Domingo, 18 de Octubre de 2026

Mircea Cãrtãrescu: "El mundo es un libro descompuesto"

ChileEl Mercurio, Chile 18 de octubre de 2026

Considerado uno de los escritores más particulares y ambiciosos de Europa, el autor de novelas como "Solenoide" y "Theodoros" es uno de los invitados estelares de la nueva versión de Festival Puerto de Ideas de Valparaíso. "Los libros son la realidad pura, todo lo demás es caos", dice.

Experimental, onírico, tumultuoso. También de una densidad cada vez más escasa en la literatura contemporánea y con una fe ciega en las posibilidades de la ficción. Los adjetivos nunca alcanzan para describir la obra del escritor rumano Mircea Cãrtãrescu, pero suele decirse que, en sus enormes novelas, como "Solenoide" o la trilogía "El cegador", se vislumbra una sustancia biográfica y también histórica: en el fondo aparece la represión en que estuvo sumida Rumania a manos del dictador Nicolae Ceausescu y también las grietas de la Unión Soviética hasta su caída final. Y aunque Cãrtãrescu no niega que el régimen comunista se infiltra en sus libros, últimamente no cree que los hitos culturales influyan realmente en su escritura.
"Absolutamente no", dice Cãrtãrescu en un correo electrónico desde Bucarest, respondiendo si ha cambiado su escritura desde que, a los 17 años, empezó escribiendo un diario bajo la sombra de Ceausescu, hasta hoy, que se ha erigido como uno de los autores más innovadores y celebrados de Europa. "Una vez dije en broma que una revolución no basta para cambiar mi estilo. Ni una guerra, ni otra catástrofe o convulsión social. Puedo registrarlas todas en mis escritos, pero obedecen a mi forma de escribir, aparecen con mi máscara puesta", agrega en su respuesta.
Cãrtãrescu escribe a "El Mercurio" a tres semanas de visitar Chile para participar en la nueva versión del Festival de Puerto de Ideas, que se realizará en Valparaíso entre el 6 y 8 de noviembre. Es uno de los invitados estelares del evento, en el que sostendrá una conversación con Enrique Redel, director de la editorial Impedimenta, la que lleva publicando su obra en español desde hace más de una década. El diálogo tiene un título sugerente, "La realidad como alucinación", que acaso funciona para describir el tono de sus novelas. Pero Cãrtãrescu tiene otra idea: "Todos mis libros son poemas y necesitan ser leídos por poetas. Creo que las personas que no son poetas no los entenderán o los malinterpretarán", dijo en Santiago en 2023, cuando vino por primera vez al país invitado por la Universidad Diego Portales.
La literatura es una iglesia
Nacido en Bucarest en 1956, Cãrtãrescu creció en la misma pobreza que todos los rumanos y no la entendió sino hasta que comprendió que vivía en una dictadura. "Para mí, esa era la realidad: barrios marginales, bloques de apartamentos, niños jugando en el barro detrás de viejas fábricas abandonadas, largas colas frente a las tiendas de alimentos. Pensé que era igual en todas partes, que todos en este mundo vivían así", cuenta el escritor que, de cierta forma, encontró un escape en la literatura: a los 20 años leía entre seis y ocho horas diarias, entre literatura, filosofía, física cuántica o ciencias sociales. De esos años surgió el diario que por años ha sido la fuente original de todos sus libros.
En el principio, para Cãrtãrescu la escritura era poesía: su primer libro es "El levante" (1990), un volumen de poemas escrito como epopeya cómica que reconstruye la historia de la literatura rumana. Quince años después, lanzó la que aún se considera su obra cumbre, "Solenoide". Es el inmenso diario de un escritor frustrado que mientras revisa su vida, la escritura y las reglas del amor, se hunde en una aventura en que asisten mansiones misteriosas, sectas secretas y ciudades en las que se cruza el pasado con el futuro. Siguiendo el estilo más desatado de Thomas Pynchon, el centro de la novela parece ser una red de solenoides -unas bobinas eléctricas gigantes- escondidas en casas de Bucarest capaces de abrir puertas a otras dimensiones.
