Piernas
"Ay, mijito, pobres piernas", espeta tía Waverly una de estas tardes de primavera
"Ay, mijito, pobres piernas", espeta tía Waverly una de estas tardes de primavera. "¿Las del aeropuerto?", le pregunto. "Sí, pues. ¿O creíste que me refería a las mías?". Está un poquito delicada de cutis con la nueva estación... "Pobres piernas, solitas en algún rincón de la aduana, supongo que con la debida refrigeración. ¿Te das cuenta, mijito, a lo que hemos llegado?". Trato de explicarle que es una iniciativa científica, formativa, para futuros médicos y capacitación de otros ya no tan futuros. "¿Pero por qué piernas solamente, mijito, separadas de sus respectivos cuerpos? ¿Por qué no importan cuerpos enteros y no pedazos? Ay, me recuerda el martirio de los jesuitas ingleses en tiempos de Isabel I Tudor (!los mismos de Shakespeare¡). Tanta violencia. Cabezas que ruedan, brazos que se clavan en las murallas de la City, piernas en el puente de Londres, en fin...". Yo pensé que me iba a hablar de Mary Shelley y su doctor Frankenstein, pero no. Ya ve, lector, por qué derroteros anda o discurre la cabeza de la tía. "Bueno, lo importante es que las piernas lleguen a puerto", le digo al fin, ante lo que suelta una feroz carcajada. "Sí, claro, caminando por la costanera tan felices. ¿Y quién silba por ellas, eh? Me las imagino a todas en fila india, pasando frente a la torre de control para tomar la autopista. El problema va a ser en el túnel El Melón".
Me quedo pensando y colijo que tras esa ironía se esconde una amarga verdad: no se está tratando con la misma dignidad a la parte que al todo.