Miércoles, 07 de Octubre de 2026

¿Qué le sirve a Uruguay?

UruguayEl País, Uruguay 7 de octubre de 2026

Hay analistas en nuestro país que juzgan a los gobiernos brasileños por lo que hacen con el prestigio de Brasil en el mundo, y no por lo que hacen con los intereses de Uruguay.

En plena elección brasileña, el decano de la UCU Business School, Marcos Soto, escribió que "desde el punto de vista uruguayo" una restauración del bolsonarismo "sería una mala noticia". Se trata de una lectura, al menos, polémica.

El razonamiento tiene un problema, y no es menor: juzga a los gobiernos brasileños por lo que hacen con el prestigio de Brasil, no por lo que hacen con los intereses de Uruguay. Son dos varas distintas, y para un análisis "desde el punto de vista uruguayo" solo sirve la segunda.

¿Qué necesita Uruguay de un gobierno brasilero? Al menos desde el segundo gobierno de Tabaré Vázquez, el país tiene una política de Estado: pelear por un Mercosur más abierto y más flexible, que le permita negociar con el mundo sin pedir permiso.

La exploró Vázquez con Estados Unidos y con el TLC con Chile, la profundizó Lacalle Pou con China y el Transpacífico, y la heredó Orsi, que viajó a Pekín a empujar una negociación con China. Frenteamplistas, blancos y colorados han chocado contra la misma pared. La pregunta relevante no es qué gobierno brasileño queda mejor en las cumbres. Es cuál de ellos corre la pared y cuál la apuntala.

Los hechos responden sin ambigüedad. Bajo Bolsonaro, Uruguay obtuvo una de las pocas conquistas tangibles de su historia en el bloque: los protocolos de junio de 2022 que eliminaron, sin plazo de vencimiento, el arancel externo común para todo lo producido en las zonas francas de ambos países.

Hasta entonces regía un permiso precario, limitado a dos zonas y renovable año a año; desde entonces, todo lo que se fabrica en una zona franca uruguaya entra sin aranceles a un mercado de más de 200 millones de consumidores. No fue un accidente sino el fruto de una orientación. Paulo Guedes llamó al Mercosur "jaula", avaló en 2021 la propuesta uruguaya de flexibilización y forzó la rebaja del arancel externo común contra la resistencia argentina. Por primera vez en treinta años, la agenda del socio grande y la del socio chico apuntaban en la misma dirección. Que Brasil fuera además desprolijo en sus formas o menos influyente en los foros globales podrá preocupar a Itamaraty; a Montevideo le importaba otra cosa, y esa otra cosa avanzó.

Con Lula y Celso Amorim la pared volvió a su lugar, y con refuerzos. Lo dijeron en Montevideo, en enero de 2023, con todas las letras: el Tratado de Asunción debe preservarse tal como está redactado, y a los socios menores corresponde ofrecerles "algún apoyo", comprarles productos industrializados, integrarlos a la cadena automotriz.

Los ministros de Economía de Brasil y Argentina completaron la idea llamando a Uruguay "hermano menor" al que hay que cuidar. El TLC con China, que estaba sobre la mesa, murió ahí: Lula fijó la secuencia, primero Europa y después, todos juntos y cuando Brasilia lo disponga, una conversación del bloque con Pekín. Tan eficaz fue el cerrojo que el propio Orsi, correligionario ideológico de Lula, terminó archivando la vía bilateral y pidiendo en Pekín una negociación Mercosur-China que no tiene fecha ni mandato. Eso es exactamente lo que significa un Mercosur como patio geopolítico de Brasil.

Es realmente curioso que el decano de la escuela de negocios de la principal universidad privada del país, sostenga que a Uruguay le sirve que en Brasil gobiernen los que quieren el Mercosur más cerrado.

Se dirá que Lula impulsó el acuerdo con la Unión Europea, firmado en enero en Asunción, y es cierto. Pero ese acuerdo demoró veintiséis años justamente porque dependía de que el interés del agronegocio brasileño coincidiera con el uruguayo, y el test de una política exterior no son las coincidencias sino las divergencias.

Cuando Uruguay quiso algo que Brasil no quería, con Lula la respuesta fue siempre la misma: no. Con el gobierno anterior, la respuesta fue a veces sí, y las zonas francas están ahí para probarlo. A la ceremonia de la firma en Asunción, dicho sea de paso, Lula ni siquiera asistió.

Nada de esto es ideología, y ahí está el fondo del asunto. Un análisis económico y comercial hecho desde Uruguay no se pregunta qué gobierno brasileño es más presentable, más multilateralista o más afín; se pregunta cuál deja a Uruguay vender más, negociar más y depender menos. Con esa vara, la única que corresponde, el período 2019-2022 le dio al país concesiones que la diplomacia lulista nunca ofreció. Sostener lo contrario exige mirar el mundo desde Brasilia. Desde Montevideo, los números y los expedientes dicen otra cosa.

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