Domingo, 08 de Noviembre de 2026

El día que un papa fue a Casavalle: León XIV cedió protagonismo a los "olvidados" y dejó algunos rezongos

UruguayEl País, Uruguay 8 de noviembre de 2026

"No podemos pasar de largo cuando sabemos que hay niños en Uruguay que no van a la escuela por miedo a no volver", dijo el pontífice.

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Katherine Silva no sabía si lo que estaba por hacer rompía el protocolo, pero igual no dudó. "Santo Padre, ¿le puedo dar un abrazo?", le dijo al papa León XIV mientras le estrechaba su mano en medio de una ovación de la multitud todavía conmocionada por la historia de superación de esa joven de saco rosa y cara tatuada con la virgen Nuestra Señora de Guadalupe.

León, sonriente, asintió. Y entonces los dos brazos de Silva se colgaron de los hombros del primer papa en la historia en visitar Casavalle, símbolo de la pobreza y la violencia en Montevideo. "En 29 años de vida, es la primera vez que abrazo a un padre", dirá Silva unos minutos después a El País.

En su ansiada visita a la periferia montevideana, León XIV cedió el protagonismo a los hombres y mujeres que han hecho sus vidas en algunos de los barrios más marginados del país -y que encontraron en la Iglesia Católica un camino de salvación-, a la vez que llamó a luchar contra la indiferencia y el abandono a los más necesitados.

Bendición esperada



Desde muy temprano se notaba que no era un día más en Casavalle. Nahuel, de 17 años, llegó con sus amigos del movimiento Tacurú, motivado por el hecho de que los ojos del mundo se detuvieran por un rato en su barrio, ese que suele estar en las noticias por "cosas malas" y que ahora podía brindar "un mensaje de paz".





El barrio, con una fuerte presencia policial, se dejó vestir con el amarillo y blanco de las banderas vaticanas que repartían los voluntarios, y los cánticos que, con el paso de las horas, empezaron a clamar por el papa. Uno de los moderadores sugirió un cántico ("León, amigo, el Borro está contigo") que pronto corrigió por otro más abarcativo ("León, amigo, el barrio está contigo).
Marta, de 65 años y toda una vida en el barrio, le tocó una posición privilegiada, con su casa justo en la esquina en la que se montó el gran escenario frente a la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Cuando le consultan si es creyente, responde que "más o menos", pero junto a la organización aceptó que se colgara del alambrado de púa que rodea a su vivienda varias banderas para recibir a León XIV. "Es un evento histórico y genera curiosidad", dijo a El País. "Es el primer papa que viene a este barrio. ¡Algunos otros estarán celosos!", bromeó.




Claudia, de 53, sí que esperaba este día con fervor religioso. Desde muy temprano se ubicó contra la valla a partir de la cual solo podían estar los invitados de honor, a unos 20 metros del escenario, y contó que la visita papal traía una dosis de "felicidad, paz y unidad" para "barrios que han sido muy discriminados".




Con una remera con la figura de la Virgen de Guadalupe, y una medallita traída de México hace 78 años y llegada a sus manos gracias a una amiga, la mujer -miembro de la parroquia barrial liderada por el padre Pablo Coimbra-, la mujer hizo suyas las palabras que varios repetían en los últimos días: que no esperaban de León XIV ninguna "salvación", pero sí que los bendijera: "¡Es mucho más importante!".




Claudia fue de las que escuchó con lágrimas a mares el discurso del papa, que llegó a Casavalle poco antes de las cinco de la tarde, y comenzó su visita con un breve recorrido a pie acompañado del arzobispo de Montevideo, cardenal Daniel Sturla, hasta el complejo de viviendas "Familias de Guadalupe", construidas con el apoyo de la parroquia conducida por el padre Coimbra, que cumplía años ayer. "Felicidades. He venido para su cumpleaños", bromeó el papa al saludarlo.

Tras un discurso improvisado en el que bendijo a las familias residentes del complejo de viviendas, León XIV se dirigió en auto hacia el escenario montado frente a la parroquia, donde lo esperaba una multitud de más de 10 mil personas, entre ellos algunos que se subieron al techo de sus ranchos para verlo en el escenario y niños que treparon a los árboles para tener una mejor visión.




"Niños con miedo"


"Me siento como en casa, recordando las visitas a distintas comunidades como misionero", dijo el papa al comenzar su discurso. Minutos antes, todavía sentado, se lo había visto acompañar con entusiasmo las canciones del coro en español.

León citó la parábola del buen samaritano, que cuenta de un hombre que "cayó en manos de unos bandidos que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron". "A la terrible agresión que recibió el hombre se le sumó el dolor causado por la indiferencia de aquellos que, aun viéndolo necesitado, pasaron de largo", narró el Santo Padre. "Pero la historia no termina allí; en el relato se enciende una luz de esperanza: al verlo, un samaritano se conmovió, se acercó, curó sus heridas, lo condujo a un albergue y ofreció los medios necesarios para su cuidado y recuperación".



