Miércoles, 27 de Mayo de 2020

Mascarillas para todos

ArgentinaLa Nación, Argentina 27 de mayo de 2020

La utilización de elementos protectores para evitar contagios debería ser recomendada y difundida por las autoridades gubernamentales

Infodemia es el nombre con el que se ha bautizado la sobrecarga de información falsa ante la cual hoy nos encontramos, particularmente en lo referido al coronavirus. Todos somos bombardeados sin tregua con noticias del más incierto origen -muchas veces sin haber sido mínimamente chequeadas por sus distintos emisores-, que equivocada y peligrosamente contribuimos a diseminar entre nuestros contactos. Desbordados, los ciudadanos comunes perdemos fácilmente la capacidad de distinguir lo importante de lo accesorio, lo verdadero de lo falso, lo que conviene tomar en cuenta y lo que debería dejarse pasar.
En primer lugar, habrá que tener en cuenta que estamos en presencia de un virus nuevo que plantea más dudas que certezas y una secuencia de recomendaciones que, consecuentemente, se modifican también con el correr de los días. Si bien la emergencia sanitaria por la pandemia se decretó a nivel mundial solo a fines de enero, se estima que la circulación del virus Covid-19 se inició bastante antes, en noviembre 2019.
La información sobre barbijos o mascarillas ocupa un lugar destacado en este cambiante contexto que no discute ya su eficacia, aun cuando no pueda ser medida. Actúan como barrera física que no evita en un ciento por ciento el contagio, pero que sí reduce sus probabilidades, como destacan serios profesionales.
Está claro también que no todas las mascarillas son iguales, ni en calidad ni en precio, y que aquellas identificadas como respiradores para partículas N95, fabricadas con un medio filtrante electrostático avanzado, brindan un sistema de retención del 95% de las partículas. Se trata de materiales no oleosos, iguales o mayores a 0,3 micrones, que solo se recomiendan, por diversas razones que exceden el alcance de esta columna, para uso profesional. No así aquellos llamados "quirúrgicos", cuyo sistema de tres capas de filtrado son los que se indican para la población en general.
Las recomendaciones iniciales emanadas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) contemplaron que las mascarillas fueran utilizadas exclusivamente por el enfermo con diagnóstico confirmado, cuando se desplaza, y por el personal de la salud para preservarse. Para el común de la gente, consideraron insistir con la importancia de extremar la higiene de manos y superficies lisas, como plásticos o metales, donde el virus puede sobrevivir por horas, así como estornudar o toser en el pliegue del codo, respetar una distancia física mínima de un metro y medio, que reduzca el peligro de contagio interpersonal, y ventilar frecuentemente los ambientes.
Sin embargo, conviene tener en cuenta la experiencia recogida por los países asiáticos, ciertamente más preparados que nosotros luego de haber enfrentado en un pasado reciente las epidemias del síndrome respiratorio agudo severo (SARS) y del síndrome respiratorio de Medio Oriente (MERS). En las miles de imágenes a las que todos hemos tenido acceso en estos días sobre lo acontecido en China, Taiwán, Corea o Japón a raíz del Covid-19, por ejemplo, se puede apreciar que la población se desplaza fuera de sus hogares, en todos los casos, utilizando barbijos. Las razones son varias. En primer lugar, porque ha quedado claramente en evidencia que cierto número de contagios son producidos por enfermos asintomáticos. Desde esa perspectiva, la utilización del barbijo o mascarilla cumple una doble función: en contacto con otras personas, reduce, por un lado, nuestro riesgo de exposición al virus y, por el otro, evita que los demás puedan ser contagiados por nosotros si eventualmente ya estamos infectados y aún no hemos presentado los característicos síntomas, que pueden demorarse hasta dos semanas antes de manifestarse. Dos caras del mismo asunto, el propio cuidado personal y la solidaridad, se funden a la hora de agotar las posibilidades de ralentizar la expansión del virus.