Y si "Solenoide" puede leerse como una historia que reescribe el Bucarest de Ceausescu, en su último libro, "Theodoros", Cãrtãrescu escapa a toda contingencia y espacio para elaborar una leyenda sobre un rey feroz de Abisinia, en la que asisten personajes como el rey Salomón, la reina de Saba, el bisabuelo de John Lennon y la reina Victoria. Su otra gran obra es "El cegador", una trilogía que narra decenas de historias tan increíbles como absurdas de Europa del Este. En parte, por esa multiplicidad de registros, Cãrtãrescu ha conseguido un espacio particular: un autor exigente, cada vez más leído, ganador de premios como el Formentor 2018 o el Literatura en Lenguas Romances 2022 que entrega la Feria del Libro de Guadalajara. Si este año no ganó el Nobel de Literatura, ya llegará.
Comparado con Borges y Kafka, pero también capaz de reinventar las reglas del realismo mágico a la luz de la historia europea, a Cãrtãrescu parecen no preocuparle premios como el Nobel. Y al ser consultado si los avances de la inteligencia artificial en el ámbito de la escritura le preocupan, responde con solo una palabra: "No". Literariamente al menos, Mircea vive en otro planeta:
"Mis libros tienen sus propias leyes internas de desarrollo, porque no son del planeta Tierra, sino del planeta Mircea Cãrtãrescu, con escasas conexiones con el mundo que abusivamente llamamos real. Soy un escritor sin evolución. He sido el mismo desde los 17 años, cuando escribí mi primera página de diario. En esa página aparecen todos los manierismos de mi escritura de siempre, mi forma de pensar, incluso mi caligrafía. Hay autores que representan su época y autores que tienden hacia lo atemporal y universal. Me considero entre estos últimos", asegura.
-En "Solenoide" la realidad se distorsiona a través de la memoria y la alienación. ¿Hasta qué punto escribir esta obra fue un ejercicio de exorcismo personal o una reconstrucción necesaria de un Bucarest que ya no existe, pero que sigue vivo en sus recuerdos?
"En 'Solenoide' la realidad no se distorsiona, sino el mundo que la rodea, el cual mi novela endereza y corrige. 'Solenoide' ha restituido la coherencia y la verdad al mundo anamórfico que la rodea, como esos dibujos amorfos en cuyo centro se coloca un cilindro reflectante para que finalmente se pueda ver a la mujer o el paisaje ocultos en ellos. Los libros no son la realidad distorsionada por afectos o recuerdos: son la realidad pura, la inicial, la esencial, mientras que todo lo demás es caos e ilusión. El mundo es un libro descompuesto".
-La novela "Theodoros" puede leerse como una reescritura de la historia. ¿Qué lo llevó a explorar el poder del mito en esta novela, y cómo se relaciona esta estructura con su interés anterior por el misticismo y lo fantástico?
"'Theodoros' es mi lucha con la literatura, como la de Jacob con el ángel. No es una novela histórica, sino una novela sobre la novela histórica. No es un libro sobre Theodoro, el emperador de Etiopía, sino uno sobre mí escribiendo sobre "Theodoro". Todo en esta novela es engañoso, translúcido, ambiguo, porque la historia verdadera no me interesa en absoluto, del mismo modo que no me interesa ningún tema del mundo. Lo que me interesa es mi capacidad (sea cual sea) de hacer que las páginas resulten interesantes a mis propios ojos, con la esperanza de que así también lo sean para algunos otros lectores. En todos mis libros, pero especialmente en 'Theodoros', no soy principalmente escritor, sino sobre todo lector. Escribí esta novela principalmente porque quería leer algo bueno y ya no encontraba nada de mi agrado en los libros que conocía".
