Qué, el estallido
Están allí agazapadas estas pequeñas minorías, aguardando con la esperanza de que en algún momento la correlación de fuerzas se encuentre con ellas.
Para el aniversario del estallido nos ronda la pregunta, ¿de qué se trató? Reacio como soy a las teorías de la conspiración, le doy sin embargo un poco de credibilidad solo a uno de sus aspectos. Como se demostró en la violencia abominable que reveló el violento incidente ante la casa central de la UC, los núcleos que sustentan una combativa actitud antisistema están no solo dormitando, sino que muy vivos, si bien en la mayoría de sus asonadas o actos espectaculares no pueden lograr convertirse en un polo estratégico de las alternativas políticas, como sí ocurrió para el estallido. Pero están allí agazapadas estas pequeñas minorías organizadas y autosugestionadas para una intentona, aguardando con la esperanza real o ilusoria de que en algún momento la correlación de fuerzas (en verdad, el aire del momento, la ocurrencia colectiva) se encuentre con ellas. A veces sucede y ahí se abre una compuerta a la avalancha que introduce a las grandes catástrofes. Es la colisión entre el azar y la necesidad.
Por ello el estallido no fue producto de una conspiración, sino del choque y fusión de esas dos potencias disímiles y convergentes. Todos los otros factores que se mencionan (la quema del metro sí fue producto de una conspiración; la tendencia a hostigar y agredir más a gobiernos de derecha que de izquierda; el relativo estancamiento económico, etc.), son elementos acompañantes, pero por sí mismos no hubieran podido desencadenar una conflagración de esa envergadura.
Se debate con insistencia que hay que enfocarse en las llamadas causas profundas y no en las manifestaciones tantas veces delictuales que fueron el rostro más visible hace 7 años. Las primeras constituyen casi siempre constantes de las sociedades humanas, y no por eso estas se incendian todos los días. Son aquellas afecciones o patologías, según el caso, que configuran el núcleo de nuestra existencia, que jamás superaremos pero las podremos manejar con mayor o menor fortuna, y en eso se va el sentido de la construcción y creatividad en nuestra vida personal y social.
¿Sobre las características más puramente chilenas? Destacan dos. Primero, en un país tan marcado en su historia por la polaridad político-ideológica, al final hasta el delirio, el abatimiento de su fervor en los 30 años que precedieron al estallido condujo a la indiferencia que erosionó las bases de legitimidad del orden político. La historia tomó su revancha desde una oscura capa del semiconsciente, extremando los métodos pero no la finalidad: una utopía de un país de iguales, satisfechos y felices, que estaba, se suponía, a la vuelta de la esquina. Si no se hubiese truncado el Apruebo el 2022, con su proyecto chavista, al final habríamos gustado el amargo sabor de su realización.
Y segundo, la acelerada modernización del país no nos entregó un paradigma de modernidad, solo un avance hacia ella. Pero sí, Chile se vio enfrascado en el frenesí que es propio de la modernización, que agitó los espíritus creando un estado de ánimo exaltado por una extendida contracultura, otro fenómeno de la modernidad. Las mejorías materiales y de oportunidades no fueron colmando las demandas, sino que se vieron solo las insuficiencias y carencias. Es la crisis que han pasado los países que estaban en desarrollo y al final se transformaron en modelo. No fue nuestro caso. Chile vivió la crisis pero no pudo lograr el codiciado trofeo del desarrollo en una complejidad mínima, lo que lo muestra como un país típicamente latinoamericano, situación triste para la totalidad de nuestra América. Es el verdadero problema sobre el que debiéramos meditar con mayor ahínco.