Una taza de curiosidades
Margarita Bernal
Pocas bebidas están tan presentes en nuestra vida como el café
Margarita Bernal
Pocas bebidas están tan presentes en nuestra vida como el café. En Colombia lo tomamos en tierra fría y caliente, en la montaña y junto al mar, en casa, la oficina, la finca o una cafetería. Al comenzar el día, después del almuerzo y cuando surge una conversación. Llegar a esa dicha fue una historia llena de curiosidades. El café nació en África. En Etiopía lo comían con grasa animal o lo fermentaban para beber. En el mundo árabe se asoció con la medicina: Al-Razi, filósofo, astrónomo y médico (850-922), fue de los primeros en escribir sobre él; lo recomendaba contra la melancolía y para el estómago. En La Meca, en 1511, las autoridades lo prohibieron y cerraron sus expendios: se discutía si sus efectos equivalían a los del alcohol, vetado por el Corán. En Europa, sacerdotes pidieron al papa ClementeVIII condenar esa bebida musulmana, invención de Satanás. El Papa la probó y quedó encantado. Según la anécdota, dijo que sería una pena dejar ese placer a los infieles y que había que engañar al diablo y volverla cristiana. En Londres, en 1674, las mujeres publicaron un panfleto contra el café por sus efectos sobre los hombres y la vida conyugal. El café ya era, entonces, mucho más que una bebida: comenzaba a ocupar un lugar en la vida de la ciudad. Llegó a llamarse como the social drink. A Colombia llegó alrededor de 1730 con los jesuitas, a quienes se atribuyen los primeros cultivos, en los Llanos Orientales. La caficultura transformaría el paisaje, la arquitectura y la vida de la región cafetera, la economía y el transporte fluvial, marítimo y terrestre. La paradoja: fuimos gran productor y exportador, pero por años tomábamos poco café. A finales del siglo XIX era inusual, y a comienzos del XX Medellín, centro de una región cafetera, prefería el cacao y el chocolate con leche. El café tuvo que conquistarnos y en el camino aparecieron personajes singulares. En Medellín, unas señoras de apellido Melguizo organizaron a niños y jóvenes de la calle para vender tinto. Los uniformaron y les colgaron al cuello cajas de madera con pocillos de porcelana, cucharitas y azúcar, y termos. Recorrían oficinas, calles, parques y teatros. En Bogotá, hacia 1923, los "chinos bogotanos", niños desamparados, algunos abandonados o huérfanos, vendían café en las oficinas del centro. Más de uno lo compraba por la insistencia del pequeño vendedor. Después llegarían los cafés de tertulia, la Federación Nacional de Cafeteros en 1927 y Juan Valdez en 1959, para posicionar nuestro café en el mundo. Quizá esa sea la historia más curiosa: una bebida que fue alimento, medicina, motivo de prohibiciones y disputa religiosa terminó como excusa para sentarnos a conversar. Hoy, entre una taza y otra —probablemente varias al día—, el café nos representa en el mundo y hace parte de nuestra identidad.
Comunicadora y consultora gastronómica.