De Ñuble al mundo
Uno de los principales impulsores del actual GES repasa una vida marcada por la vocación social, el exilio y su ejercicio profesional en tres continentes. Aborda los desafíos de un país que envejece y asegura que hacerlo bien es un privilegio.
C on una infancia que considera privilegiada, Hernán Sandoval se crio entre El Carmen de Ñuble y Santiago junto con su hermana y sus dos hermanos. Su papá era abogado, agricultor y durante más de 20 años fue diputado por Ñuble, Chillán.
Por lo mismo, su escolarización llegaría cuando cumplió siete años. Antes, con la ayuda de su mamá, aprendió a leer en su casa apoyado con el Silabario Hispanoamericano, lo que le permitió entrar directo a segundo de preparatoria.
Lector desde niño, herencia de su padre -radical y masón- que sabía de memoria pasajes de "Don Quijote", desde que aprendió a leer no soltó más los libros, que terminaba a la luz de una vela. "En el campo no teníamos electricidad y el motor se apagaba a las 10 de la noche", se transporta.
De aquí que no fuera inesperado que, a los 15 años, quisiera estudiar Letras o Historia. Convencido por sus padres, sin embargo, optó por Medicina. "Tenía facilidad para las ciencias biológicas y pensé entonces que tal vez sería médico". Un camino, cuenta, que comenzó a trazar con la conversación que tuvo con un doctor amigo de su papá y que terminó de configurar en el Internado Nacional Barros Arana (INBA), aconsejado por su profesor de Biología, y la lectura de "La ciudadela", de A. J. Cronin, que relata la historia de un médico en una zona minera de Inglaterra.
Conciencia temprana
Desde niño le impactaron las brechas sociales: "Las diferencias entre ricos y pobres me chocaban. Jugaba fútbol con los hijos de los campesinos y ellos lo hacían con ojotas o a pie pelado". Al futuro médico le atrapó la idea de hacer algo por esto desde la medicina.
Partió estudiando la carrera en la Universidad de Concepción, a los 17 años, y en cuarto año se trasladó a Santiago, a la Universidad de Chile. En la capital había más campos clínicos y estaba su familia. En ellos, se enfrentaría cara a cara con el sufrimiento humano. "En ese tiempo, mucha gente se moría porque llegaba al hospital en malas condiciones. No podía permanecer indiferente, me conmovía". Para qué decir cuando le tocó pasar por pediatría.
Terminado su internado, pensó en partir como médico general de zona. Sin embargo, para ese entonces había advertido, en un consultorio de San Joaquín, que el ambiente de trabajo podía generar accidentes y enfermedades. "Ahí descubrí un campo en el que había muy pocos especialistas en Chile: la medicina del trabajo", relata.
En agosto de 1966, el futuro salubrista salió destinado a Ancud y también fue aceptado para especializarse en Francia. Optó por París y, para esos tiempos, por un camino inexplorado en Chile que le permitió adquirir conocimientos no solo clínicos, sino también socioeconómicos, legales y culturales que le abrieron un nuevo mundo.
Partió recién casado con Lucía Melo, profesora de francés, con quien en enero de este año celebró 60 años de matrimonio. Allá se formó como especialista en salud del trabajo: "Tuve prácticas en industrias grandes, entre ellas en la fábrica de Renault, y ahí descubrí que había un campo y una visión mucho mayor que la de ser solo un médico clínico".
De regreso en Chile, Sandoval creó la unidad de toxicología clínica en la Posta Central y trabajó en el Instituto de Higiene del Trabajo, donde también ejerció la docencia. En 1971, a los 31 años, asumió como director nacional de la sección de Medicina del Trabajo de la Dirección General de Salud. En ese cargo tuvo que ver desde las intoxicaciones de los trabajadores de las azufreras en el norte, a 4.000 metros de altura, hasta las de los buzos mariscadores, a 40 metros de profundidad, en la zona de Chiloé.
Tres días antes del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, Sandoval partió a París para participar en un curso donde expondría sobre la realidad chilena. Lo convenció una amiga, Beatriz, hija de Salvador Allende. Quedarse era delicado para uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Partió solo, sin su señora y los dos hijos que ya tenían: Matías había nacido en París, en 1968, y Manuela en Santiago, en 1971. Consumado el golpe, trató de volver, pero no pudo: "Me habrían detenido en el aeropuerto". Comenzaría así un exilio de 10 años alejado de Chile.
Su señora y sus hijos lograron viajar en noviembre de 1973 y para entonces Sandoval había conseguido la equivalencia de doctor en Medicina de la Universidad de París y trabajaba en un servicio de salud, contratado por un exprofesor.
Con una oferta para trabajar en un astillero en Marsella, como especialista en medicina del trabajo, se le presentaría un segundo dilema: ir allá o partir a África, propuesta que recibió de la OMS, en 1974.
"Elegí Guinea y el Congo. Lo conversamos mucho con Lucía y no fue una decisión fácil. Si nos hubiéramos quedado en Francia podríamos haber terminado viviendo para siempre allá; en cambio, en África era más difícil y estaríamos disponibles para volver a Chile". explica
En 1980, la vida continuó en México hasta 1983, cuando pudo regresar a Chile. "Nunca me sentí ciudadano del mundo", asegura, y agrega que el exilio lo marcó: "No pude estar con mis padres cuando envejecían".
