junto al calefón, esa metáfora perfecta de Discépolo para marcar la convivencia de valores inmanentes y modas superfluas.
Un país que se mueve a impulsos de su propio latido, sublime a veces, furioso otras, siempre vibrante y con las contradicciones propias de su espíritu creativo.
"En ese instante gigantesco", escribe el maestro en su maravilloso cuento, "he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia".
A la gran cultura argentina, salud.