Una cumbre incomprensible
Xi y Trump desplegaron cordialidad y atenciones entre sí, mientras siguen exigiendo a las demás naciones -y de forma cada vez más apremiante- tomar postura en favor de una u otra superpotencia.
Más preguntas que respuestas ha generado la pomposa reunión entre los presidentes de Estados Unidos y China, la semana recién pasada, en Washington. Como se adelantara en estas mismas páginas, no se esperaban grandes anuncios, toda vez que ninguna de las dos potencias estaba en condiciones de agudizar un conflicto comercial, pero menos lo estaba de establecer un acuerdo de larga duración sobre temas de difícil solución. En este contexto, el anuncio de una postergación de la tregua comercial hasta enero de 2027 fue, en rigor, tal vez el único resultado concreto de la cumbre.
Pero la falta de noticias contrasta con el derroche de majestuosidad en el recibimiento de Donald Trump a Xi Jinping. Esa buena recepción constituye de por sí un pequeño triunfo para Xi, toda vez que eleva su imagen al más alto nivel de la política mundial. En efecto, aunque esto pueda parecer un asunto menor, para los diplomáticos chinos la calidad de la recepción a su gobernante era un tema de especial preocupación en la antesala de este encuentro.
La cordialidad desplegada por ambos líderes es, sin embargo, un asunto complejo de interpretar. Más allá del necesario cuidado de las formas en las relaciones entre mandatarios, la falta de confrontación es difícil de entender para el resto del mundo. Este observa, desconcertado, cómo Xi y Trump se ofrendan mutuamente atenciones de todo tipo, mientras, al mismo tiempo, exigen a las demás naciones -y de forma cada vez más apremiante- tomar postura en favor de una u otra potencia. Ello podría entenderse como señal de la existencia de un acuerdo tácito para establecer zonas de influencia bien delimitadas, pero también podría solo tratarse de una actitud fundamentalmente táctica. De ser esta segunda opción la acertada, querría decir que una modificación en las condiciones económicas o geopolíticas puede abrir espacio a un nuevo cambio en la relación, desde un tono mas neutral, a uno mucho más confrontacional.
Esto último es lo que, de alguna manera, anhelan muchos partidarios de Trump, que han criticado soterradamente -y en algunos casos de modo más abierto- el tratamiento dado a Xi en Washington. El discurso de que China representa la amenaza más grande para Estados Unidos, no solo desde un punto de vista económico sino también cultural, ha calado hondo en ese país, por lo que resulta difícil, desde esa perspectiva, justificar la actitud del Presidente estadounidense durante la visita. Muchos republicanos -así como también demócratas- siguen sosteniendo la idea de que China es, finalmente, el mayor desafío a que se enfrenta el país. Por lo mismo, la posición antagónica o, en el mejor de los casos, neutral, que Trump ha tomado respecto de aliados históricos del país del norte -como Europa, Taiwán o Japón- mientras al mismo tiempo se acerca a Beijing es altamente peligrosa, amén de confusa.
Así, la tranquilidad y muestras de amistad que imperaron durante la cumbre en Washington, más que traer buenas noticias, han generado alta incertidumbre en importantes círculos políticos de Estados Unidos y otros lugares de Occidente. Aparentemente, temen algunos, mientras el Presidente Trump sigue una estrategia poco consensuada con sus principales asesores, el Presidente Xi gana tiempo para potenciar su desarrollo tecnológico y disminuir su dependencia de EE.UU. en temas críticos.