La Fortaleza de los Caballeros
Un castillo como de cuentos, pero muy real, sobrevive desde el siglo XI en una región siria donde las guerras parecen nunca terminar completamente. En sus muros y pasadizos aún parecen resonar los metales de las armaduras de quienes protagonizaron las Cruzadas. Lo que no se ve, por ahora, son turistas. Texto y fotos: Guillermo García , desde Siria.
A l escritor y viajero estadounidense Paul Theroux lo vine a conocer más bien tardíamente. De él aprendí que todo viaje es circular y que, al fin y al cabo, un grand tour no es más que un regreso a casa. También, que todos los lugares, sin importar su ubicación ni su nombre, merecen una visita. Pero los menos transitados, allí donde la gente sigue viviendo del modo tradicional, son los más interesantes y coherentes.
Theroux detesta el turismo. Los turistas no saben dónde han estado; en cambio, los viajeros no sabemos adónde vamos, es una frase que repite a menudo. Otra, aparecida en su libro Tren fantasma a la Estrella de Oriente , dice: "En Mumbai, un turista habría ido a un templo o a un museo. Yo he estado en las chabolas". No puedo sino compartir a plenitud estos postulados que me identifican.
Pese a todo, el escritor tampoco se priva de adentrarse en las grandes mezquitas, en las pinacotecas y en las catedrales. E irrumpe con mirada afilada en ciudadelas y fortalezas.
Años atrás, montado en un tren asiático, mientras la lluvia golpeteaba con fuerza unas ventanas sucias y rayadas, leí en su libro Las columnas de Hércules (1995) la primera reseña sobre el Krak de los Caballeros (en francés, "Fortaleza de los Caballeros"; en árabe, Qala'at Al-Hosn), un castillo ubicado cerca de Homs , en Siria. Ahí lo describía como "el castillo de los castillos", y destacaba su arquitectura impresionante y el papel histórico que tuvo durante las Cruzadas. Se maravillaba Theroux ante su solidez y señalaba que era demasiado perfecto para ser real: "El Krak es el castillo soñado de las fantasías infantiles".
Es verdad, siempre tuve a Siria en mi lista de países a visitar. Y Theroux, para qué negarlo, no es el único culpable de que yo esté acá ahora. Damasco , su capital eterna, evoca fuertes sensaciones y me recuerda decenas de conversaciones con mi gran amigo Xavier Gómez. Él vivió aquí mientras su padre, el poeta surrealista Enrique Gómez Correa, servía como embajador de Chile a fines de la década del sesenta y comienzos de los setenta. Era otro mundo y otra Siria, la del Partido Baaz y de Háfez al-Ásad, el padre de Bashar, pero la pasión de Xavier narrando el viento del desierto sobre las ruinas de Palmira y regalándome una pequeña foto en blanco y negro de su padre frente a esos arcos y esas gloriosas columnas, que hoy agónicas se inclinan hacia el olvido, lo explican todo.
Xavier también me contó sobre Maaloula, un pueblo en las montañas de Qalamún donde aún se habla arameo (el idioma de Jesucristo), y me describió la citadela de Alepo, pero nunca, al menos que yo recuerde, mencionó el Krak.
Siria estaba desde entonces en mi mapa de sueños. Sin embargo, en la bitácora interna de destinos no figuraba ningún castillo medieval hasta que me crucé a Theroux.
El Krak de los Caballeros fue un destino turístico muy popular y en 2006 lo declararon Patrimonio de la Humanidad. Al revisar su historia me encontré con que T. E. Lawrence lo llamó "el castillo más hermoso del mundo", y que el francés Amin Maalouf llegó a considerarlo "una fortaleza que simboliza la obstinación de los cruzados y la resistencia de los árabes".
Construido inicialmente por el emir de Homs en el año 1031 y luego ampliado en el siglo XII, en su momento albergó una guarnición de dos mil soldados. Su ubicación estratégica le permitía controlar el único paso relevante entre Turquía y Beirut. Pudo resistir varios ataques, aunque en 1271 cayó en manos del famoso sultán mameluco Baibars.
Esta fortaleza de los cruzados se preservó excepcionalmente bien hasta entrada la segunda década del siglo XXI. El Krak de los Caballeros se mantenía en pie con una dignidad imponente, como testigo silencioso de siglos de historia. Su grandeza atraía a viajeros y admiradores de la arquitectura medieval, que recorrían sus murallas y pasadizos como si pudieran escuchar ahí los ecos de las Cruzadas. Dicen que en el sector del acceso era común ver varios buses atestados de japoneses con sus cámaras de fotos listas para disparar. Pero todo aquello cambió drásticamente con el estallido de la guerra civil en 2011.
