"Frida", un mural danzado de amor y quebranto
Con "Frida", el Ballet de Santiago continúa la estimulante senda de explorar nuevos lenguajes coreográficos y temáticas con identidad
Con "Frida", el Ballet de Santiago continúa la estimulante senda de explorar nuevos lenguajes coreográficos y temáticas con identidad. El espectáculo, creado por la coreógrafa belga-colombiana Annabelle Lopez Ochoa, y presentado por primera vez en Latinoamérica, marca un hito: no solo trae al escenario una figura poderosa del arte del siglo XX, sino que lo hace desde una perspectiva donde lo latinoamericano es forma, color, música y emoción.
Ambientada en el México de la primera mitad del siglo pasado, la obra transita por los dolores y pasiones de Frida Kahlo con una estética vibrante que remite, sin imitar, a su universo pictórico. El vestuario de Dieuweke van Reij evoca con sensibilidad las insignias visuales de la artista -corsés, flores, bordados, faldas amplias-, mientras que la iluminación de Christopher Ash aporta los relieves dramáticos necesarios para una narrativa que, aunque fragmentaria, necesita atmósferas bien delineadas.
La música original de Peter Salem -con acertadas inclusiones de canciones de Chavela Vargas- encuentra en la batuta de Pedro-Pablo Prudencio una guía musical expresiva, cuidada y profundamente empática con el material escénico. La mezcla de jazz, mariachi, flamenco y sonidos contemporáneos no solo acompaña, sino que realza el gesto coreográfico.
En el terreno de la danza, resplandece el trabajo de Katherine Rodríguez en el rol protagónico. Su Frida es física, intensa, libre y contenida cuando es necesario. En escena la acompaña con carácter Cristopher Montenegro como Diego Rivera, estableciendo una relación corpórea de contrastes y complicidades. También brillan Deborah Oribe como la Columna Rota -metáfora visual de la fragilidad física de la pintora-, Ethana Escalona como el Ciervo (una suerte de alter ego de Frida) y Mariselba Silva como el Pájaro, figuras simbólicas que enriquecen la lectura coreográfica.
Destaca, además, el trabajo del cuerpo de baile, que demuestra un notable compromiso físico y teatral. Especialmente en los segmentos donde encarnan a los esqueletos -clara alusión al imaginario mexicano de la muerte- se logra una mezcla eficaz de dramatismo, humor y destreza que aporta dinamismo y variedad al flujo coreográfico sin romper la coherencia estética del conjunto.
La puesta es visualmente deslumbrante y la secuencia de cuadros logra sostener la atención, si bien el desarrollo mantiene un tono expresivo bastante parejo, sin alcanzar grandes clímax emocionales o giros dramáticos estremecedores. Esto puede deberse a la estructura misma del ballet, más cercano a una galería de evocaciones que a una dramaturgia lineal con tensión creciente. Sin embargo, lo que permanece al final es la sensación de haber asistido a una experiencia estética coherente, sensible y comprometida con la identidad cultural de nuestro continente. Que el Ballet de Santiago apueste por obras de este perfil -inclusivas, contemporáneas, femeninas y con acento latinoamericano- es, sin duda, una señal de madurez institucional y artística que hay que celebrar.