Del galeón y otros demonios
¿Qué diferencia hay entre una casa alta del centro histórico de Cartagena y el galeón San José? La pregunta parece un poco extraña pero, sin duda, podría ser pertinente a la luz de los debates recientes sobre las violencias coloniales y sus formas de reparación histórica
¿Qué diferencia hay entre una casa alta del centro histórico de Cartagena y el galeón San José? La pregunta parece un poco extraña pero, sin duda, podría ser pertinente a la luz de los debates recientes sobre las violencias coloniales y sus formas de reparación histórica. En efecto, el San José parece un objeto más apropiado que una casa del barrio San Diego, por ejemplo, para pensar en los dispositivos de sometimiento y esclavización que caracterizaron al periodo colonial. Sabemos que en sus bodegas el galeón transportaba, entre otros, metales preciosos provenientes de las minas de Potosí, es decir, materiales que fueron directamente producto del trabajo forzado de poblaciones indígenas y afrodescendientes. Ahí están las riquezas producto del despojo; sabemos de dónde vienen y cómo fueron explotadas y en ese sentido podemos entender con mayor claridad el sufrimiento y la sangre con las que están manchadas. Lo raro del asunto es que esas mismas preguntas y cuestionamientos acerca de las formas y repertorios de violencia colonial no se hagan también alrededor de otros objetos que como el galeón están inscritos en el campo de lo patrimonial; porque al final las casas coloniales del centro histórico de Cartagena, muy seguramente, se pudieron construir gracias a las riquezas que se generaron en la comercialización de esos mismos metales o de esos mismos seres esclavizados que ayudaron a extraerlos. Y en ese sentido cargan con el mismo sufrimiento y con la misma sangre del galeón. Y entonces uno no comprende por qué los centros coloniales de las ciudades siguen teniendo esa relevancia a la hora de pensar lo que debemos valorar y preservar de nuestros legados. Y aunque poco a poco los instrumentos de gestión del patrimonio han empezado a valorar tímidamente otras arquitecturas y otros patrimonios, seguimos anclados a la importancia de lo monumental-colonial sin siquiera hacernos una pregunta sobre lo que eso significa. En Colombia, la gran mayoría de los esfuerzos técnicos y financieros orientados al patrimonio material se han dirigido hacia la preservación de los centros históricos, en su gran mayoría de origen colonial. Todo pasa como si en esos lugares, absolutamente imprescindibles para comprender nuestra historia, no existieran testimonios de otras formas de habitar y además tuviéramos que pasar de agache sobre las dinámicas de conformación urbana del mundo colonial y las continuidades históricas de unas formas de ordenamiento territorial basadas, entre otras cosas, en la segregación y en la violencia. Porque tal vez ese es el punto: antes de abordar esa conversación un poco abstracta alrededor del galeón, sería tal vez más importante pensar en la continuidad de las violencias coloniales en el presente y en su relación con prácticas de ordenamiento territorial y concepciones tradicionales del patrimonio que se siguen movilizando desde la política pública sobre el tema. Para recordárnoslo, solo hay que pensar que el oficio de carpintero de ribera -ese saber de aquellos artesanos de Getsemaní que muy seguramente le hicieron mantenimiento al galeón San José en el puerto de Cartagena antes de partir a su último viaje a Portobelo- desapareció para siempre del barrio hace apenas unos diez años, producto de la expulsión de la gran mayoría de su población local como consecuencia del turismo y las políticas de patrimonialización. Está muy bien hablar de las violencias coloniales a propósito del San José, pero estaría mejor no olvidar que a unos kilómetros de donde yace ese galeón hay unas personas y unas comunidades que siguen padeciendo cotidianamente los estragos de esas violencias.
Las violencias coloniales
Patrick Morales Thomas
Aunque poco a poco los instrumentos de gestión del patrimonio han empezado a valorar otras arquitecturas y otros patrimonios, seguimos anclados a la importancia de lo monumental- colonial.