Lunes, 12 de Octubre de 2026

La rendición del Nacional

ChileEl Mercurio, Chile 12 de octubre de 2026

El Instituto es un patrimonio del país, no una ínsula de la izquierda radical.

Inevitable es la desazón que surge ante algunas de las imágenes del interior del Instituto Nacional publicadas ayer por este diario. El recorrido que efectuó "El Mercurio" por el establecimiento mostró a una comunidad que realiza loables esfuerzos intentando sacar adelante su tarea educativa, pero que al mismo tiempo, parece normalizar la violencia que allí se instala, resignada a convivir con sus manifestaciones y símbolos.
Desde luego, asombra que, en uno de los patios, las actividades de los estudiantes sean presididas, desde un tercer piso, por la imagen del "Che" Guevara, cuya conducta criminal, responsable de decenas -si no cientos- de muertes en los días posteriores al triunfo de la revolución cubana, se encuentra a estas alturas ampliamente documentada. ¿Es tolerable que una figura de esa calaña sea así homenajeada en el principal liceo público del país? Se dirá que el mural es de autor anónimo y, como explica el SLEP Santiago Centro, viene de un período anterior a enero, cuando esa entidad pasó a ser la sostenedora, pero ello no justifica su inacción y la de las autoridades del establecimiento. Debe entenderse que el Instituto Nacional es un patrimonio del país y no una suerte de ínsula de la izquierda radical, donde esta imponga al resto la veneración de sus pretendidos "héroes".
Aún más repudiable es, sin embargo, otro de los murales, que enaltece la figura de un estudiante encapuchado y sus bombas molotov. Hay aquí una cruel ironía. Un establecimiento que ha visto demolido su prestigio y que ha sufrido un dramático retroceso académico, producto precisamente de la acción continua de los encapuchados, permite que se rinda tributo a los mismos que impiden violentamente la realización de clases, que atacan a profesores y amenazan a sus propios compañeros, junto con dañar, con el fuego de sus artefactos incendiarios, la infraestructura que los alberga. Síndrome de Estocolmo se denomina al fenómeno patológico que lleva a un grupo de rehenes a empatizar con sus secuestradores. Nada muy distinto es lo que parece ocurrir en el Nacional, una especie de rendición al fenómeno de la violencia, donde se acepta convivir con él e indirectamente, al tolerar las imágenes que lo exaltan, también se lo legitima.
Es lógico que la rectora tenga como su foco el esfuerzo pedagógico y que quiera resaltar la responsabilidad del Ministerio Público o de las policías en cuanto a desarticular a los grupos radicalizados. Se equivoca, sin embargo, si estima que no le corresponde también a ella un papel crucial en ese esfuerzo. Asegurar, utilizando las herramientas que la legislación le entrega, un ambiente que permita el efectivo desarrollo de los procesos educativos constituye una de sus tareas fundamentales y ciertamente ineludibles. Suponer que la subsistencia de la violencia sea una cuestión ajena es simplemente negar la realidad y contradecir lo que ella misma admite, cuando describe la pérdida irrecuperable que se produce cada vez que una jornada de clases es interrumpida.
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