Joanna Pawlik: la artista que le pone el cuerpo a la lucha contra la discriminación
Cuando a los diez años perdió una pierna, Joanna Pawlik pasó años con vergüenza, escondiendo su cuerpo con ropa holgada y prótesis, intentando pasar desapercibida
Cuando a los diez años perdió una pierna, Joanna Pawlik pasó años con vergüenza, escondiendo su cuerpo con ropa holgada y prótesis, intentando pasar desapercibida. Hoy, desde el arte, hace lo contrario. Cuando la performer polaca se pone a bailar con sus bastones canadienses y se sostiene en un pie, hace arte, sí, pero también política: su obra es un acto de resistencia frente a la marginación. El cuerpo femenino con discapacidad expuesto a la mirada ajena se convierte tanto en un medio artístico como en una herramienta de crítica social.
Eso hará mañana, a las 16.30, en el Museo Moderno, cuando se presente Spinalonga, una coreografía específica para el lugar, en función de la arquitectura del museo, seguida por una entrevista pública con el curador Jarosław Lubiak, moderada por Patricio Orellana, jefe del departamento curatorial del museo. Pawlik reafirma la presencia de las personas con discapacidad dentro de las instituciones artísticas y de la sociedad en general.
La performance evoca prácticas históricas de estigmatización. Se llena de cascabeles, como en otros tiempos las personas con lepra debían usar para anunciar su presencia. También remite a la historia de segregación de Spinalonga, la isla griega que albergó una de las últimas colonias de leprosos de Europa. "Con un cinturón lleno de cascabeles, Pawlik transforma un símbolo de separación en una afirmación de visibilidad y presencia. A través del movimiento y el sonido, la artista desafía la discriminación y la exclusión", dice la invitación a su primera presentación en Buenos Aires.
En sus obras la artista es fuerte y mantiene un equilibrio preciso. Sostiene su mirada, magnética, mientras hace danzar a sus bastones y a sus prótesis. A veces baila con su pierna ortopédica puesta, otras veces la agita con sus manos. Expone su muñón, desafiante. A los diez años perdió una pierna tras un accidente con un vidrio. Hasta entonces, practicaba patín artístico. En sus trabajos aparecen a veces sus patines puestos en las manos o espejos rotos.
Se graduó en la Academia de Bellas Artes de la ciudad donde vive y trabaja, Cracovia, especializada en pintura. Pronto su obra abordó la performance, el video y la fotografía, maneras de registrar un cuerpo que volvió obra de arte. Partiendo de la tradición del arte feminista, Pawlik incorpora la perspectiva de los estudios sobre la discapacidad, y redefine lo que se considera un cuerpo normal. A veces, invita a crear obras con ella a otras personas, no siempre artistas, muchas veces con alguna discapacidad. Baila con niños envueltos en telas alrededor de un monumento. O realiza obras con otras mujeres amputadas, entre ellas la atleta paralímpica Katarzyna Rogowiec y la corredora Ewa Zielińska. Sube escaleras sin más ayuda que sus brazos. Se calza stilettos rojos en un pie y una mano. Busca establecer vínculos, superar barreras, improvisar historias y fomentar la actividad de personas socialmente discapacitadas.
Ya en el país, antes de comenzar a ensayar su obra, Pawlik responde a LA NACION.
-¿Cómo surgió en vos el deseo de ser artista?
-No sabría señalar un momento concreto. Siempre he sentido que quería ser artista. Al principio, ese deseo estaba vinculado a la danza. Tras mi accidente, me volqué hacia las artes visuales y, hoy en día, las combino con el movimiento y la performance. Esa sensación me ha acompañado desde la infancia. Con el tiempo, las formas de expresarme fueron cambiando, pero la necesidad de crear permaneció intacta.
-¿Puede el arte cambiar los prejuicios de la sociedad?
-Creo que el arte puede transformar los prejuicios porque nos permite ver aquello que a menudo pasamos por alto y cuestionar las formas de pensar establecidas. En mi obra, presento el cuerpo de una mujer con discapacidad como un cuerpo que actúa, crea y define su propia presencia. Me interesa cómo se mueve, cómo ocupa el espacio y cómo lo perciben los demás. A través de la performance, intento ampliar nuestra comprensión sobre qué cuerpos pueden ser visibles en el arte y en la sociedad, y bajo qué condiciones.
-¿Cómo te relacionas con tu propio cuerpo, dado que, como artista de performance, es tu lienzo, tu material?
-Mi cuerpo es una fuente de experiencia y la materia prima de mi trabajo. Sus formas de moverse, sus ritmos, posibilidades y limitaciones moldean la performance. Trabajar con una prótesis o con muletas, o moverme sin prótesis, genera gestos y relaciones con el espacio diferentes, así es como desarrollo mi propio lenguaje de movimiento. Como mujer con discapacidad, también experimento las miradas y expectativas de los demás. En la performance, decido cómo presentar mi cuerpo y qué tipo de presencia crear a través del movimiento y la voz.
-¿Habla Spinalonga del pasado, del presente o del futuro?
-Spinalonga reúne las tres perspectivas. Su punto de partida es la historia del aislamiento de las personas afectadas por la lepra, pero este es solo un hilo dentro de una historia más amplia de exclusión. La performance puede interpelar a cualquier grupo social considerado diferente o extranjero al que se le niega el derecho a participar plenamente en la sociedad. Vinculo esta historia con el presente porque los mecanismos de exclusión siguen vigentes. A través de mi cuerpo, el movimiento y el sonido, reivindico el derecho a estar presente en espacios compartidos. También surge una pregunta sobre el futuro: ¿cómo podemos crear una sociedad en la que los cuerpos y las experiencias diversas tengan cabida?
Para agendar
Spinalonga. Sábado 10 de octubre, a las 16.30, performance. A las 18, entrevista pública. Esta actividad contará con traducción simultánea al español. Museo Moderno, Av. San Juan 350. Entrada libre y gratuita.