Del dato al megavatio: cómo la inteligencia artificial impacta la energía y la vida en nuestra región
La llegada masiva de esta revolución tecnológica plantea a la región un dilema fascinante, profundo y urgente que trasciende con creces los despachos corporativos y los centros de alta tecnología
Andrés Rebolledo -Secretario ejecutivo de OLACDE - Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía
Cada vez que consultamos a la inteligencia artificial, conversamos a través de redes digitales o utilizamos aplicaciones cotidianas, rara vez nos detenemos a reflexionar sobre su reverso más material y físico: la inteligencia artificial no existe en el abstracto, no opera sin datos, no funciona sin procesadores avanzados y, sobre todo, no puede sostenerse sin una cantidad monumental de energía. En América Latina y el Caribe, una región donde los desafíos históricos de acceso, calidad y asequibilidad en los servicios públicos aún forman parte del pulso diario de millones de ciudadanos, la llegada masiva de esta revolución tecnológica plantea un dilema fascinante, profundo y urgente que trasciende con creces los despachos corporativos y los centros de alta tecnología.
Mientras potencias globales como Estados Unidos y China avanzan a una velocidad digital e industrial vertiginosa, en nuestra región el debate sobre la instalación de centros de datos y la suficiencia de la capacidad eléctrica se desarrolla de forma muy fragmentada y desigual. No obstante, Uruguay apuesta ya por el desarrollo de un parque tecnológico de centros de datos de 500 megavatios, gracias al reciente acuerdo firmado con la española Solaria Energía y Medio Ambiente.
En muchos de nuestros países, las redes de transmisión y distribución ya experimentan limitaciones severas, y la demanda eléctrica crece a un ritmo muy superior al de la infraestructura disponible. Esto abre un interrogante existencial e ineludible para la ciudadanía, los reguladores y los gobiernos: ¿cómo equilibrar el legítimo anhelo de sumarnos a la vanguardia tecnológica del siglo XXI mientras resolvemos de manera definitiva los rezagos y problemas estructurales heredados del siglo pasado?
Los beneficios operativos que promete esta tecnología son, sin lugar a duda, innegables y extraordinarios. Aplicada con rigor y estrategia, la inteligencia artificial puede ayudar a las empresas del sector energético a reducir drásticamente las pérdidas no técnicas, optimizar la operación cotidiana de los sistemas, acelerar de forma notable los complejos trámites de permisos ambientales un auténtico cuello de botella en la región y generar un incremento tangible en la productividad de toda la economía. Sin embargo, la otra cara de la moneda revela una presión colosal sobre los sistemas eléctricos: una demanda de energía masiva y desordenada que, de no planificarse con absoluta precisión, amenaza con saturar las redes de transporte, disparar los costos marginales y encarecer las tarifas finales para el ciudadano común.
La demanda de energía por el despliegue de inteligencia artificial representará al menos, el 6% del total de demanda eléctrica en una década (2036), Y la electrificación asociada a estos consumos y otros llevará a que la electricidad pasará del 19% al 33% de la oferta energética total de la región en un par de décadas.
Para evitar que la inteligencia artificial se convierta en un nuevo factor de exclusión social y económica, resulta indispensable articular una planificación seria, coordinada y multisectorial. La experiencia comparada nos demuestra que no podemos permitir que la instalación descontrolada de grandes centros de datos compita por los recursos vitales de las comunidades o ponga en riesgo el suministro eléctrico de los hogares. De la misma manera en que iniciativas regionales impulsadas por organismos como OLACDE abogan por superar la fragmentación de nuestras "islas eléctricas" mediante una robusta interconexión física y regulatoria, la irrupción de la era digital nos exige una visión estratégica profundamente integrada y cooperativa.
Transformar el dato en megavatio y el megavatio en bienestar social real exige que la innovación tecnológica funcione como una auténtica palanca de desarrollo inclusivo para toda la sociedad, cerrando brechas históricas y protegiendo a los sectores más vulnerables. América Latina y el Caribe poseen una matriz energética privilegiada por su alto contenido renovable y un capital humano extraordinario; el verdadero éxito de esta transición dependerá de nuestra capacidad para gestionar estos recursos con visión de Estado, asegurando que la digitalización beneficie de manera directa el bolsillo de nuestras familias y garantice un futuro próspero, equitativo y verdaderamente sostenible