Gustavo Yankelevich, sobre la acusación de sus nietos contra Darío Giordano: "Franco me dijo que su papá lo desmayó a golpes cuando contó todo"
Durante la emisión de Intrusos (América TV) de este lunes, Gustavo Yankelevich habló tras las repercusiones que generó el testimonio de su nieto, Valentín, hijo de Romina Yan, luego de que expusiera la violencia física y psicológica que recibió en su niñez de parte de su padre, Darío Giordano, quien en las últimas horas compartió un comunicado en el que negó las acusaciones en su contra
Durante la emisión de Intrusos (América TV) de este lunes, Gustavo Yankelevich habló tras las repercusiones que generó el testimonio de su nieto, Valentín, hijo de Romina Yan, luego de que expusiera la violencia física y psicológica que recibió en su niñez de parte de su padre, Darío Giordano, quien en las últimas horas compartió un comunicado en el que negó las acusaciones en su contra.
"La primera que notó lo que pasaba fue Cris Morena y me advirtió que le prestara atención a los chicos. En principio pensé que era pasajero, hasta que Franco me pidió venir a vivir conmigo", confirmó Yankelevich.
"Me va a costar hablar. Fueron muchos los que ayudaron a los chicos. No dijimos nada para que la Justicia pudiera moverse libremente. Ellos no hablaban porque al principio me dieron la tenencia por tres meses; todos los días monitoreaban cómo estaban los chicos, pero no podíamos decir nada, aunque ellos quisieran contar su verdad, que era la verdad. Cuando me dieron la tenencia definitiva, habían pasado tres años y medio. A Valen no le importaba decir lo que pasaba, pero le importaba su hermana, por eso esperaron a que terminara el colegio", justificó Gustavo la decisión de sus nietos.
Según contó el productor, cuando Franco, hijo mayor de Romina Yan y Darío Giordano, empezó a pedirle irse a vivir con él, notó que algo sucedía. Un año después, Valentín empezó con la misma solicitud que su hermano.
"Una vez por semana lo pasaba a buscar por el colegio, iba a comer afuera con él y después lo llevaba al colegio otra vez. A pesar de lo que vivía, conmigo estaba feliz, cantaba, era divertido... En uno de los almuerzos me dijo: ‘Abuelo, quiero ir a vivir con vos’, pero no me dijo que le pegaban", dijo Yankelevich y entonces le propuso a su nieto quedarse una semana para probar cómo se sentía.
"Cuando me junté con Darío, y le dije que Franco me había pedido ir una semana para pasar conmigo, él me contestó: ‘De ninguna manera, yo soy el dueño. Hasta los 18 años van a hacer lo que yo quiera. No, de ninguna manera va a ir’. Ahí deduje que estaba pasando algo más grande de lo que yo pensaba", recordó.
Después de ese episodio, Gustavo continuó buscando una vez por semana a Franco por el colegio. En ese entonces él tenía 11 años. Durante tres veces consecutivas "no hablaba" en los almuerzos, por eso, el productor de TV indagó: "Le dije: ‘Soy una persona grande, acá algo pasa. Me tenés que contar, no puede ser que de golpe no hables nada’. Entonces me respondió: ‘Abuelo, si yo te cuento lo que pasa, papá me va a matar. Cuando se enteró de que te pedí ir una semana a tu casa, me ca*ó a trompadas. Me desmayó a golpes’". Acto seguido, se emocionó en directo.
Ese fue el punto bisagra por el que empezó a investigar con abogados para obtener la tenencia de sus nietos. "No era fácil", recordó. "Cuando saqué a Valentín por separado, me contaba lo mismo. Ellos me decían que su papá, cuando íbamos a la casa, era una cosa, pero cuando se iban, era otra. Me decían: ‘Aparece el monstruo’".
De acuerdo al testimonio de Gustavo, en medio de ese contexto, un día recibió el llamado de una amiga de Valentín, quien mencionó que hablaba con él todas las noches. "Le decía que se quería ir con su mamá, que no quería estar más acá. Pero se lo decía con lujo de detalle", expresó.
