Si quepo, me meto
Camino mucho, a veces más de diez kilómetros diarios, y una de las cosas que he notado es que a los semáforos se los respeta cada vez menos
Camino mucho, a veces más de diez kilómetros diarios, y una de las cosas que he notado es que a los semáforos se los respeta cada vez menos. La gente siempre se los ha pasado en amarillo, un acto tan aceptado que tiene su propia escena en Los Simpson, pero es que el asunto se ha ido escalando, al punto de que el amarillo es el nuevo verde, así como los cuarenta son los nuevos treinta. Por cuenta de esa mentira vemos ahora a hombres con canas en la barba vestidos con traje formal y tenis blancos, o peor aún, usando camisetas de fútbol por la calle. El punto es que, de tanto ver conductores pasándose semáforos en cada esquina, un día se me zafó un tornillo y me paré en la mitad de la calle atajando carros como si fuera un arquero de fútbol. En total contabilicé tres carros y cinco motos cruzando en rojo, ninguno de los cuales me hizo caso, por supuesto. En vez de frenar, todos aceleraron mientras me esquivaban y, encima, dos de ellos me insultaron; uno con el típico "no sea sapo", y el otro con un escueto "quítese que lo espicho". Lo que pasa es que somos tan cortos que solo vemos un aparato que bota tres diferentes tipos de luz, cuando en realidad un semáforo es una figura de autoridad. Es decir, cada vez que nos lo volamos estamos declarando que nos importan un carajo la ciudad y todos sus habitantes. Porque es cierto que hay más carros que vías y eso dificulta todo, pero también es verdad que la imprudencia y la precariedad nos ganan, desde el demente que se la pasa cambiándose de carril buscando el que más se mueve, pasando por un choque, un varado, una obra, un hueco o alguien en contravía. Lo más fácil siempre es culpar a las autoridades de turno, porque si algo nos gusta a los ciudadanos es evadir nuestra responsabilidad civil mientras les echamos el bulto a los que mandan, convencidos de que nuestra única obligación es votar y pagar impuestos. Es por eso que constantemente vemos carros en vías concurridas con las luces de parqueo, que en su caso son luces de: "Si las prendo puedo acomodarme donde se me dé la gana". Pero no están solos, que los irresponsables se mueven de todas las maneras. Se suele culpar a las camionetas blindadas del caos vehicular, y razones no faltan: son alérgicas a los parqueaderos y a cumplir las normas, por eso siempre hay una obstruyendo; y su ocupante, que antes era un personaje de dudosa reputación, ahora es un político, que viene a ser más o menos lo mismo. Y en el pasado eran solo ellas, pero ahora la anarquía se ha democratizado y cualquiera con un Spark hace lo que se le antoja porque la única ley que importa es: "Si quepo, me meto". Por eso vemos peatones saltándose separadores, motos por los andenes y ciclorrutas, y bicicletas rodar libres como si los semáforos no tuvieran nada que ver con ellas. Mención especial para los híbridos, aquellos que no son ni motos ni ciclas y que andan por la calle o por el andén a conveniencia, según la necesidad. Décadas tratando de desarrollar un eficiente sistema de reglas de tránsito, y quién iba a decir que la fórmula para irrespetarlas todas era ponerle pedales a una moto o motor a una bicicleta. Y no es por exculpar a los conductores de carros, pero las motos han sido al mismo tiempo una solución de movilidad para muchos que ya no tienen que depender de un transporte público ineficiente, pero un problema para la ciudad, con cifras que superan de largo el millón de máquinas andando a diario. Muchos de ellos son domiciliarios que son capaces de cualquier cosa con tal de cumplir con la promesa de entregar el pedido en diez minutos, no vaya a ser que la personita especial que está esperando su encargo se ofenda porque por sus pandebonos recién horneados se demoraron más de la cuenta.
Anarquía en las vías
Adolfo Zableh Durán