Salud inhumana
Mi mamá, con más de ochenta años, ha sido una guerrera
Mi mamá, con más de ochenta años, ha sido una guerrera. La ha sostenido la fuerza de una mujer nacida en un país que, con demasiada frecuencia, la obligó a batallar en silencio. Esta semana, su historia se encontró de frente con las grietas del sistema público que he estudiado y defendido en la búsqueda de generación de valor para los ciudadanos. Llegamos al hospital un sábado de madrugada. Desde entonces quedó clara una paradoja que me persigue desde la universidad: el control de costos, imprescindible en cualquier sistema público, puede convertirse en un dogma tan rígido que termine negando la esencia misma de la atención: el cuidado digno. A mi mamá la amarraron a una camilla porque su alzhéimer no le permitía entender qué ocurría. No la sedaron. La sujetaron mientras una enfermera, con la mirada baja, me explicaba que no había autorización para otro procedimiento. Estuvo 48 horas sin bañarse. Cuando por fin aprobaron la resonancia, llevaba más de un día entero en un pasillo, sobre una camilla de ambulancia, convertida en un paquete clínico que nadie sabía exactamente quién debía recibir. Tampoco le suministraban los medicamentos de base porque ya se los había entregado la EPS. No quiero caer en la simplificación de acusar a quienes trabajan en el hospital. Vi auxiliares que hacían lo imposible por aliviar la incomodidad, médicos que buscaban un resquicio en los protocolos, funcionarios agotados que trataban de destrabar un sistema que multiplica papeles mientras fragmenta responsabilidades. No es que no les importe. Es que también son víctimas de un modelo que confunde austeridad con deshumanización. Lo que viví -durante seis días, caminando, observando y preguntando- no es una anécdota aislada. Mi mamá fue atendida bajo el modelo del Fomag, que cubre a más de 850.000 maestros y sus familias y cuya mezcla de techos financieros y control del gasto se usa como piloto de un cambio estructural. Pero en la práctica revela un riesgo profundo: la eficiencia sin humanidad. He estudiado la financiación pública desde el pregrado, el acceso a salud fue mi tesis, analicé cómo la cobertura creció de forma importante, de hecho pasó del 30 % al 98 % en 2022 (Minsalud) en casi dos décadas, aunque persistían barreras financieras que hacían del acceso efectivo un desafío. Hoy nos preguntamos qué tipo de modelo podemos sostener. Muy pocos países en el mundo ofrecen salud sin costo para el usuario en el punto de atención, y quienes lo logran financian esos sistemas con impuestos mucho más altos que los nuestros y con modelos de control y auditoría sólidos. El sistema actual resolvió parte del problema de acceso; el reto es mejorar calidad y sostenibilidad sin sacrificar humanidad. La sostenibilidad fiscal es indispensable. La transparencia en el uso de los recursos públicos es irrenunciable. La salud no puede reducirse a autorizaciones que se demoran días mientras un adulto mayor grita de miedo y un familiar suplica que alguien le atienda. Éramos varios pacientes y familias en las mismas condiciones, en pasillos, en camillas, intentando recibir una atención digna. La transparencia real no es solo publicar contratos, sino también asegurar que los modelos sean auditables en su impacto humano. Que los indicadores no se queden en cifras de facturación, sino que midan la dignidad con que se atiende. Que no permitamos, en nombre de la contención del gasto, que una madre pase dos días sin aseo, amarrada, esperando un procedimiento. Un país que hace esto no necesita más recursos ni decretos. Necesita más humanidad. Más control sobre el verdadero costo de la eficiencia mal entendida: la dignidad de las personas.
El modelo del Fomag
Patricia Rincón Mazo
Que los indicadores no se queden en cifras de facturación, sino que midan la dignidad con que se atiende. Que no permitamos, en nombre de la contención del gasto, que una madre pase dos días sin aseo, amarrada, esperando un procedimiento.