Una estudiosa obsesión
Me gusta el día del anuncio del Nobel porque es una ocasión para celebrar la maravilla de la literatura, el trabajo de quienes se dedican a ella y esa felicidad que es leer
Me gusta el día del anuncio del Nobel porque es una ocasión para celebrar la maravilla de la literatura, el trabajo de quienes se dedican a ella y esa felicidad que es leer. Momento de aplaudir a quienes conocemos y buscar los libros de quienes no. Además, este 2026, el premio debía ir a una autora y se apostaba por las extraordinarias Fleur Jaeggy, Can Xue, Cristina Rivera Garza, Yoko Tawada, Alexis Wright y, por supuesto, quien finalmente obtuvo el reconocimiento: Anne Carson. Y qué fiesta ha sido ver circular, por estos días, comentarios y artículos sobre esta autora. De pronto, un mundo conversando con pasión sobre los libros. Y no solo eso: conversando o leyendo sobre la traducción de textos clásicos. Porque este año el Nobel premia, en los libros de Anne Carson, no solo su trabajo como escritora, sino también su magnífica labor como traductora (de Safo, Eurípides) y la manera deslumbrante en la que ha integrado esa labor en el tejido mismo de su escritura. La obra de Carson no puede entenderse de otra forma. Si, como escribió GayatriSpivak, la traducción es el acto de lectura más íntimo, los libros de Carson descubren para nosotros nuevas maneras de esa intimidad. Su escritura reflexiona sobre la etimología (cómo llega a nosotros el lenguaje, la historia que carga, las posibilidades que promete), sobre el lugar del silencio y lo intraducible (como una mancha blanca sobre un cuadro, como explica en Variaciones sobre el derecho a guardar silencio). Es una escritura que lee con atención el pasado y mira, como con ojos de rayos X, el futuro. Porque ese futuro también está, precisamente, en el cuidado de las palabras.
Carson explora formatos (la caja que contiene la elegía por la muerte de su hermano, en Nox; o los diferentes libros que componen Floaty que, al sacarlos de su caja transparente, pueden leerse en cualquier orden) y desafía géneros (un ensayo puede contarse en 29 tangos como La belleza del marido, o una novela en verso como Autobiografía de Rojo). Porque las palabras son mágicas y Carson es hechicera. Y sus textos nos van acercando de a poco al encantamiento: su reflexión sobre el sueño y el dormir, en Decreación, que ofrece una de las reflexiones más brillantes que he leído sobre Al faro de Virginia Woolf. O la forma en que relaciona a dos poetas de épocas distintas: Simónides y Paul Celan en Economía de lo que no se pierde. La obra de Carson es de una erudición inmensa. De celebración y de paciencia. En Nox el duelo personal se intercala con su reflexión sobre la etimología de cada una de las palabras que componen la elegía que Catulo dedica a su hermano, también fallecido. En ese gesto espejo está el reconocimiento, sí, pero es el reconocimiento de una imposibilidad. La imposibilidad de la traducción y la necesidad imperiosa de la misma.
Carson prueba las palabras: las saborea, pero también las desafía. Las pone frente a nosotros con cuidado y reverencia.
En tiempos en que la inteligencia artificial hace estragos en el mundo de las letras, se reducen los presupuestos destinados a la cultura, y se cierran programas dedicados a las lenguas clásicas, el premio a Anne Carson celebra todo lo que hay de poderosamente humano en la literatura, la belleza transformadora, la reverencia que merece cada palabra y ese estudio apasionado que nunca podrá replicar un algoritmo.