Lastarria
Su liberalismo encarnó en un triple rechazo: a la monarquía, al colonialismo y al autoritarismo de las primeras y siguientes décadas de nuestra vida independiente.
Se trata de un liberal -José Victorino- Lastarria, que es del siglo XIX, un tiempo en el que también hubo otros en Chile, y muy destacados, aunque no en gran cantidad, como siempre, porque ser liberal es difícil, hasta hoy, salvo que el liberalismo se reduzca a la mera desregulación de los negocios o se abrace la más pobre de sus versiones -el neoliberalismo-, tan poco defendible que sus partidarios niegan que ella exista. Para ser justos, el "neoliberalismo" es una de las versiones del liberalismo -de allí su nombre-, pero hubo y hay también un liberalismo clásico, uno social, otro igualitario, y, !vaya sorpresa¡, hasta un liberalsocialismo. Estas versiones tienen un tronco común -el liberalismo clásico de economistas y muy principalmente de filósofos-, pero admiten distinciones, especificidades y énfasis que el tosco "neoliberalismo" desconoce abiertamente y casi como desviaciones de la doctrina liberal. Recuerdo que el escritor Darío Oses decía que en Chile el liberalismo ha sido considerado siempre una especie exótica, cuando no tóxica, salvo -agrego por mi cuenta- cuando se ha tratado de la hasta hoy exitosa y nada rara versión llamada "neoliberalismo", denominación que empleo descriptiva y no peyorativamente.
Los liberales de mayor relieve que tuvimos en el XIX vivieron casi todos en el exilio, no así Lastarria, y la explicación de aquel hecho fue que en ese siglo lo que se sentaba por nuestras élites gobernantes eran las bases de un sistema político autoritario, cuya Constitución de 1925 (incluso esta, no solo la de 1833), según informe de Hans Kelsen, lindó con una dictadura o, a lo menos, con un exacerbado presidencialismo que dejó siempre la sartén por el mango al Presidente de la República y a un vasto número de autoridades designadas por este último en el ámbito nacional y regional.
Lastarria fue una figura múltiple muy destacada. Desarrolló actividades bien diversas, todas desplegadas con positivos efectos en la sociedad de su tiempo. Casi nada le fue ajeno, ni el derecho, ni la administración de justicia, ni la educación, ni la actividad parlamentaria, ni la geografía, ni la reforma social, ni el hispanoamericanismo, ni la literatura, ni la gramática, ni el periodismo, ni la diplomacia, ni la situación indígena, ni los certámenes literarios en que participó también activamente. Por decirlo en corto, su liberalismo encarnó en un triple rechazo: a la monarquía, al colonialismo y al autoritarismo de las primeras y siguientes décadas de nuestra vida independiente. Tuvo también su liberalismo un marcado carácter social, que sus detractores podrían haber ironizado como un "liberalismo de buen corazón", especialmente por aquellos que consideran vacíos términos como "sociedad", "justicia social" e "igualdad".
Hace un par de años se me otorgó la Medalla "José Victorino Lastarria", entregada por la Gran Logia de Chile, sin haber formado parte de esa antigua y prestigiada institución, y ahora, por decisión de nuestra Academia Chilena de la Lengua, recibo un premio que lleva el nombre de ese mismo literato, político y pensador, algo que celebro en su nombre y memoria. No son mis eventuales méritos los que celebro aquí, sino los de la vida y obra del propio Lastarria.
Un personaje único, complejo, racional, ilustrado, una individualidad sin ser individualista, de temperamento romántico y a la par con realismo político, y que, participando en los asuntos públicos, lo hizo sabiendo encarar a esas élites criollas que no pasaban de ser sino personas de fortuna dotadas de importantes patrimonios.