El papa dijo que "esta historia la podemos ver muchas veces replicada también hoy en los numerosos casos de inseguridad y de violencia que lamentablemente amenazan la paz de nuestros barrios, e incluso la vida de nuestros seres queridos, y a los que tantas veces la sociedad responde con la indiferencia".

Pero resaltó que "al mismo tiempo podemos ver la otra cara; la acción de numerosas instituciones y personas de buen corazón que contribuyen a fomentar la paz y que ayudan a las personas a hacer frente a sus necesidades de manera concreta".
Fue entonces que vino su alusión más directa a la cruda realidad que se vive en muchos barrios uruguayos. "No podemos pasar de largo cuando sabemos que hay niños en Uruguay que no van a la escuela por miedo a no volver. No podemos acallar nuestra conciencia cuando constatamos que una madre no tiene los medios para alimentar a sus hijos. No podemos ignorar que en nuestro entorno hay mucha gente que sufre, que está sola y es vulnerable", reclamó León.

"Un hijo de este país, tan rico en recursos, no debería irse a dormir sin comer, ni debería renunciar a recibir una educación y un futuro dignos debido a la inseguridad que reina en las calles. Mucho menos debería sufrir violencia hasta el extremo de llegar a perder la vida", agregó.



Testimonios


Al momento de su discurso, León XIV tenía otros ejemplos más cercanos que el de la vieja parábola del buen samaritano para ilustrar su mensaje.

Su palabra fue antecedida por tres testimonios de vecinos de Casavalle y el Marconi que contaron historias de superación y trabajo social vinculado a la iglesia. Katherine Silva, del Marconi, contó que debió hacerse cargo de su madre no vidente "con tan solo ocho años" y que vivió varias situaciones de "violencia y abuso". "Pasé por momentos oscuros y tomé decisiones que me hicieron daño", dijo Silva, que recibió gritos de aliento del público.



"Durante mucho tiempo viví llena de ira, miedo y tristeza. Enojada con todos, conmigo misma y con Dios. No podía quererme ni querer a mi hija. Incluso pensé en dejarla. Pero hoy sé que Dios me detuvo. Conocí a la Iglesia a través del Movimiento Tacurú... me acerqué buscando un trabajo y me encontré una familia", afirmó.

"Llegué rota; con paciencia y amor me ayudaron a pegarme pedacito a pedacito. Hoy puedo abrazar a mi hija, jugar con ella y sentirme madre. Sigo en la lucha, pero tengo en mi corazón paz y tranquilidad".




Alan Bertaco, de 32 años y exalumno del liceo Jubilar, narró la historia de su hijo Bruno, que nació a las 30 semanas y tuvo complicaciones de salud. "Una tarde los médicos nos dijeron que ya no había nada para hacer; solo acompañarlo y esperar. Le pedí a Dios solo una cosa: que se haga su voluntad", dijo Bertaco, e hizo un silencio.

"Hoy, Santo Padre, quiero presentarle a Bruno", dijo tras unos segundos, para ovación del papa, Sturla y la multitud, que vio al pequeño, de chupete azul, subido en brazos de su madre. "Uno no puede quedarse con lo recibido", dijo el joven, que contó que fundó un club deportivo junto a otros exalumnos, para generar "oportunidades desde el deporte".




La jornada también contó con el testimonio de Angélica Ferreira, de 77 y referente del barrio Plácido Ellauri, quien contó acerca de su vínculo cercano con el padre Cacho, el sacerdote que eligió vivir en la cuenca de Casavalle y compartir la vida con las familias más pobres y los clasificadores de residuos. Ferreira habló de la entrega del padre Cacho y pidió al papa que lo reconozca como Santo de las Periferias y Faro de Esperanza para los Descartados.

León XIV dijo en su discurso que la vida del Padre Cacho constituye un "luminoso ejemplo" de "la cercanía caritativa del buen samaritano", ya que "supo tender puentes, derribar muros y generar encuentro".





De la misma forma, destacó las "conmovedoras palabras" de Katherine Silva como un llamado a no "ignorar que en nuestro entorno hay mucha gente que sufre, que está sola y es vulnerable". Sobre el testimonio de Alan Bertaco, el papa sostuvo que demuestra la necesidad de "trabajar unidos: la Iglesia, la comunidad civil y el Estado". "Necesitamos despertar de nuestras inercias y abogar por el bien común. En nosotros está la decisión de construir una nueva ciudad, en la que nadie sea excluido, o de seguir cómodamente sumido cada uno en sus propios asuntos", dijo León XIV.

El cierre de su discurso fue seguido por una oración y luego el canto del coro, que ya con el papa retirándose del barrio, se detuvo durante varios minutos en una frase que resonó como un mantra durante toda la jornada: Ey, que haces nuevas todas las cosas.


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