Domingo, 16 de Junio de 2019

El cuento del salvaje

Puerto RicoEl Nuevo Dia, Puerto Rico 15 de junio de 2019

No es poca la gente que respira aliviada, y duerme después en paz, cuando oye de noticias como las que publicó este diario ayer: el FBI anunció que ha traído a Puerto Rico contables forenses para investigar transacciones financieras dudosas hechas por políticos boricuas

No es poca la gente que respira aliviada, y duerme después en paz, cuando oye de noticias como las que publicó este diario ayer: el FBI anunció que ha traído a Puerto Rico contables forenses para investigar transacciones financieras dudosas hechas por políticos boricuas.
Es una noticia que se amolda como un guante en una mano a dos componentes harto importantes de la psiquis colectiva puertorriqueña: primero, la certeza de que hay más corrupción en la clase política de la que hemos tenido la valentía de detectar y, segundo, la creencia de que necesitamos que desde afuera nos protejan de nosotros mismos, de lo cual aquí somos, dice la leyenda, incapaces.
Lo primero (hay más corrupción de la que hemos podido detectar) no debe haber nadie en Puerto Rico que no crea que es cierto. Nos agobia la certeza de que los crímenes de corrupción que de vez en cuando se detectan apenas rasgan la superficie, bajo la cual el nivel de abyección y de fetidez es tal que ni imaginarlo podemos. Damos por cierto, ya casi con resignación, que por cada corrupto que cae, hay diez, veinte, cien, quién sabe cuántos más, moviéndose a ras del suelo, como serpientes, metiéndole sus dientes venenosos a lo que queda de los recursos del pueblo de Puerto Rico.
Son esas certezas, más la timidez, cuando no la incompetencia o hasta a veces la complicidad, que se nota en las instituciones puertorriqueñas de ley y orden, las que hacen que la inmensa mayoría de los boricuas crean que necesitan unos ojos de afuera velando que no nos comamos los unos a los otros por el rabo, como salvajes.
Algunos leyendo ya van diciéndose a sí mismos "es verdad, somos unos salvajes". Otros, sabemos que todo este fenómeno responde a una dinámica milenaria diseñada para justificar que unos pueblos dominen a otros con el argumento de que ciertas gentes carecen de la capacidad para manejar sus propios asuntos y necesitan de otras gentes, pretendidamente superiores, que les guíen navegando por los mares picados de la historia.
Esa es precisamente la historia del coloniaje desde que el mundo es mundo: hay pueblos, se machaca, que necesitan de la "protección" y la "guía" de otros pueblos superiores, para poder sobrevivir.
En su indispensable libro sobre este tema, "Los condenados de la tierra", el escritor Franz Fannon, nacido cuando la vecina isla de Martinica era una colonia francesa (hoy es un departamento, lo cual equivale a un estado en el sistema francés), dice: "La sociedad colonizada no es representada meramente como una sociedad sin valores. El colonizador no se contenta solamente con afirmar que el mundo colonizado perdió sus valores o peor, que nunca los tuvo. Al nativo se le declara inmune a la ética, representativo no solo de la ausencia de valores, sino de la negación misma de los valores. Es, nos atrevemos a decir, el enemigo de los valores. En otras palabras, el mal absoluto".
Desde que el mundo es mundo, también, ha habido "nativos" que se prestan con suma gracia a jugar el rol del salvaje del que necesita el engranaje colonial para poder subsistir.
En el caso de Puerto Rico, ese rol lo juega, entre otros, la clase política que ha dejado que las instituciones de ley y orden se deterioren de tal manera que no sirven para prácticamente nada importante.
¿Cómo se deterioraron? Pues, porque, en términos generales, se las encargan a cuadros políticos cuyo interés es más el partido al que le deben todo, que la ley y el orden, a la que no deben demasiado.
Secretarios, jueces, fiscales, casi siempre (no siempre, lean con cuidado) son escogidos no por su capacidad, sino por su lealtad al partido o sus conexiones. Se han documentado casos de fiscales mirando para el otro lado cuando un político, o alguien bien conectado en la política, se mete en algún problemita.
Se cuelan buenos de vez en cuando, pero incluso esos, una vez se cuelan, a menudo tienen que estar velando bien por dónde pisan porque en algún momento les tocará la renominación. Esa renominación va a depender en gran medida de que no le hayan pisado callos a Juan o a Pedro político o a alguien bien conectado con Juan o Pedro. Hemos visto a más de uno muy bueno salir porque en algún momento se apegó a la ley y le dio fuete a algún político o su amigo que se hubiese portado mal.
En Puerto Rico, hace tiempo la corrupción se sofisticó.
Pero al Departamento de Justicia no le han dado nunca los recursos para adiestrar fiscales, por ejemplo, en crímenes financieros.
La secretaria Wanda Vázquez se congratula en público cuando coge a un tipo que le averiguó el número secreto de una ATH a un viejito y le robó todo lo que pudo, cosa muy mala, por supuesto, que debe ser procesada con toda la fuerza de la ley. Pero se sabe incapaz de procesar, por ejemplo, siquiera a uno de los que causaron la bancarrota de Puerto Rico, crimen muchísimo más serio.
Todo esto, al final del día, tiene la terrible consecuencia de que ni los que trabajan en el sistema creen en él, mucho menos la población. Por eso, pocos, por no decir ninguno, creen en las instituciones, ni en autoridad alguna.
Por cosas así es que cada cual actúa como le place. Por eso a veces parecemos, en efecto, salvajes.
Esta manera de hacer las cosas le sirve un doble propósito a la clase política: por un lado, le permite robar en paz, siempre que se sea discreto (porque si sale en la prensa, no se le puede dejar seguir) y, por el otro, cuando hay tumultos, pues sale el de afuera a poner orden, lo cual sirve a la narrativa de los que plantean que Puerto Rico, sin vigilancia, no sobrevive y que tienen, como sabemos, el apoyo de, mínimo, el 90% de los votantes puertorriqueños.
El último caso de corrupción que está sonando por ahí, el de los empleados fantasmas, es un perfecto ejemplo de esto.
Estaba la fiesta en pleno vigor en la Oficina de Asuntos Intergubernamentales del Senado hasta que, primero, la periodista Valeria Collazo Cañizares lo descubrió. Después, el tema, con otros detalles, también salió en El Nuevo Día.
El Departamento de Justicia, enfrentado a investigaciones periodísticas que dejaban poco espacio a dudar de que algo muy feo pasaba en el Capitolio, empezó a investigar.
El presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz, arremetía en público contra la secretaria Vázquez, tratando de desviarla de la pesquisa.
La Oficina del Panel sobre el Fiscal Especial Independiente, que preside Nydia Cotto Vives, aliada de Rivera Schatz, le fabricó a Vázquez el caso de la supuesta intervención indebida en el caso del robo a su hija. La intención se veía de aquí a la estatua del gallo del Capitolio: trataron de tumbar a Vázquez para malograr la pesquisa de los empleados fantasmas.
Ahí el plan falló porque hubo una jueza -de los buenos que a veces se cuelan-, Yazdel Ramos Colón, que le vio las patas a la araña y desestimó el caso contra Vázquez.
Ya podemos apostar qué pasará si a Ramos Colón le toca la renominación con Rivera Schatz o un amigo suyo a cargo del proceso.
Wanda Vázquez, viendo que había gente dispuesta a todo para parar la pesquisa de los empleados fanstasmas, le pasó el expediente a los federales. El resto, en este caso literalmente es historia. Están los de afuera, otra vez, poniendo orden.
¿Quedó claro cómo es esto?