Jueves, 26 de Marzo de 2026

OPINIÓN

PerúEl Comercio, Perú 2 de marzo de 2025

Elmer Schialer SalcedoMinistro de Relaciones Exteriores

En la historia de la humanidad y particularmente en la de los conflictos armados internacionales, la diplomacia siempre jugó un papel silencioso pero fundamental en la construcción de la paz. El mejor ejemplo de nuestra era: la paz alcanzada y construida al final de la Segunda Guerra Mundial, que permitió la creación de la ONU, y que podemos considerar como uno de los consensos más exitosos. En nuestra región, es del caso evocar la extraordinaria labor de la diplomacia peruana en medio de las graves tensiones generadas por el enfrentamiento militar entre el Perú y el Ecuador de 1995.





El esfuerzo de Torre Tagle con la cancillería ecuatoriana, con el crucial respaldo de Argentina, Brasil, Chile y los Estados Unidos, todas ellas naciones amigas y garantes del Protocolo de Río de Janeiro de 1942, sería el que abriría el camino hacia la paz definitiva con este país hermano en 1998. No solo se lograría zanjar una prolongada y dolorosa disputa limítrofe, sino que también se abriría el paso a un período de estrecha y ejemplar amistad e integración entre sus pueblos.





La diplomacia peruana desplegó desde el primer momento una acción dinámica y constructiva que permitió generar, mediante fórmulas innovadoras, y estrictamente dentro del marco jurídico del Protocolo de Río, las condiciones necesarias para reducir el despliegue militar en la zona del conflicto y lograr acuerdos de cese el fuego con miras a una solución definitiva y permanente al diferendo bilateral, sobre la base de lo establecido en el Protocolo.





El punto de inflexión de este desarrollo fue la firma de la Declaración de Paz de Itamaraty el 17 de febrero de 1995, mediante la cual se acordó ?separar inmediata y simultáneamente todas las tropas de los dos países comprometidas en los enfrentamientos, a fin de eliminar cualquier riesgo de reanudación de las hostilidades [?] e iniciar conversaciones para encontrar una solución a los ?impasses? subsistentes?, proceso que se llevaría a cabo bajo la supervisión de los países garantes. Los detalles de este despliegue serían establecidos pocos días después en la Declaración de Montevideo.





En esta oportunidad, quiero destacar y expresar nuestro más profundo reconocimiento al crucial papel desempeñado por los funcionarios diplomáticos, personal técnico, académicos e historiadores tanto del Perú como del Ecuador, como también a los integrantes de los equipos de apoyo de los países garantes, que hicieron posible alcanzar este logro histórico.





La paz es el valor supremo que permite el progreso de los pueblos. Este objetivo se logró con el Acta Presidencial de Brasilia de 1998, que culmina lo iniciado tres años antes con la Declaración de Itamaraty. Este proceso consagra la relación de estrecha amistad que existe ahora entre el Perú y el Ecuador.





Actualmente, nuestros países transitan hacia un futuro en el que predominan las coincidencias y la esperanza de alcanzar aún mayores niveles de acercamiento e integración. Estas prometedoras perspectivas van más allá de las relaciones formales entre los Estados, cuyo alto nivel se refleja en la realización de los Encuentros Presidenciales y Gabinetes Binacionales, pues abarcan también las relaciones comerciales y de inversión, la integración social y el valioso ámbito de los intercambios culturales, principalmente en las zonas de frontera, donde se observa un dinamismo cooperativo ejemplar.





Nuestros esfuerzos se dirigen también, de manera conjunta y coordinada, a enfrentar retos que traspasan nuestras fronteras como la contaminación ambiental y la delincuencia organizada transnacional.





Continuaremos promoviendo el fortalecimiento de nuestra relación en la construcción de un futuro de mutuo beneficio. Con esta perspectiva, desde la cancillería venimos trabajando en nuestra nutrida agenda binacional aprovechando cada encuentro, para renovar con entusiasmo nuestro compromiso con la paz y el desarrollo de ambos pueblos.





El Comercio no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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