IA: Regular para innovar, no para frenar
No estamos solos en esta carrera; nuestros vecinos observan y actúan.
En los pasillos del Congreso y en los foros empresariales, el debate sobre la inteligencia artificial ha pasado de ser una curiosidad futurista a una urgencia legislativa. Sin embargo, en el afán por controlar lo desconocido, corremos un riesgo tan peligroso como la falta de reglas: el de la sobrerregulación que asfixia. Chile se encuentra en una encrucijada histórica donde una mala decisión normativa no solo nos dejará atrás, sino fuera del juego.
La premisa debe ser clara: necesitamos una regulación equilibrada. Una normativa que proteja los derechos fundamentales y la ética, pero que no se convierta en un ancla para la investigación ni en un freno de mano para la innovación. El miedo no puede ser el arquitecto de nuestra ley. Si imponemos barreras burocráticas excesivas o responsabilidades legales desproporcionadas a los desarrolladores locales y start-ups , simplemente mataremos el ecosistema antes de que madure.
Es tentador mirar hacia Europa. La ley de IA de la Unión Europea es un referente robusto, pero caer en la trampa del "copiar y pegar" legislativo sería un error estratégico garrafal. Nuestra realidad no es la de Bruselas. Nuestra matriz cultural, social, económica y demográfica es distinta; nuestra capacidad tecnológica y comercial tiene otros ritmos; y nuestra posición geopolítica exige pragmatismo, no dogmatismo.
Importar normativas diseñadas para mercados maduros sin adaptarlas a nuestra realidad local es como tratar de cultivar uvas del Rin en el desierto de Atacama sin ajustar el riego: el resultado será estéril. Debemos observar las regulaciones foráneas como brújulas, no como mapas definitivos. Necesitamos un traje a la medida, flexible, basado en riesgos reales y no hipotéticos, que fomente la inversión y la atracción de talento digital.
El llamado a las nuevas autoridades y legisladores es urgente y no admite dilaciones. La ventana de oportunidad es estrecha y se está cerrando. No estamos solos en esta carrera; nuestros vecinos observan y actúan. Si Chile titubea, si nos enredamos en prohibiciones en lugar de habilitaciones, otro país de la región tomará la bandera del liderazgo digital.
La oportunidad es hoy. Si fallamos, no solo perderemos la carrera tecnológica: veremos cómo nuestros servicios se vuelven obsoletos y cómo el capital se fuga hacia jurisdicciones más amigables.
No dejemos que la historia nos recuerde como la generación que tuvo la llave del desarrollo en la mano y, por miedo a usarla, dejó la puerta cerrada para siempre. El futuro no espera, y el liderazgo digital de Latinoamérica está vacante para quien tenga la audacia de tomarlo.