-En una Europa que atraviesa constantes tensiones políticas y existenciales, ¿sigue creyendo que la literatura tiene el poder de "desenmascarar la realidad", o piensa que su función hoy en día es más bien servir de refugio frente al ruido del mundo exterior?
"La literatura es como una iglesia: está ahí para la gente. Nadie te obliga a entrar, pero si necesitas espiritualidad, consuelo, oración, la belleza de los techos pintados, ahí está, esperándote. Sin arte, que es un eufemismo para el amor entre las personas, nada merece la pena vivir. Se dice que dentro de las naves alienígenas no hay nada personal: ni cuadros en las paredes, ni libros en la biblioteca, ni estatuillas, ni música, ni porcelana, solo silencio y paredes vacías. Así es como luce el mundo sin la humanidad condensada en el arte: un horror y un aburrimiento infinito".
-Ha afirmado que siente una conexión con la literatura latinoamericana, llegando incluso a decir que no cree en las "literaturas nacionales", sino más bien en los vínculos humanos. ¿Qué elementos de la tradición latinoamericana (el realismo mágico, por ejemplo) son los que más resuenan en su propia sensibilidad rumana?
"Sí, no creo en literaturas nacionales ni en una ética nacional. El arte es profundamente individual. No me apasiona la literatura sudamericana; solo me apasionan Borges, Vargas Llosa, García Márquez, Ernesto Sabato, Silvina Ocampo, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Cortázar y decenas de otros autores de esa parte del mundo. Me apasionan, porque saben diferenciar entre imaginación y fantasía, entre sueño y realidad, entre política y poesía. Rumania también es un país latinoamericano, perdido, por alguna razón, en Europa: nuestra lengua también es de origen latino, nuestros escritores siguen siendo exuberantes y fantásticos, nuestros dictadores fueron igual de siniestros, nuestros ricos son igual de ricos, los pobres igual de pobres... Siempre que voy a Latinoamérica me siento como en casa".
-Durante sus visitas a Latinoamérica, ¿ha encontrado algún eco de los sueños o las pesadillas de sus libros? ¿Cómo conecta su obra con los lectores latinoamericanos, que acogen su literatura con especial calidez?
"Así como no creo en las literaturas nacionales, tampoco creo en las matrices espaciales que determinan la literatura, como dice Oswald Spengler. No creo que la pampa haya influido, por ejemplo, en la novela argentina, como creía Martínez Estrada. No soy producto de un paisaje, sino de una literatura. Mi paisaje tiene algunas montañas visibles desde lejos: Kafka, Joyce, Virginia Woolf, Musil, Pynchon, Thomas Mann, etc., y algunos ríos solemnes: Dante, Faulkner, Proust, Bolaño".
-Cuando vino a Chile hace dos años, recuerdo que dijo que todos sus libros -tanto los relatos cortos como las novelas- son, en realidad, poemas. ¿Sigue siendo la poesía la esencia de su escritura?
"Existe una sencilla prueba para distinguir a un poeta de un prosista: para el prosista, la realidad existe; para el poeta, no (precisamente por eso la inventa con cada poema y cada página que escribe). Mis novelas son poemas, como todas las que me gustan y me interesan. No creo en el realismo ni en las novelas realistas. Me aburren enormemente. Creo únicamente en la vida interior, aquella que hoy se ve violada a diario por un mundo cada vez más alienado y grotesco. Si el artista tiene una misión en el mundo, es precisamente esta: defender la vida interior con todas sus fuerzas".
''La literatura es como una iglesia: está ahí para la gente. Nadie te obliga a entrar, pero si necesitas espiritualidad, consuelo, oración, la belleza de los techos pintados, ahí está, esperándote".
''Mis novelas son poemas, como todas las que me gustan. No creo en el realismo ni en las novelas realistas. Creo únicamente en la vida interior, aquella que hoy se ve violada a diario por un mundo cada vez más alienado y grotesco".
''Hay autores que representan su época y autores que tienden hacia lo atemporal y universal. Me considero entre estos últimos".
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