Urge mirar más allá de lo inmediato, sacando partido de la experiencia de quienes nos antecedieron en otros puntos del planeta y proyectando hacia adelante las medidas que razonablemente consideremos más seguras. Para ello, será menester manejarnos siempre con la verdad. Consultados médicos infectólogos, sanitaristas y neumonólogos, por las razones anteriormente expuestas, no resulta para nada conveniente seguir proclamando que la utilidad de los barbijos ha de ceñirse al uso de los enfermos confirmados o de la gente que trabaja en la salud, con el solo fin de que la población no agote las ya flacas existencias. En todo caso, advertidos sobre la importancia de su uso y dada su corta vida útil asociada a los fluidos y vapores que su contacto genera y que obligan a descartarlos apenas un par de horas después, será menester impulsar sin demoras su fabricación, poniendo para ello a disposición toda industria, microemprendimiento o actividad que pueda afectarse a esta producción, a fin de satisfacer una creciente demanda que responde a una necesidad tan vital como imperiosa. De hecho, por ejemplo, la Sastrería Militar se abocó a ello y lo mismo debería ocurrir con otras instalaciones capaces de hacerlo. Ayer se informó que la automotriz Ford fabricará en su planta de General Pacheco protectores faciales que serán donadas a profesionales de la salud.
En el peor de los casos, la población debe tener en claro que la fabricación casera de barbijos no garantizará igual protección, pero que siempre será mejor que nada. Abundan los tutoriales en la web mostrando cómo domésticamente se pueden superponer entramados de trozos de tejidos de algodón, por ejemplo, replicando el barbijo quirúrgico de tres capas, siendo una de ellas un papel de cocina o pañuelo de papel que habrá luego de descartarse, lo cual propone otra valiosa alternativa, con los cuidados en su disposición a la hora de quitárnoslos e higienizarlos para poder reutilizarlos.
También se han viralizado videos de impresoras 3D produciendo afanosamente máscaras de mayor tamaño a partir de placas radiográficas o envases transparentes de PET o mostrando cómo con una tijera cualquiera se puede abrir verticalmente una botella plástica en cada hogar con el mismo fin. En este caso, el protocolo sugiere incluir también el uso de un barbijo por debajo y no confiarse puesto que, si bien nos brindará algún grado de protección frente a las gotas que producen un estornudo o una tos ajena, reduciendo las posibilidades de tocarnos boca, ojos o nariz, el espacio abierto que este improvisado adminículo deja tanto en su parte inferior como lateral no evita el eventual ingreso del virus. La falsa seguridad es igualmente peligrosa si se descuidan las prácticas esenciales.
La mejor mascarilla será la que cada uno pueda proveerse para higienizar o descartar debidamente en este complicado escenario. Una vez más, el desafío es colectivo. En la República Checa llevó apenas tres días lograr que la gente pasara de burlarse de las contadas máscaras ajenas a comenzar a portar cada uno la propia. Ayudó a eso un valioso trabajo de viralización con influencers que subían fotos con sus máscaras a las redes y que forzó al gobierno checo a decretar la obligatoriedad de su uso para todos. Algo similar ocurrió en Mongolia, lindera con China, cuyo uso temprano de mascarillas redujo notablemente los casos.
Afortunadamente, las autoridades ya levantaron los aranceles para la importación de estos y otros productos médicos. Deberían además favorecer su fabricación a mayor escala, también con exenciones impositivas, como política pública, y considerar seriamente la exigencia de que quienes salgan a la calle porten indefectiblemente algún tipo de protección.
Ante la falta de suficientes kits de testeo y considerando la importancia de abandonar progresivamente la cuarentena para reactivar aquellas áreas de la economía cuya caída debemos tratar de evitar, la recomendación del uso de mascarillas a toda la población -mucho más a la hora de utilizar el transporte público, por ejemplo- y la difusión responsable de información seria sobre cómo obtenerlas y emplearlas a la hora de circular deberían ser encaradas en lo inmediato por las autoridades gubernamentales. No deja de tratarse de una cuestión de vida o muerte.