Martes de medio mandato
En ambas reacciones chilensis hay wishful thinking y una noción lineal de la historia.
La pregunta no es quién ganó en Estados Unidos el martes, sino cómo leerán su derrota los derrotados y su victoria los vencedores.
Los republicanos sufrieron una derrota histórica, la quinta desde 1945 en que un partido pierde ambas cámaras a mitad del mandato. Trump, su gran responsable, alega que no era candidato y concede algún peso a la guerra con Irán, que él mismo desató. Calla el costo de la vida, la violencia de ICE y el enriquecimiento de su entorno. Sin asumirlos, la recomposición republicana quedará atrapada en la lógica del fracaso.
La culpa es también del partido. Se transmutó en movimiento MAGA y se entregó, maniatado y mudo, a la conducción caótica de Trump y su círculo. Su estrecha mayoría cedió al Ejecutivo amplias atribuciones legislativas, y lo mismo ocurrió con su facultad de declarar la guerra.
Los demócratas leen su triunfo como el punto de inflexión de una deriva iliberal, de rasgos autoritarios y aliada con la oligarquía de la inteligencia artificial. Celebran el renacer de un partido más sintonizado con la gente y más diverso, que recuperó votantes jóvenes y latinos, y algo del voto afroamericano.
Pero la imagen del partido sigue en terreno negativo, según la encuesta de salida de NBC, y sus críticos ven en esa diversidad un triple riesgo: el "wokismo", la tentación de extremarse hasta perder su centro de gravedad y la dificultad para concordar sobre Israel, aranceles, impuestos o poderes presidenciales.
En Chile, gruesamente, ambas lecturas se reproducen enfrentadas. El oficialismo, adherido al Escudo de las Américas, lamenta la polarización y culpa al personalismo zigzagueante de Trump, con un ojo puesto en sus propias tensiones. La oposición celebra un despertar socialdemócrata que, sumado a la reelección de Lula, anunciaría el comienzo del fin de las derechas duras y augura la erosión del Escudo.
En ambas reacciones chilensis hay wishful thinking y una noción lineal de la historia. Tres de los cuatro presidentes que antes perdieron ambas cámaras retuvieron la Casa Blanca dos años después. La disputa por gobernar la transición digital seguirá más allá de la sombra evanescente de Trump, dueño por ahora de un veto que él juzga total. Habrá que ver qué será de la doctrina Donroe y del Escudo.
Nuestra oposición sueña con un martes así, en un país sin elecciones parlamentarias de medio término desde 2005. Allá como acá les falta una visión de desarrollo para el siglo XXI: un programa económico, una apuesta ambiental, una propuesta seria de democracia digital y un nuevo alineamiento internacional.
Ese día dejó promesas y desafíos a derrotados y vencedores. Pero nada termina ni comienza un martes.