Miércoles, 07 de Octubre de 2026

Solos contra la corriente

UruguayEl País, Uruguay 6 de octubre de 2026

La marea roja que alguna vez cubrió buena parte de la región se ha ido retirando.

Siempre soñé con irme a vivir a una isla desierta.

¿Quién no? La fantasía de un islote sin nombre ni ley, rodeado por un mar cristalino, lejos del sistema y sus urgencias, no me hace sentir especialmente original.
Lo que nunca pensé fue que el sueño acabaría cobrando la forma de una pesadilla. Que mi isla idílica de arenas doradas y cocoteros terminaría siendo una piedra marrón y chata. Más bien levemente ondulada y con forma de milanesa, pero sin elevaciones desde donde uno pueda mirar a lo lejos.

Mucho menos hubiera podido anticipar que el sueño de libertad que prometía ese territorio imaginado acabaría siendo lo contrario: una excepción en un océano azul cada vez más vasto.

Sin embargo, todo indica que así será mi isla, a la que ni siquiera tendré que navegar. Y es que se ha ido formando aquí mismo a medida que el nivel del mar de libertad crecía tras cada elección celebrada en el continente, extendiéndose a nuestro alrededor por el sur, el norte y el oeste.

La marea roja que alguna vez cubrió buena parte de la región se ha ido retirando. Del Socialismo del Siglo XXI, que con su corrupción a gran escala trajo pobreza, inseguridad y miseria a la región, queda apenas un rastro de espuma en la Nicaragua del tirano Daniel Ortega. Los demás tiburones han sido echados o pescados.

Paraguay arremete con reformas. Ecuador inició un profundo cambio de rumbo. Bolivia pisoteó en las urnas dos décadas del socialismo cocalero del hoy atrincherado Evo Morales. En Argentina, Javier Milei consiguió lo que tantos trasnochados se resisten a creer: respaldo legislativo y el espaldarazo de un pueblo sufrido que desea salir del agujero. Chile logró desprenderse del lastre izquierdista y arrancó una nueva etapa con Kast. Perú ungió a Keiko Fujimori. Y Colombia eligió al outsider Tigre De La Espriella para dar un giro de 180 grados a los delirios de Petro. Hasta Brasil se dejó alcanzar este domingo por la corriente.

Lo triste de todo esto es que en medio de esa marea de cambios que avanza hacia el mercado, la apertura y la desregulación, Uruguay se va convirtiendo en una islita que nadie soñó. Con una izquierda en el poder que aburre con escándalos en su cúpula, con la franela del diálogo interseccional, la articulación colectiva con perspectiva de género y los feminismos ecológicos cargados de territorialidad atravesada por la deconstrucción interinstitucional. Con un gabinete circense y un presidente agobiado por una responsabilidad que lo atormenta. Con una ausencia de rumbo atronadora de un gobierno aferrado a los escombros de una forma de concebir el mundo y la política cuyo fracaso quedó demostrado hasta el absurdo.

Uruguay se ha convertido así en la islita en la que nadie quiere recalar.

Es cierto, no somos Cuba. Pero tenemos gente, mucha de ella en los más altos cargos del gobierno, que aún admira y defiende ese régimen.

Aun así, los uruguayos nos creemos de lo más avanzados. Tenemos eutanasia y aborto. Y bajo las palmeras, aunque devoradas por el picudo rojo, podemos dejar pasar el tiempo fumando la marihuana oficial que nos suministra el Estado, en la cantidad y con la potencia psicoactiva que unos burócratas de turno consideran adecuadas.
Y ahí vamos, remando en dulce de leche mientras vemos cómo el resto de la región pone proa al porvenir.
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