Natalidad: una caída vertiginosa
Se requiere avanzar en políticas que sean efectivas en promover la natalidad, pero también en otras que permitan atenuar el impacto de su caída.
En 1970, siete de los 38 países que hoy integran la OCDE tenían una tasa de fertilidad mayor a la de Chile. En 1995 eran solo seis y la nuestra se situaba muy por encima de la tasa de reemplazo poblacional, es decir, 2,1. Pocos años después, sin embargo, se inició una caída sorprendente. Hoy, son 36 los países OCDE con una tasa de fertilidad superior a la nuestra; solo en Corea del Sur es inferior. Y es que, según las estimaciones preliminares del INE, en 2024 nuestra tasa alcanzó apenas a 1,03 (el promedio OCDE se sitúa en 1,43). Es razonable, entonces, que haya preocupación por el efecto que esta realidad puede tener en la vida nacional. No solo en la economía -dado su impacto, por ejemplo, en el crecimiento o en la reestructuración que deberían enfrentar los sistemas de educación y salud-, sino también en la cohesión social.
Por cierto, hay un retraso en la edad en que las mujeres están teniendo su primer hijo y esto puede contribuir transitoriamente a reducir la tasa de fecundidad. Así, una reversión parcial es posible en los próximos años, pero no será suficiente para recuperar las tasas del pasado. Surge, entonces, la interrogante respecto de qué políticas pueden promoverse para tratar de potenciar la natalidad. Sobre todo pensando que distintas naciones sufrieron problemas similares antes que nosotros y llevan más tiempo reflexionando el asunto. Estas experiencias y la alta variabilidad en las tasas de fertilidad entre los países que las han implementado dejan lecciones de las que conviene aprender. Un caso paradigmático es Hungría, con una larga tradición en políticas para enfrentar la caída de la natalidad, pero resultados mixtos, a pesar de ser una de las dos naciones europeas que más invierten en este tipo de iniciativas: un 3,6% del PIB. El otro país con un gasto similar es Francia, pero con mejores resultados. De hecho, presenta en la actualidad la tasa de fertilidad más alta en Europa después de Bulgaria: 1,66. Los países escandinavos, en cambio, también con fuerte inversión en este ámbito, han visto retroceder significativamente su tasa de fertilidad.
Esto sugiere, entonces, que se requiere un proceso de ensayo y error para ir afinando políticas públicas que puedan ser útiles. Los estudios empíricos disponibles suelen destacar que mayores tasas de fertilidad están positivamente asociadas con altas tasas de empleo de hombres y mujeres; alta cobertura y calidad de la educación inicial (incluida sala cuna); armonización entre trabajo y cuidado, con apoyos decididos y asegurando equidad; programas de respaldo a quienes, queriendo tener hijos, no pueden lograrlo, y menor costo de la vivienda. Los apoyos financieros por hijo nacido tienen un efecto positivo, pero muy pequeño (Hungría utiliza intensivamente esta medida y Francia bastante menos). En todas estas dimensiones, Chile está muy atrasado. Sin embargo, estas políticas solo explican una proporción no muy alta de la variabilidad en las tasas de fertilidad entre naciones. Así, habría otros factores, no adecuadamente medidos en estos estudios, que podrían contribuir a explicar las diferencias. De allí, la importancia de avanzar con cautela en este ámbito antes de tomar grandes decisiones de inversión pública. También es indispensable no poner expectativas desmesuradas sobre las políticas que se quiera implementar y resguardar que en su diseño no se afecten otros objetivos valiosos. Ello puede terminar rigidizando las decisiones en un ámbito que requiere flexibilidad y constante evaluación, más aún en momentos de fragilidad fiscal.
Finalmente, en algunas dimensiones, los efectos de la caída en la natalidad se pueden atenuar con otras iniciativas. Por ejemplo, la reducción en la fuerza de trabajo que ese fenómeno provocaría se puede compensar con un aumento de la productividad promedio. Ello requiere, entre otros aspectos, un mejoramiento sustancial en las habilidades y destrezas que desarrolla el sistema educativo, y una revisión profunda de nuestro sistema de capacitación, el que no está hoy agregando mayor valor a quienes se benefician de él. En este sentido, enfrentar los efectos de la caída de la natalidad no solo supone concentrarse en las iniciativas que puedan revertirla, sino también en las que permitan adaptarse y paliar en parte su impacto.