Naufragio en la Casa de Nariño
El barco zarpó hace más de dos años, prometiendo vientos de cambio y mares de transformación
El barco zarpó hace más de dos años, prometiendo vientos de cambio y mares de transformación. La marea había sido compleja, el barco trataba de mantenerse a flote a pesar de las dificultades. Pero en la noche oscura del 4 de febrero, frente a los ojos del país entero, quedó claro que navegaba sin rumbo. El consejo de ministros, anunciado como un ejercicio de transparencia e innovación, en vez de ser la muestra de la mejor gerencia pública nacional ejercida por altas dignidades ejecutivas, resultó ser la transmisión en vivo de un naufragio. No hubo orden ni estrategia, solo ministros enfrentados, una vicepresidencia que parecía una isla solitaria y un presidente que, en lugar de tomar el timón, se cruzó de brazos y dijo que él era un revolucionario, pero que su gobierno no. ¿Perdón? Por si no se ha dado cuenta, este es su gobierno, y fue él quien nombró a los ministros y es él quien los debe liderar. El problema no era solo la tormenta -porque todo gobierno enfrenta tempestades-, sino que nadie en la Casa de Nariño parecía saber cómo manejar el barco. No había mapas, ni bitácoras ni brújulas. No había un tablero de control con indicadores claros, ni prioridades definidas ni un capitán que pusiera orden entre la tripulación. Los ministros actuaban según su propio criterio, decían lo que querían sin medir las consecuencias, cada cual, con su propio remo, empujando en direcciones opuestas. No había un norte claro, o por lo menos quedó claro que el norte no es Colombia y mucho menos su gente y sus problemas. Desde la orilla, el país observaba con desconcierto. No había liderazgo ni toma de decisiones. En un ejercicio de transparencia no había información clara, lo mostraron la canciller, Laura Sarabia, y el director de Prosperidad Social, Gustavo Bolívar, cuando se trataron, cada uno a su modo, como mentirosos. En la era de las aplicaciones, no había cronogramas, plazos ni fechas de entrega, no se vieron indicadores ni tableros de control. Y mucho menos se tomaron decisiones priorizadas con base en un presupuesto. Sin distraernos en las formas, el problema de fondo es todo un desafío: la gerencia pública moderna no consiste solo en administrar, sino en gestionar con evidencia y con el ciudadano en el centro de las decisiones. Modelos como la Nueva Gestión Pública o el Gobierno Abierto han demostrado que, sin datos, sin evaluación y sin una ruta clara, no hay transformación posible. Los países que han logrado avances en eficiencia estatal y transparencia -como Estonia, Nueva Zelanda y Finlandia- han fortalecido sus sistemas de información, desarrollado tableros de control con métricas claras y establecido la rendición de cuentas como una práctica constante, no un espectáculo improvisado. Pero, sobre todo, la gerencia pública moderna propone un líder público capaz de ser eficiente, analítico, propositivo, empático, con habilidades para trabajar en equipo, perseguir el bienestar general y promover la sostenibilidad, independiente de su posición (presidencial, ministerial, directiva, asesora, técnica u operativa). Nada de eso estuvo presente en la Casa de Nariño. No se tomaron decisiones basadas en datos ni en el interés ciudadano, no se discutieron prioridades con una visión estratégica y, sobre todo, no se evidenció un compromiso real con la ciudadanía y ni con la eficiencia pública. Algunos plantean que fue planeado, pero ¿para qué? Para mostrar al país la falta de liderazgo, la indolencia y las divisiones de quienes deberían estar preocupados por atender nuestras necesidades. Tal vez pensaron que los colombianos somos muy torpes, como para no entender que aquello era todo un fracaso. La gerencia pública, el arte de navegar con estrategia y propósito, era lo único que no estaba a bordo aquella noche en el naufragio de la buena gobernanza que ocurría en la Casa de Nariño.
La noche oscura del 4 de febrero
Patricia Rincón Mazo
La gerencia pública, el arte de navegar con estrategia y propósito, era lo único que no estaba a bordo aquella noche en el naufragio de la buena gobernanza que ocurría en la Casa de Nariño.