Un kilo de huevos
Lo dijo con total seriedad y me quedé perplejo
Lo dijo con total seriedad y me quedé perplejo. Nunca había oído algo así. Los huevos se venden por docenas, o por bandejas, pero no por kilos. En realidad, y pensándolo bien, no lo dijo con total seriedad, sino con total convicción, como si estuviera diciendo perfectamente lo que no estaba diciendo. Y con una inocencia, además, que te podía poner de patas en la atmósfera...
Estábamos en un bar, por lo que la frase tampoco calzaba. ¿Qué hace uno en un bar hablando de huevos? (bueno, en los pubs ingleses no es raro que te vendan huevos duros). Aunque tal vez esto sea una tontería: en un bar uno habla de lo que le plazca. No hay reglas.
Como sea, al poco se dio cuenta del error y se largó a reír. Y, de nuevo, con total convicción e inocencia. ¿Ha visto, lector, reír a alguien con profunda sinceridad? Imagino que sí; pero pruebe a ver si todas las personas a las que ve reír lo hacen de ese modo, o con tal actitud no solo emocional, sino moral.
Y es que sí, esa risa fue moralmente genuina, franca, natural. No solo espontánea, sino libre. Era para quedarse mirando, si no fuera por las patas y la atmósfera...
En fin, vaya cosa con el kilo de huevos. Rato después empezamos a jugar con otras medidas absurdas: un litro de pan, dos metros de lechugas, tres gramos de pasta de dientes, cuatro segundos de crema para la cara y otras boludeces del estilo. Pero no, no fue lo mismo. Lo del kilo de huevos había sido espontáneo, instantáneo, automático.
Había sido fantástico.