En paralelo, la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) lo contrató como especialista en Medicina del Trabajo, donde estuvo casi 13 años. A comienzos de 1995 se fue a Codelco, hasta el año 2000, y desde ahí partió a integrar la Comisión de Reforma de la Salud.
Camino al AUGE
Después de vivir experiencias tan distintas en Europa, África y América del Norte, Sandoval estaba convencido de que nuestro país necesitaba garantizar derechos en salud. Su punto de inflexión fue a fines de los 90 cuando estaba en el campo de sus padres y le pidieron que fuera a ver a una campesina. "Tenía un tumor palpable en una mama y era evidente que era cáncer. Incluso la zona estaba ulcerada. Eso me horrorizó", rememora.
A partir de esa vivencia, se formó la certeza de que se debían establecer garantías en salud para que los pacientes tuvieran acceso a los cuidados que necesitaban, independiente de la elección de los médicos. "Era un tema de poder. Los pobres no lo tenían y estaban indefensos", afirma Sandoval. Cree que por eso fue tan resistido el plan AUGE: "El sistema de salud se sintió amenazado".
Inspirado en un sistema de garantías de salud que existía en Oregón (Estados Unidos) y Suecia, Sandoval lo amplió desde una visión de apoyo financiero a una de acompañamiento desde los factores de riesgo hasta los cuidados paliativos. Lo anterior, con un requisito que fue clave: que las 56 garantías de salud que se establecieron -entre ellas, cáncer de mama, diabetes, hipertensión, y problemas osteomusculares como el lumbago- fueran para todos y no solo para los afiliados a Fonasa, como planteaban algunas voces del oficialismo de la época.
Luego de 60 asambleas ciudadanas y una encuesta presencial de 5.700 hogares chilenos -de Arica a Punta Arenas-, 40 focus groups y entrevistas a cerca de 50 actores claves del área, entre académicos, dirigentes gremiales y políticos, "el resultado fue un apoyo del 93% de la ciudadanía", dice Sandoval con orgullo.
Con este respaldo, en septiembre del año 2000, le planteó su propuesta al presidente Ricardo Lagos, exvecino y amigo, quien se convenció de que había que hacerlo. "De lo contrario, este plan habría terminado en el cementerio de las buenas ideas, que debe ser muy grande", piensa.
La venía trabajando dese 1991 y, pese a que en un comienzo Lagos la consideró casi como una utopía, Sandoval lo convenció apelando a los 75 años de historia de seguridad social en Chile y al apoyo de un gran aliado: el doctor Hernán Durán, suegro del exmandatario.
-¿Qué le parece hoy el GES? ¿Va bien encaminado?
"La elección de las patologías que incluimos en el AUGE la hicimos de acuerdo a criterios epidemiológicos claros, verificables y de mayor impacto en la salud de la población. A partir de eso se podían ir agregando otras patologías, considerando también el grado de discapacidad y la muerte prematura que producen, y creo que así se ha hecho".
-Si tuviera la posibilidad de impulsar una nueva gran reforma sanitaria en Chile, ¿qué priorizaría?
"Fortalecería la atención primaria de salud para que sea de calidad, resolutiva y esté al alcance territorial de toda la gente. Pero para eso se necesitan recursos. Los países que tienen una buena atención primaria, destinan por lo menos su 40% del gasto a ella. Nuestro gasto llega a menos del 25%".
Un Chile que envejece
Hoy, cuando casi uno de cada cinco habitantes en Chile tiene 60 años o más, y las personas mayores ya superan en número a los menores de 15 años, ¿está nuestro sistema de salud preparado para un país que envejece tan rápidamente?
"Está mal preparado", responde Sandoval tajante. Y profundiza: "El horario y funcionamiento de los consultorios se concibieron en los años 60 en torno a la salud materno-infantil, pero hoy los niños son cada día más escasos frente a las enfermedades de los adultos, que son más abundantes. Hay que ampliar los horarios para acoger a la población trabajadora".
-Después de una vida dedicada a la salud pública, ¿qué significa para usted envejecer bien?
"Subir a pie los seis pisos a mi departamento y acordarme de las fechas de los cumpleaños de mis siete nietos (tres hombres y cuatro mujeres), ríe. No todo el mundo tiene la posibilidad de envejecer en forma saludable, porque carga con una mochila de sus antecedentes de vida. El envejecimiento saludable es un privilegio".
-¿Qué siente que ha ganado con los años?
"Sobre todo, capacidad de escuchar. La escucha activa, fijarse en lo que dice el interlocutor, es muy importante para generar una real empatía. Segundo, no ser impulsivo en las respuestas y no sentirse agredido por una crítica".
-Ha dedicado buena parte de su vida a pensar cómo vivimos, enfermamos y envejecemos. ¿De qué se siente más orgulloso?
"Cuando termino un proyecto siempre lo hago pensando en el próximo. No me quedo pegado. Los proyectos son como los hijos. Uno los ve nacer, los cría y cuando caminan solos, lo único que uno puede hacer es acompañarlos y quererlos desde lejos".
-Como el AUGE.
"Claro. No siento que mi vida haya sido eso, aunque es impresionante que una política pública haya permitido que más de 13 millones de personas hayan solicitado las garantías de salud".