La revolución contra el régimen de Al-Ásad comenzó en Homs, a solo cuarenta kilómetros del castillo. Eso hizo que el lugar se convirtiera en escenario de intensos combates. La Unesco, consciente de su valor incalculable, advirtió sobre el peligro que corrían sitios patrimoniales como este. Las advertencias no detuvieron la devastación: proyectiles de mortero y ráfagas de armas automáticas dejaron cicatrices en sus muros de piedra.
El Krak fue capturado por las tropas rebeldes de Al-Nusra, una antigua filial yihadista de Al-Qaeda, que lo reutilizó como su base militar. Por redes sociales se vio a un grupo de soldados -en una de sus plataformas- jugando fútbol con la cabeza decapitada de un rehén.
El ejército sirio respondió, por si el desastre fuera poco, con cohetes y bombardeos que dañaron la capilla y las torres, y derrumbaron columnas y escaleras.
Antaño inexpugnable, el castillo vino a ser asediado por la modernidad bélica más destructiva. Finalmente, el 20 de marzo de 2014, el ejército de Siria apoyado con helicópteros y tropas terrestres retomó su control, si bien a la guerra le quedaba aún tiempo para acabar.
El 8 de diciembre de 2024, a las 06:18 de la mañana, la cadena de noticias catarí Al Jazeera informaría que el presidente Bashar al-Ásad despegaba en silencio, dejando atrás el eco de su propio nombre, con rumbo a Moscú. Los trascendidos señalaban que un helicóptero militar lo había trasladado la noche anterior desde Damasco -junto a su esposa e hijos- a la base que los rusos tienen en Latakia.
Ese era el fin de la guerra -o de esta guerra-, hito que Al-Nusra y la gran mayoría de la población civil conmemora como el día de la liberación nacional, con poleras, tazas, pulseras y un sinfín de merchandising que lleva impresos los números 06:18 08-12-2024.
Dicen que ese día, a Bashar, las escaleras para llegar a la cabina lo abrumaron. El peso de un país hecho cenizas se pegó a su piel y luego, mientras el jet rompía la capa de nubes, pensó en la ciudad que lo había visto reinar y en los muros donde su rostro todavía miraba con la impasibilidad de los ídolos rotos.
Los motores a turbina de la aeronave resonaron sobre palacios de mármol astillados y ahora vacíos de poder. Su familia no lo vio despedirse de la patria. Tal vez, porque la historia nunca se despide, solo se repliega y aguarda.
Cuando pisó suelo ruso, el invierno debe haberle parecido a Bashar una profecía cumplida: todo blanco e inmóvil. Moscú lo recibió con su indiferencia gélida y los pasillos dorados de un Kremlin que no le pertenecía. No era su tierra, pero allí la sombra del exilio aún podía confundirse con la sombra del poder. Quizá miró el horizonte de cúpulas y neón, preguntándose si un hombre puede seguir siendo rey cuando su trono es solo un recuerdo. O recordó a los cruzados abandonando derrotados el Krak de los Caballeros hacía ya mucho tiempo. Frente a la nevada, cada copo de nieve puede haberle parecido los restos de su nación desvaneciéndose en el viento.
Siria ha sido cuna y objetivo de incontables civilizaciones: fenicios, persas, israelitas, griegos, romanos, cruzados, otomanos, franceses, en fin. Aquí, el tiempo no se mide en años, sino en imperios. Y gran parte de sus generaciones han visto, tristemente, cómo se enfrentan unos y otros en batallas feroces.
En Homs, acaso la ciudad que más sufrió durante la guerra reciente, almuerzo un shawarma de pollo bien marinado, que pido sin vegetales y con un pan pita. Luego, a eso de las dos de la tarde, me encamino en taxi hacia Tartús y Latakia. Me han dicho que la fortaleza está a solo una hora de viaje (o tres, si uno hiciera el trayecto desde Damasco). A medida que avanzo por la ruta asfaltada, el paisaje desértico se torna más verde, un verde antiguo, resquebrajado, como si hubiera soportado milenios de historia. Los aires marinos del Mediterráneo se sienten en sus tierras cultivadas, y da la impresión de que los siglos, en vez de sucederse, se entrelazaran aquí de forma caótica y arrolladora. Ningún letrero caminero indica el Krak, sino Al-Husn , que corresponde al nombre moderno del pueblo cristiano donde se ubica el castillo y que en árabe significa fortaleza.
