Jueves, 26 de Marzo de 2026

Pensar doble

ColombiaEl Tiempo, Colombia 7 de agosto de 2025

En los años veinte y treinta y cuarenta del siglo pasado se incrementó de manera alarmante la publicación de novelas e historias que pertenecían al subgénero literario de las ‘distopías’: utopías del horror y la enajenación, utopías al revés en las que ese mundo imaginado y presentido no entrañaba el paraíso sino el infierno

En los años veinte y treinta y cuarenta del siglo pasado se incrementó de manera alarmante la publicación de novelas e historias que pertenecían al subgénero literario de las ‘distopías’: utopías del horror y la enajenación, utopías al revés en las que ese mundo imaginado y presentido no entrañaba el paraíso sino el infierno. Y digo "pertenecían" porque muchas de ellas terminaron siendo, también, certeras profecías, un vaticinio que por desgracia se cumplió. La explicación de ese auge literario y editorial de un género tan particular que antes, en el siglo XIX, se había ocupado sobre todo del progreso y de la ciencia pero que desde principios del siglo pasado se fue volviendo cada vez más político e ideológico, la explicación es obvia: con la catástrofe de la Primera Guerra Mundial y luego la irrupción del totalitarismo, la literatura fue, como suele serlo siempre, una especie de refugio y consuelo, un territorio de libertad. También porque esas formas del totalitarismo que surgieron hace un siglo como consecuencia de la guerra -el bolchevismo, el fascismo, el nazismo- implicaban eso: una utopía que en la medida en que se iba consumando revelaba su verdadera naturaleza ruinosa y atroz, sus resortes opresivos, su forma de someter y doblegar al individuo en nombre de grandes sueños colectivos que acababan siendo, sin remedio, cómo no, siniestras pesadillas. El arte, pero sobre todo la ficción, se volvió entonces una especie de relato en clave para desentrañar las miserias y las trampas de ese horror, su condición fraudulenta, violenta e inhumana. O no es que el arte se volviera eso, porque es lo que siempre ha sido, pero hace un siglo sirvió como válvula de escape para que muchos creadores y pensadores pudieran hablar de un mundo imaginado que era tanto peor cuanto más se parecía al suyo de verdad. Es imposible enumerar todas las distopías que se publicaron en la primera mitad del siglo pasado, desde las más recónditas hasta las más célebres, pero un recuento superficial y personal, arbitrario, nos permite asomarnos en ese abismo y descubrirnos en él aún hoy, quizás hoy más que entonces. Pienso por ejemplo en las novelas de Ferdinand Bordewijk, en especial una que se llama Bloques: es como Kafka pero mejor, con eso les digo todo. Y claro, están las novelas, mucho más conocidas, de George Orwell, que se enfrentó como pocos, desde la literatura, al dogmatismo y la alienación de esos regímenes totalitarios que en su tiempo parecían infalibles. En sus novelas, como en la famosa 1984, hay una denuncia de cómo el espíritu de secta se lo va tragando todo hasta invadir cada ámbito de la existencia, incluido el del lenguaje que es el de la consciencia. Eso se imagina Orwell en esa novela cada vez más vigente: una dictadura marcada por la vigilancia y la censura, la supresión del lenguaje para nombrar la realidad. Sobre ese tema se ha escrito ya mucho, demasiado, pero ayer, a propósito de otra cosa, recordé uno de los conceptos principales de 1984 y su sociedad distópica y brutal que es el del ‘doblepensar’, la forma en que allí se pueden admitir dos posiciones lógicas contradictorias por razones políticas. Por razones políticas e ideológicas: por estar de acuerdo con el líder, por acreditar la ciega adhesión a sus delirios y locuras, aun sabiendo que lo son, para ganarse su favor. Eso es el ‘doblepensar’ según Orwell: "Negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que se niega...". No es un estado de engaño e ilusión, no: es un acto consciente y desvergonzado de adulteración de la realidad. Quien lo oficia lo sabe y acepta esa idea de las cosas que no es cierta y no le importa: si se trata del líder supremo, vale la pena. www.juanestebanconstain.com
Barataria
Juan Esteban Constaín
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