Ni grandes ni chicos: cómo entender a los preadolescentes y generar vínculos con ellos
Paulina Peluchonneau, psicóloga infanto-juvenil, acaba de publicar un libro para guiar a los padres en esta etapa poco visibilizada, en la que los niños entran en una "tierra de nadie", donde todo cambia y el acompañamiento adulto es clave.
No son los mismos niños de hace unos años, pero tampoco han llegado aún a la adolescencia. Sus cuerpos cambian, el ánimo oscila y la necesidad de autonomía crece, aunque todavía dependen profundamente de sus padres. Se trata de la preadolescencia, un período que suele transitarse entre los 10 y 14 años y que conlleva desafíos emocionales, físicos y relacionales que influirán tanto en el desarrollo de los hijos como en la calidad del vínculo familiar a futuro.
Justamente por la relevancia y complejidad de esta fase, y por lo poco que ha sido visibilizada, Paulina Peluchonneau, psicóloga infanto-juvenil con más de tres décadas de experiencia clínica, decidió escribir "Preadolescentes en casa: una guía para padres", libro que está en preventa en el sitio web de la Editorial Amanuta (www.amanuta.cl) y llegará a librerías a fines de mes.
Peluchonneau reconoce que este período es difícil, tanto para los hijos como para los adultos. "Se debe asumir que ocurrirán conflictos padre-hijo, porque hay conflictos internos en el niño, en relación a la pérdida de la infancia y la emergencia de la adolescencia, y también hay conflictos internos en los padres: seguir siendo padre de un niño chico versus aceptar que el hijo está creciendo y que tengo que ser diferente, empezando a soltar y a mirarlo como alguien con opiniones propias".
En esta etapa, agrega, "coexisten los últimos tiempos de la niñez con los inicios de la adolescencia, por eso el comportamiento del niño oscila entre una conducta infantil y dependiente con otra en que se sienten grandes e independientes. Son un niño grande y un adolescente pequeño, es el tiempo de estar en tierra de nadie".
Durante los tres o cuatro años que dura esta transición, los niños enfrentan cambios en todas sus dimensiones. "A nivel físico, su cuerpo comienza a transformarse en uno adulto con capacidad reproductiva. A nivel cognitivo, empiezan a desarrollar la capacidad de ser más reflexivos. Al mismo tiempo comienzan a aumentar sus impulsos, intensidad y variabilidad de sus emociones. Además, cambiarán sus intereses, sus conductas, sus relaciones con los pares y con los adultos, especialmente con sus padres", precisa.
Una gran oportunidad
En este escenario, Peluchonneau explica que los padres pueden experimentar la sensación de que "empiezan a desconocer a su hijo. Se comportan como chicos, pero piden permisos de grandes. Y además, los demandan de manera contradictoria, como si les dijeran a sus padres: 'Necesito tu ayuda, pero no me ayudes' o 'dime qué tengo que hacer, pero no voy a hacer eso'".
"Esto puede llevar a que los padres vivan la situación con desconcierto, confusión e impotencia, porque sienten que nada de lo que hacen resulta suficiente, que la embarran y que nunca le achuntan. Mientras que es común que los preadolescentes sientan que no los entienden, lo que les provoca enojo".
Pese a las dificultades, Peluchonneau enfatiza que este tiempo también es una gran oportunidad. "Es el momento clave para que el preadolescente comience a desarrollar una independencia sana, favoreciendo su desarrollo saludable, y que se fortalezca el vínculo familiar antes de la llegada de la adolescencia, permitiendo sentar las bases de una buena confianza y comunicación".
En ese contexto, es importante intentar evitar las equivocaciones más comunes. "Algunos padres caen en el error de seguir tratando a los hijos como niños pequeños, con mucho control y autoritarismo, lo que puede impedir que desarrollen su independencia o provocar rebeldía. Otros, en cambio, los tratan como si ya fueran grandes, dejándolos solos, sin límites ni acompañamiento, lo que aumenta el riesgo de que se expongan a situaciones peligrosas".
De hecho, poner límites adecuados es clave. "En general, el límite o prohibición debe ser por un tiempo acotado, con razones claras y conversadas, y es importante incluir a los hijos en la discusión. Por ejemplo, decir: 'Ahora no puedes andar solo en micro, pero veamos cómo puedes aprender para hacerlo más adelante. ¿Te parece o tienes otra idea?'. Así también, si se entrega un celular propio -lo que debería ocurrir después de los 12 o 13 años-, deben establecerse normas de uso, como el tiempo de pantalla".
También recomienda otra serie de prácticas útiles para los padres: fomentar el diálogo sin juicios, creando espacios para este fin; tolerar los silencios, ya que los preadolescentes no están siempre listos para hablar; desarrollar la paciencia; conversar sobre expectativas y consecuencias; impulsar que piensen por sí mismos, hablar sobre los permisos y evitar los "no" automáticos, que pueden dar la impresión de que su opinión no importa.
Sin embargo, recuerda que aunque se tenga la mejor disposición de ambas partes, es muy probable que se cometerán errores. "Es clave practicar la comprensión, entender que uno puede equivocarse como padre, y que el hijo también puede equivocarse, es parte del proceso. Hay que recordar que a lo largo de toda esta transición, que culmina con la adultez, ocurre una suerte de traspaso de mando para que el hijo gobierne su vida".
Ayuda profesionalDurante la preadolescencia, y dada la naturaleza de esta crisis del desarrollo, es esperable que aparezcan algunos síntomas, explica Peluchonneau. Por ejemplo, ansiedad de separación (que al niño le cueste tolerar que los padres salgan solos de noche), problemas de alimentación o de conducta, conflictos con sus pares, mal uso de la tecnología y baja en el rendimiento académico, entre otros.
Sobre cuándo es recomendable acudir a un especialista, la psicóloga sugiere poner atención a la intensidad y duración de estos síntomas. "Cuando la intensidad o cronicidad es tan alta que perjudica o impide que el niño o niña pueda hacer su vida cotidiana, se debería consultar. Por ejemplo, si la baja en el rendimiento académico implica riesgo de repitencia o cuando los problemas de conducta hacen que los padres sean llamados en forma recurrente al colegio".