Jueves, 26 de Marzo de 2026

Una administración bicéfala

ColombiaEl Tiempo, Colombia 11 de octubre de 2025

A principios del mes de septiembre, la Sección Quinta del Consejo de Estado -máximo juez de la administración pública- se pronunció sobre la situación jurídica del profesor Ismael Peña, quien, meses atrás, había sido elegido rector por el Consejo Superior de la Universidad Nacional (UN)

A principios del mes de septiembre, la Sección Quinta del Consejo de Estado -máximo juez de la administración pública- se pronunció sobre la situación jurídica del profesor Ismael Peña, quien, meses atrás, había sido elegido rector por el Consejo Superior de la Universidad Nacional (UN). Esa elección fue impugnada por seguidores del profesor Leopoldo Múnera, aduciendo que había sido contraria a las normas institucionales. Quienes estamos comprometidos con la suerte de la alma mater recibimos con júbilo la sentencia, pues en ella quedó consagrado que "no se encontraron configuradas las causales de nulidad alegadas" y, por lo tanto, el alto tribunal avaló la elección del profesor Peña. Ahora queda por aclarar la situación del profesor Leopoldo Múnera, quien ha venido fungiendo como rector, producto de un zarpazo político. Así las cosas, en la actualidad la UN cuenta con una administración bicéfala: un rector legítimo sin funciones y otro, sub judice, desempeñando el cargo. Con la llegada del profesor Múnera a la rectoría comenzó la petrificación de la institución. Muy pronto se convocó la cacareada "constituyente universitaria", cuyo objetivo es popularizar la institución. Para empezar, se autorizaron la invasión de la minga al campus y su acomodo en instalaciones académicas. En algunos cargos de dirección se colocaron fichas políticas, haciendo abstracción de sus capacidades técnicas, que ha sido una característica del gobierno del Pacto Histórico. En su reciente libro, Nexus, el historiador hebreo Yuval Noah Harari recuerda que "los populistas buscan monopolizar no solo la autoridad política, sino todo tipo de autoridad, y tomar el control de instituciones tales como los medios de comunicación, los tribunales y las universidades". Entendible lo que ha venido ocurriendo en la Nacional: se la quiere hipotecar a una corriente política, estrategia propia de los gobiernos totalitarios, populistas, que riñe con los sistemas democráticos. La década de los 70 del siglo pasado fue testigo de otro intento fallido. Fue una época convulsa para todas las universidades públicas del país, pues se quiso hacer de ellas un instrumento arrojadizo contra el Gobierno central, es decir, contra "el establecimiento", tenido como lacayo del imperialismo yanqui. Viví de cerca esa infortunada década en la UN siendo profesor y miembro del Consejo Superior Universitario. Para entonces los profesores se organizaron en los denominados "claustros", y los estudiantes, en los "comités de base". El propósito era aparentemente sano: democratizar el proceso de elección de las directivas, pugnar por la vigencia de una verdadera autonomía. Inicialmente yo formé parte de los claustros, pero me retiré pronto, cuando advertí que el interés político primaba sobre el interés académico. Esta estrategia de politizar la universidad se tradujo en malestar académico: interrupción de los calendarios, división entre los profesores y estudiantes, parálisis administrativa... Manifestación clara de la inestabilidad institucional durante aquella década fue la designación de 11 rectores. Solo en el año 71 hubo 4: Enrique Carvajal, Mario Latorre, Diego López y Santiago Fonseca. El anhelo de los claustros y de los comités de base era imponer un rector de su corriente política, es decir, un marxista. El presidente López Michelsen los complació nombrando al abogado Luis Carlos Pérez en el año 74, administración que duró escasos doce meses. Esa experiencia fue un fracaso, pues cada una de las distintas corrientes de izquierda pretendía hacer del rector un cautivo. El rector Pérez se convenció de que una universidad pública politizada era incompatible con un gobierno central democrático. Internamente el transcurrir estaba sujeto al querer de grupos anarquistas, de extremistas políticos. A los predios, al campus, no podía ingresar nadie que no fuera de su agrado. En alguna de mis columnas anteriores recordaba que al maestro Matislav Rostropóvich le fue saboteado un concierto en el auditorio León de Greiff; el candidato presidencial Carlos Lleras Restrepo fue secuestrado cuando quiso dictar una conferencia en la Facultad de Derecho; Gabriel García Márquez no aceptó hacer acto de presencia en el campus para recibir el doctorado honoris causa que le había otorgado la universidad. Según me lo manifestó, estaba seguro de que sería abucheado por fanáticos de izquierda que lo consideraban "un revisionista".
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Fernando Sánchez Torres
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