Calor de hogar
La noche del martes pasado nos quedamos sin parafina y tía Waverly casi se quiebra del frío
La noche del martes pasado nos quedamos sin parafina y tía Waverly casi se quiebra del frío. Pensamos que se nos había quedado abierto o roto un ventanal (o que el perrito Braulio había hecho alguna travesura), pero no, simplemente estaba gélido. "Ay, mijito, tráeme otra frazada", espetaba, y yo vaya que llevándole una más a su pieza. "¿Y si se pone un gorro, querida tía? Le puedo prestar el mío chilote, ese de lana que tengo en el clóset". Pero se negaba, arguyendo que le iba a traer problemas con el moño y que su dignidad debía prevalecer a toda costa (argumento este que sinceramente no comprendí del todo). La cosa es que a eso de la una de la mañana dejó de tiritar, y su cama parecía una montaña de tanta frazada que tenía encima. Solo se le veía la nariz y parte de la frente. "Pobre tía", pensé, "tan vieja y flaca. Aunque su salud ha sido siempre de fierro".
Y parece que me leyó la mente, pues, de pronto y como desde debajo de la montaña esa, resonó una voz que decía enérgica: "!Cuando estaba vivo mi amado Coronel jamás tuve este tipo de problemas¡ !Ni en Worcester¡". Lo de su ciudad natal estuvo de más porque no es tan fría; quiero decir, los inviernos suelen ser más bien benignos (comparativamente con otras latitudes, se entiende). Pero ese detalle con el Coronel me puso un poco nervioso, mas por pudor preferí no inquirir nada.
Supuse luego que no se estaba refiriendo al funcionamiento de las estufas o chimeneas, sino al calor del amor. Y me fui a dormir algo triste.