El Nobel que se llamó "inútil"
Hace pocas semanas fui al Instituto Leloir a conversar con un grupo de investigadores sobre la creación de una nueva compañía de base científica
Hace pocas semanas fui al Instituto Leloir a conversar con un grupo de investigadores sobre la creación de una nueva compañía de base científica. Antes de la reunión me paré frente a una vitrina. Adentro hay una página de un cuaderno de laboratorio de Luis Federico Leloir. Arriba, con letra firme, dice: "Índice de fracasos".
Debajo, numerados uno por uno, aparecen los experimentos que no salieron. Son cincuenta y nueve. Purificaciones, ensayos, hidrólisis, búsquedas que no llevaron a ningún lado. En la página de al lado, en mayúsculas, Leloir escribió: "FUI UN FRACASAU". Y en una nota pegada abajo se lee: "Soy un completo inútil. Debería jubilarme como profesor de investigaciones".
Quien escribe eso ganaría el Premio Nobel de Química en 1970.
Lo que más me llamó la atención no fue la autocrítica, sino lo que hay en la misma hoja. Entre los fracasos, el propio Leloir, que solía ilustrar sus cuadernos con dibujos así, dibujó una cigüeña que trae un bebé en una canasta, con un cartel que dice "Nació un nenito - Octubre 2". El bebé es un compuesto nuevo que acababa de aparecer en un cromatograma. En el mismo papel conviven el "soy un inútil" y el "nació un nenito". Esa página resume mejor que cualquier manual cómo funciona la ciencia.
Las certezas se construyen con dudas
En su novela El laberinto de los espíritus, Carlos Ruiz Zafón pone en boca de un personaje director de la biblioteca, una frase que podría estar colgada en cualquier laboratorio: "Las certezas reconfortan, pero solo se aprende dudando".
La ciencia es, en esencia, una máquina de dudar con método. Cada hipótesis rechazada no es tiempo perdido: es un camino que ya nadie tendrá que volver a recorrer. Cada experimento fallido achica el espacio donde se esconde la respuesta. Las certezas que hoy damos por sentadas se apoyan sobre una montaña de intentos que no funcionaron y que casi nunca vemos.
La historia de la ciencia argentina está llena de ejemplos.
Bernardo Houssay fue dejado cesante en la Universidad de Buenos Aires en 1943. Lejos de abandonar, siguió investigando en un instituto privado con recursos mínimos. Cuatro años después recibió el Premio Nobel de Medicina, el primero de un científico latinoamericano en ciencias.
El propio Leloir trabajó durante décadas en condiciones precarias. El instituto que dirigía nació en 1947 gracias al aporte de un industrial textil, Jaime Campomar. Cuando Campomar murió, en 1957, el laboratorio quedó sin fondos y sobrevivió gracias a un subsidio de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos. Cuando se anunció su Nobel, buena parte del país se preguntó quién era Leloir.
René Favaloro tuvo que irse a la Cleveland Clinic para desarrollar la técnica de bypass coronario que hoy salva millones de vidas. Detrás de ese avance hubo años de cirugías, ajustes y resultados que no fueron los esperados. Ninguna técnica quirúrgica nace perfecta. Por eso Favaloro sigue siendo un ejemplo para la comunidad científica y para todos los argentinos.
Y Jorge Crisci, uno de nuestros grandes biólogos evolutivos, sigue activo enseñando algo que parece simple pero es revolucionario: que el pensamiento científico consiste en hacerse buenas preguntas y aceptar que las respuestas son siempre provisorias.
Mi propio índice de fracasos
Yo también tengo una página así. Entre otros emprendimientos fundé una startup llamada Green Genetics. La ciencia era buena. Lo que no supimos construir fue un modelo de negocio apropiado. Cuando llegó la pandemia, esa debilidad se volvió fatal y terminamos cerrando la empresa.
Durante un tiempo lo viví como lo escribió Leloir: un fracaso. Hoy lo veo muy distinto. Ese cierre me enseñó la lección que hoy comparto con cada equipo científico que acompaño: tener buena ciencia es condición necesaria, pero no suficiente. Entre el laboratorio y el mercado hay un camino que también requiere método, hipótesis y experimentos. Y que también está lleno de fracasos.
Lo que el ecosistema biotech necesita aprender
Hace pocas días participé como embajador de Crossing Over LATAM BioExpo 2026, que durante tres días reunió en el Centro de Convenciones de Buenos Aires cerca de 3400 científicos, estudiantes, startups, inversores, empresas y organismos públicos de la región. Fue la primera edición. Y fue una señal de que América Latina puede generar su propio punto de encuentro entre ciencia-tecnología y capital, sin esperar a que ocurra en Boston, Silicon Valley o en Basilea.
En los pasillos se habló mucho de, biotecnología, inteligencia artificial, biomanufactura y sustentabilidad. Pero la conversación que más me importa es otra: cómo construimos una cultura que entienda que fracasar es parte del proceso.
Esto tiene consecuencias muy concretas:
Para los emprendedores: cada pivot, cada hipótesis comercial descartada, es información muy valiosa. El error no está en fallar. Está en no registrar por qué fallamos, como hacía Leloir en su índice.
Para los inversores: invertir en biotech es invertir en ciclos largos y en incertidumbre real. Pedirle a una startup científica que no fracase nunca es pedirle que no investigue. Lo que conviene evaluar es cómo aprende un equipo de sus errores.
Para la comunidad: cada vez que celebramos un logro científico, conviene recordar el cuaderno que hay detrás. Sin financiamiento sostenido para hacer experimentos que pueden salir mal, no hay experimentos que salgan bien.
Argentina tiene una tradición científica que pocos países de la región pueden mostrar. Lo que todavía nos falta es transformar ese conocimiento en nuevas compañías y en nuevas categorías competitivas a escala global. Para lograrlo, necesitamos el mismo temple que tuvo Leloir: anotar cada fracaso, reírse un poco de uno mismo, y volver a la mesada, al plan de negocios, o al campo al día siguiente.
Porque las certezas reconfortan. Pero los "nenitos", los logros de verdad, nacen de la duda.