"Ahí es donde sabía que no había más tiempo. Entonces, empecé a ir todos los días al colegio y, durante el recreo largo que tenían ellos, le daba un abrazo a Valentín para que sienta amor... Hablé con Cris y con Tomás [segundo hijo del matrimonio Yankelevich-Morena] y les pedí que me dejaran manejar esto. Por eso Valen cuenta mucho de mí y no tanto de su abuela o tío. Me hice cargo de esto, porque ellos dos venían a vivir conmigo", añadió el productor.
Según confirmó, la tenencia de sus nietos tardó tres años porque Darío Giordano apelaba. "Cuando fue a Casación, Valentín dijo todo lo que no dijo en la nota delante de asistentes sociales y de los jueces. Ahí se terminó. Ese fue el último día, determinaron que no había revinculación", detalló Yankelevich.
Uno de los factores "trascendentales" que demostró a la Justicia lo que experimentaban los menores en la casa de su padre fue el tic que tenía Franco. Según explayó el entrevistado en Intrusos, a su nieto se le ponían los ojos blancos durante unos segundos: "Una doctora nos dijo el día que se venían los chicos a casa que Franco no tenía un tic; lo de poner los ojos en blanco es porque le pegan en la cabeza".
Antes de concluir, Gustavo Yankelevich dejó en claro que su nieta Azul no se fue a vivir con él porque no había pruebas de que Darío Giordano le pegara. "A Azul era como desprenderla de él. En el Juzgado convinimos que íbamos a monitorear si él con ella tenía el mismo accionar. Y no, no lo tuvo". De ese modo, decidió responder a las críticas que surgieron en las redes sociales luego de hacerse público el relato de Valentín y pidió que, como en su caso, se escuche y preste atención a cómo se comportan y qué dicen los chicos para prevenir estas situaciones de violencia.
El comunicado completo de Darío Giordano tras ser acusado de violencia
Comunicado de prensa
Soy una persona simple. Me crié en un barrio, rodeado de amigos y, sobre todo, de mucho amor. Nos enamoramos profundamente con Romina y decidimos formar una familia. De ese amor nacieron nuestros tres hijos, que fueron y siguen siendo lo más importante de mi vida. Fuimos padres muy jóvenes, aprendimos mientras construíamos nuestra propia historia y compartimos sueños, alegrías y dificultades, como cualquier familia.
La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginé vivir una vida sin ella. De un día para otro perdí a mi compañera, a la mujer que amaba y a la persona con la que había imaginado pasar el resto de mi vida.
Pero no tuve tiempo de detenerme. Había tres chicos que también habían perdido a su mamá y que necesitaban a su papá. Desde entonces, todo cambió.
Muchas personas quisieron ayudarme. Todos tenían una opinión sobre lo que debía hacer, cómo debía seguir y cómo tenía que criar a mis hijos. Agradezco la ayuda de quienes estuvieron cerca en ese momento, pero viudo a los 36 años y en medio de ese dolor había algo que tenía absolutamente claro: quería estar con mis hijos y seguir siendo su papá.
Sin embargo, a la pérdida de Romina se sumaron conflictos y situaciones que jamás hubiera imaginado atravesar. En el momento de mayor vulnerabilidad de mi vida, cuando intentaba reconstruir una familia atravesada por una ausencia irreparable, también me encontré teniendo que defender mi lugar como padre.
Y no siempre fue en igualdad de condiciones. Hay personas poderosas que tienen la posibilidad de instalar su versión de una historia. Otras, como yo, apenas tenemos nuestra palabra. Pero la exposición pública, los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado.
Tuve que aprender a vivir con la ausencia de Romina y, al mismo tiempo, acompañar a tres chicos que también habían perdido a su mamá. No fue fácil. Seguramente cometí errores. Nunca pretendí ser un padre perfecto. Hice lo que pude, con las herramientas que tenía y en circunstancias que jamás hubiera imaginado atravesar.
Pero una cosa es reconocer mis errores como padre y otra muy distinta es aceptar que se construya sobre mí una imagen que no reconozco. Hoy me encuentro frente a acusaciones públicas de una gravedad enorme que me producen un profundo dolor.
Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia. Estas cuestiones fueron objeto de una causa judicial y considero importante que se conozca lo que efectivamente resolvió la Justicia, se trata de una causa en la cual fui sobreseído en el año 2018. Como siempre sostuve, esos hechos que se denuncian nunca ocurrieron y por lo tanto nunca fueron comprobados.
Además de Franco y Valentín, tengo dos hijos más, Azul y Dante. Estoy seguro que ellos no reconocen vivir ni haber vivido ninguna situación como las que escuchamos estos días en los medios. Siempre me resultó extraño que alguien ayudara a salir de un hogar supuestamente violento a dos menores y dejara allí a una pequeña de apenas siete años. Hoy una hermosa mujer de 20, que estudia en el exterior, y cada vez que retorna al país vuelve a nuestra casa.
Pero hay algo que para mí es todavía más importante. No voy a discutir públicamente con mi hijo Valentín. No voy a responderle a través de los medios de comunicación. No voy a cuestionar sus sentimientos ni a exponer episodios de nuestra intimidad familiar para intentar demostrar que tengo razón. Lo amo y siempre lo amaré con toda mi alma, como lo amamos con Romina desde el momento en que decidimos traerlo a este mundo. Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso y puedo entender su angustia.
No escribo esto para enfrentarme con nadie ni para volver a abrir heridas del pasado. Pero tampoco puedo seguir aceptando que mi silencio se interprete como una confirmación de todo lo que otros dijeron sobre mí.
Durante todos estos años elegí mantener mi vida familiar en la intimidad. Nunca quise convertir nuestro dolor en un espectáculo público, porque siempre entendí que mis hijos necesitaban preservar sus recuerdos, sus sentimientos y su historia. Aún cuando en el dolor tuve que entender que la historia no era como yo la había vivido. Entre otras cosas, nunca pudimos entender con claridad que paso aquel 28 de septiembre de 2010.
Mis hijos tienen derecho a sus sentimientos, a sus recuerdos y a construir su propia mirada sobre nuestra historia. Yo también tengo mi historia, mis recuerdos y mis dolores, que por respeto decidí guardármelos, por eso no creo que debamos discutirlos frente a las cámaras.
Lo que sí me resulta profundamente injusto es que una historia familiar tan dolorosa termine convertida en una disputa pública en la que parece tener más razón quien tiene más poder para hacerse escuchar.
Durante años vi cómo se hablaba de mi familia, de mis decisiones y de mi rol como padre. Muchas veces sentí que se juzgaba mi vida desde afuera, sin conocer lo que verdaderamente significaba atravesar esa pérdida y tratar de seguir adelante.
Nunca quise utilizar ni lucrar con el dolor de mi familia. Nunca busqué cámaras ni titulares para defenderme. Y sigo creyendo que el amor por mis hijos debería estar por encima de cualquier diferencia personal, de cualquier disputa de poder y de cualquier necesidad de tener la última palabra. En ese camino he resignado muchas veces cuestiones de índole personal e incluso material.
Proteger a una familia no debería significar enfrentar a quienes la integran, y mucho menos convertir el dolor de mis hijos en una discusión pública entre adultos, aun cuando entiendo que alguno de ellos no puedan procesar el dolor que la partida de Ro significó para todos nosotros.
Sé que esta decisión puede tener un costo enorme para mí. Sé que habrá quienes me me condenen sin escuchar mi versión. Pero ser padre también significa estar dispuesto a soportar ese costo antes que iniciar una batalla mediática que solo puede provocar más dolor.
No escribo estas palabras para pedir compasión ni para convencer a nadie de que fui un padre perfecto. Las escribo porque tengo derecho a defender mi nombre, mi historia y mi lugar como padre.
No pretendo ganar una discusión pública. Quiero conservar la esperanza de que algún día podamos hablar de todo esto en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros.
Por encima de cualquier acusación, de cualquier conflicto y de cualquier diferencia, hay algo que nunca cambió: soy el papá de mis hijos. Los amo profundamente. Los amé desde el primer día y los voy a amar siempre.
Darío Giordano