La guerra llegó al supermercado
Ricardo Gaitán
La guerra de EE
Ricardo Gaitán
La guerra de EE. UU. e Israel contra Irán demuestra con qué rapidez una crisis geopolítica puede convertirse en un problema comercial con efectos en los mercados de todo el mundo. Medio Oriente no solo es clave para el mercado energético —petróleo y gas—, sino para el tránsito de materias primas. El gas natural es el principal insumo para fabricar urea y otros fertilizantes. Cuando estalla un conflicto armado entre potencias, el precio del gas sube y rutas marítimas clave, como el Estrecho de Ormuz, se convierten en factores de disputa. Esto afecta el tránsito de otros insumos indispensables para producir alimentos en cualquier lugar del mundo. El petróleo no viaja solo: cuando aumenta el costo de la energía, se encarece prácticamente toda la cadena, desde producir fertilizantes y cultivar hasta procesar, refrigerar, asegurar y transportar los alimentos. Esta situación desencadena un efecto dominó: los costos de siembra y mantenimiento de los cultivos se disparan; el agricultor se ve obligado a subir el precio de sus cosechas; las empresas que compran estos productos para procesarlos y empacarlos reciben una materia prima costosa que eleva sus costos operativos básicos. Como los supermercados operan con márgenes de ganancia estrechos, trasladan el alza al comprador final. El resultado es que el consumidor pierde poder adquisitivo y paga directamente las consecuencias financieras de una guerra que ocurre al otro lado del mundo. En promedio, Latinoamérica depende en un 78% de fertilizantes importados, y países como Brasil, Ecuador, México y Colombia presentan una vulnerabilidad crítica. Por eso, el mayor riesgo no es solo que suba el petróleo, sino que la crisis energética termine convirtiéndose en inflación alimentaria. La FAO ya advirtió que el encarecimiento de los fertilizantes puede reducir los rendimientos agrícolas y tensionar el abastecimiento mundial durante 2027. A este escenario se suma otra fuente de presión: la política comercial de Washington. El uso de los aranceles como instrumento de política económica está obligando a las empresas a replantear sus costos, proveedores y mercados. Incluso, después de los acuerdos comerciales entre EE. UU. y China de finales de septiembre de 2026, sectores sensibles como la agricultura siguen en la incertidumbre. El pacto entre Trump y Xi Jinping, denominado "30 por 30" prevé reducciones arancelarias recíprocas sobre bienes "no sensibles" por US$60.000 millones, repartidos en partes iguales. Las exportaciones de EE. UU. hacia China se concentrarán en productos agropecuarios y las de China hacia EE. UU. se limitarán a bienes de consumo masivo. La tregua comercial estará vigente hasta el 10 de enero de 2027. Pese al optimismo que ha generado la tregua, analistas ven el pacto como un gesto diplomático, no como el fin de una guerra que ya llegó a los supermercados.
Analista de marca.