La hora del café colombiano
Margarita Bernal
El café colombiano vive un gran momento
Margarita Bernal
El café colombiano vive un gran momento. La cosecha 2024-2025 superó los 14,8 millones de sacos la más alta en treinta años. Un dato que suena a triunfo y que invita a reflexionar. Detrás de esa cifra hay una historia: la de un país que presume del café, pero que pocas veces se detiene a entenderlo. Celebramos con emoción esta bonanza, las exportaciones —principalmente a los Estados Unidos— fortalecidas por los beneficios arancelarios frente a Brasil y el consumo interno, que aumenta. Colombia está que no le cabe un tinto de la dicha. Este grano ha sido nuestro espejo y nuestra costumbre. Lo bebemos cada día, lo asociamos con la rutina. Hablar de él no debería ser un acto automático, sino una forma de reconocernos. No es solo una bebida ni un producto de exportación: es un país entero contenido en una taza. Nos acostumbramos a oír y repetir que tenemos "el café más suave del mundo", sin preguntarnos qué significa eso ni quién lo hace posible. Más de 550.000 familias viven de él, de una geografía que lo moldea, un saber que se hereda y una tradición que lo sostiene. Se cultiva en 23 departamentos y más de 600 municipios, lo que lo convierte en una de las actividades agrícolas más extendidas, importantes y simbólicas del país. Después de casi dos siglos de historia cafetera, seguimos lejos de comprender su alma. Lo medimos solo en cifras, precios y exportaciones, cuando en realidad es conocimiento, territorio, oficio. No obstante, reconozco que el panorama está cambiando: productores experimentan con fermentaciones, tostadores resaltan sabores, baristas perfeccionan técnicas y los consumidores comienzan a sofisticar el gusto. En medio de ese camino está la cultura del café. No solo como un conjunto de saberes, sino como una forma de mirar el mundo. Una bebida que se vuelve lenguaje, identidad, paisaje y tiempo. Nos atraviesa sin notarlo: en la memoria familiar, en la oficina, las pausas de media mañana, los encuentros y los silencios que el aroma interrumpe. Es el arte de preparar y compartir. Por eso escribo esta columna. Para mirar el café de cerca, comprender sus dimensiones económicas y humanas y rendirle homenaje. El café es una manera de vivir. Es el territorio, la gente y el conocimiento en una taza. Y si algo debemos hacer es mirarlo con respeto, curiosidad y orgullo, entendiendo que cada sorbo es también un acto de resistencia, memoria y de futuro. Esta columna será un espacio para celebrarlo. No solo por sus sabores y aromas, sino por los lazos que crea y las personas que lo acompañan. Buscaremos darle el lugar que merece: símbolo que nos representa en el mundo. Que cuando se hable de Colombia, se piense en lo mejor que entrega al planeta: el café. Ese universo que nace en la siembra y llega a la taza; huele a tierra y a conversación. Pertenece a quienes lo cultivan, tuestan, preparan y disfrutan. Porque hablar de café —en Colombia— no es repetir un relato conocido, sino descubrir, una y otra vez, lo que aún nos queda por saborear. Buen café.
Consultora y comunicadora gastronómica.