Luego de varias curvas, con construcciones de dos o tres pisos a ambos lados y casi todas destruidas producto de los combates, llego a un amplio estacionamiento frente al acceso principal. Estoy en el Krak de los Caballeros, la fortaleza cruzada más célebre del mundo, y desde aquí puedo mirar -en trescientos sesenta grados- todos los valles.
La puerta metálica blanca está cerrada con un candado. No hay nadie. Sin que yo se lo solicite, el taxista camina por la ladera buscando a alguien. No sé qué conversan, pero entiendo que debo esperar. Aprovecho de recorrer los alrededores y tomar algunas fotos para esta crónica. Estudio el lugar y fantaseo con la idea de que soy un invasor. Media hora después aparece un hombre joven y delgado vistiendo blue jeans , zapatillas Nike, una chaqueta de cuero negra y un fusil de asalto AK-47.
-Soy Tambi -dice con amabilidad mientras me indica que lo siga a la puerta. Abre con una llave el candado y me invita a ingresar. En la oficina, escasamente iluminada, realizo mi registro. No sabe dónde queda Chile. Estados Unidos, me dice. En el libro observo que soy el segundo turista del día, ya que figura un nombre chino que estuvo acá por la mañana. Ayer, según veo, no apareció nadie.
-¿Cuántas personas extranjeras han venido este año? -pregunto.
-Yo creo que unas treinta o cuarenta. No sé. Desde que comenzó la guerra, los turistas ya no nos visitan -responde con resignación.
Una hoja impresa de computador, pegada con tela adhesiva en el vidrio, informa que la entrada cuesta para los extranjeros veinticinco mil libras sirias (dos dólares aproximadamente) y dos mil libras sirias para los locales. Guardo silencio, pero no dejo de pensar en la paradoja de que los sirios, para entrar en este castillo, deban pagar con el billete rosado de dos mil que lleva precisamente el rostro del dictador impreso en su cara principal.
Tambi me dice que suba con él. Nadie más vendrá hoy y no es necesario que él se quede en la oficina.
El castillo se compone de dos estructuras: una muralla exterior, con torres de piedra amarilla, y una muralla interior que resguarda la torre del homenaje. Entre ambas, un foso separa los muros. En días de gloria, este foso abastecía los baños y calmaba la sed de los caballos; hoy, su agua yace inmóvil, atrapada en el tiempo. Atravesar la entrada principal -una colosal puerta encajada en un muro de cinco metros de grosor- es dar un paso en la historia. Más allá de las torres defensivas, el sendero conduce a un patio desde el cual un pasillo, ricamente tallado, guía hacia un salón abovedado. Allí sobreviven un viejo horno, un pozo y algunas letrinas.
El castillo cobija una cárcel de dos niveles, una cocina del tamaño de una estación de bomberos, establos y un laberinto de pasadizos donde otrora los caballeros, enfundados en sus pesadas armaduras, se desplazaban en tiempos de asedio. En el patio yace la capilla, que tras la conquista de Baibars se transformó en mezquita. Tiene frases talladas en latín y otras en árabe. Le pregunto a Tambi qué significan y me contesta que algo así como "trata de ser una buena persona siempre".
Algo en este lugar despierta la imaginación. Tal vez sea el hecho de que, desde su construcción a mediados del siglo XII, acogió a unos dos mil caballeros y sus corceles. O quizás es porque, tras ciento veinte años de embestidas incesantes por parte de guerreros como Baibars, sus muros jamás cedieron. Al final, los caballeros negociaron su rendición a cambio de una retirada segura, cuando la era de las Cruzadas agonizaba.
Me paso buena parte de la tarde explorando esos pasadizos, admirando esas filigranas esculpidas en piedra y, más de una vez, imaginando que vierto aceite hirviendo sobre invasores invisibles, cuyos cascos de guerra casi puedo escuchar retumbando a las puertas de la fortaleza.
Miro a Tambi que se sienta a mi lado. Sé que espera que me retire pronto, para poder cerrar el portón metálico blanco con candado e irse por fin a su casa. Imagino el dolor que ha vivido y las sombras de los suyos que aún lo acompañan. Soy un afortunado: no he vivido una guerra y, además, estoy solo en una fortaleza sublime, con el viento azotando mi cara y sin los buses de turistas japoneses con sus cámaras de fotos. Pero ellos (para fortuna de esta bella tierra colmada de historia, donde la Unesco ha declarado seis sitios como Patrimonio de la Humanidad y donde yacen los restos de Juan el Bautista) ya estarán de vuelta. Aunque a Theroux le parezca un fastidio, regresarán.