Por Estudiante de Psicología
Hace varios años en la universidad, Anid Etraulob, una joven peruana de 22 años, escribía las respuestas del examen en su pierna y la cubría con su falda
Por Estudiante de Psicología
Hace varios años en la universidad, Anid Etraulob, una joven peruana de 22 años, escribía las respuestas del examen en su pierna y la cubría con su falda. Le parecía una solución ideal a su problema; claro, porque, cuando uno no sabe la respuesta, lo mejor es aparentar que sí la sabes y que el receptor piense que efectivamente estudiaste, y así te coloque una buena calificación. Aparte de adorar hacer trampa, Anid veía en Facebook a las Kardashians, le gustaba cómo de un día para otro tenían la nariz sin caballete, el busto más grande o la boca más gruesa, y sin ningún tipo de cirugía de por medio, como decían ellas. También tenía una rara obsesión con ver la hora. Anid creció y sus hábitos permanecieron. Solo el 2,5% de sus amigos le tenían cierto afecto.
El sinónimo de ?Perú? es ?corrupción? y es lamentable. Porque está en todos lados. Desde lo más pequeño, como el circuito de manejo en Conchán, donde uno puede ?acelerar? su brevete con un pago extra sin saber manejar, hasta lo más alto, como el sillón presidencial, donde hoy se sienta una mujer rodeada de denuncias por enriquecimiento ilícito, encubrimiento y abuso de poder. Todo se mueve por interés. Y el interés, casi siempre, es el dinero. No se premia al que estudia, sino al que paga. No asciende el mejor funcionario, sino el que tiene más contactos. No gana el contrato la empresa más capacitada, sino la que sabe a quién sobornar.
La corrupción no es solo un problema legal: es cultural. Está tan normalizada que ya nadie se sorprende. El país sigue funcionando a pesar de todo, pero siempre cojeando. Mientras tanto, los Anid siguen creciendo. Y gobernando.