Domingo, 11 de Octubre de 2026

El espejo y la autoconciencia

ChileEl Mercurio, Chile 11 de octubre de 2026

Hace poco abordé el desafío pendiente de traducir mi tesis doctoral al español con ayuda de la IA. En unos treinta días el libro quedó traducido al castellano.

Durante treinta años me resistí a la tentación de traducir al español mi tesis doctoral. Escrita en alemán, con mucho texto griego y un denso aparato de notas, pasaba de las quinientas páginas en la versión publicada. Un procedimiento expedito se me hacía impensable. Hace cosa de un año, naufragó la idea de encargar el trabajo a un traductor profesional, porque los costos eran impagables para la colección filosófica que deseaba contar con el texto. Pero todo esto es, más bien, anecdótico. La razón de mi renuencia era diferente: la enorme dificultad que plantea la tarea de autotraducción. Cuando se traduce un texto ajeno, no resulta difícil soltar una frase, para hacerla más llana y más legible. Pero, cuando uno -al menos, alguien como yo- intenta traducirse a sí mismo, le ocurre que tiende a aferrarse a la propia formulación y quiere recogerla sin modular, alisar ni simplificar nada, como si todo lo que contiene el original, hasta la última coma, fuera irrenunciable. La meticulosidad se convierte, así, en aliada secreta del narcisismo. Tampoco el paso del tiempo remedia el problema: la insalubre cercanía que produce la identificación sin fisuras consigo mismo se reestablece casi de inmediato, al volver sobre el texto, por mucho que uno crea poder verlo ya como algo casi ajeno.
Hace poco abordé el desafío pendiente con ayuda de la IA. En unos treinta días el libro quedó traducido al castellano. Lo más sorprendente no fue la velocidad del proceso -que supuso la fijación de criterios, el cotejo línea por línea con el original y la revisión de cada párrafo traducido-, sino, más bien, la posibilidad de autodistanciamiento que me procuró la intervención de una mediación tan competente. Sin perder precisión, el resultado quedó mucho más legible que lo que hubiera podido alcanzar solo por mis propios medios, por la sencilla razón de que el dispositivo interpuesto entre yo mismo y mi viejo texto alemán me ayudó a superar mi apego a la redacción del original. Ese apego no es, de suyo, un error. La frase original puede ser exacta, pero la voluntad de conservarla intacta -con su cadencia, su orden y su trabazón sintáctica- se convierte, a menudo, en un obstáculo enorme para la tarea de traducción. Cuando uno se identifica con su propia literalidad, toda simplificación le parece una pérdida y toda modulación, una especie de traición. Gracias a esta nueva forma de "autodistanciamiento asistido", se hace más fácil invalidar una adhesión empecinada y, a veces, hasta ciega. Vista a una mayor distancia, la formulación original deja de parecer intocable y puede ser reelaborada. Por supuesto, nada de esto sustituye el juicio propio. Más bien, le procura un nuevo espacio de ejercicio, y hasta reclama constantemente ese ejercicio.
Esta forma de mediación tiene una estructura que Platón ya había identificado, aunque no para el caso de la producción de un texto traducido. Como mostró W. Wieland ( Platon und die Formen des Wissens, Gotinga 1982), Platón se interesa, precisamente, por aquellas formas de autoconciencia y conocimiento de sí en las cuales el "sujeto" no se toma a sí mismo como "objeto" de un modo directo o inmediato, sino que retorna a sí a través de la mediación de algo diferente, algo que oficia como una suerte de "espejo" en el cual se ve reflejado. A pesar de su utilidad, el símil del espejo presenta, sin embargo, una doble ambivalencia. En primer lugar, no todo lo que devuelve una imagen es un espejo adecuado. Platón se pregunta por el espejo en el cual debe mirarse el alma y excluye que esta pueda encontrarse a sí misma en las cosas de las que se ocupa, o en los instrumentos de los que se vale, o en el cuerpo mismo con el que está asociada. Necesita un espejo que le sea afín, tal que le permita reconocer, de algún modo, lo que ella misma propiamente es. En segundo lugar, no todo uso del espejo es adecuado, sino solo aquel que lo trata como lo que este es: un espejo, y no como aquello mismo que se refleja en él. Si esta conciencia de diferencia queda suprimida, el espejo, lejos de mediatizar, solo puede servir para reforzar la instalación en una autoadhesión empecinada. Es lo que le ocurrió a Narciso, embobado con su propia imagen.
La IA hace converger, me parece, ambas ambivalencias: puede ofrecer un espejo adecuado o inadecuado, según sea su empleo, pues la imagen que devuelve en cada caso depende, en medida decisiva, de lo que uno mismo quiera ver en ese espejo y de cómo intente alcanzarlo. Por eso, puede contribuir tanto a blindar el más narcisista apego a sí mismo como a lograr una toma de distancia que resulta imprescindible para superar, en alguna medida, el embelesamiento consigo mismo, y con las propias obras.
Lo más sorprendente de esta traducción por la IA no fue la velocidad del proceso, sino, más bien, la posibilidad de autodistanciamiento que me procuró la intervención de una mediación tan competente.
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