Lunes, 05 de Enero de 2026

"Kast supo entender que había una necesidad de rechazo, de desquite"

ChileEl Mercurio, Chile 3 de enero de 2026

¿Cómo fueron los años 90 para Chile? ¿Insoportables o queribles? El nuevo libro del autor de "Siútico" narra los claros y oscuros de la época, incluidos el iceberg de Sevilla, la explosión del consumo, la sombra de Pinochet y la debilidad de la nueva democracia. El escritor y columnista habla de su reciente publicación, también de Gabriel Boric y del triunfo de Kast. Y reconoce que su mirada escrutadora no siempre cae bien. "Ahora estoy menos insoportable, pero tampoco soy la simpatía andante".

Con su percepción fina y observadora de Chile y sus habitantes, Oscar Contardo (Curicó, 1974) es capaz de constatar aquellos pequeños -y grandes- rasgos que hablan de Chile y sus habitantes, desde el arribismo social hasta nuestra forma de saludar. El escritor, que ha plasmado su buena pluma y mirada crítica en columnas y ensayos -como "Siútico", "Rebaño" y "Raro"-, posee un juicio agudo y un carácter que se podría calificar de "irritable", por no decir "enojón". Hombre de buenos amigos, cuenta también con no pocos detractores, con quienes ha sostenido intensas discusiones (entre las más recientes, por sus críticas a la gestión cultural del gobierno de Boric).
A los 18 llegó desde Curicó -"Curiyork", para él- a estudiar Periodismo en la Universidad de Chile. "Sí, con mi canastito lleno de ilusiones", cuenta divertido. Y aunque lleva décadas viviendo en Santiago, se enorgullece de venir "de provincia". Contardo trabajó como periodista en La Época y luego en el suplemento Artes y Letras de "El Mercurio". En ese período publicó, junto con Macarena García, "La era ochentera". Ahora presenta el libro "La era del entusiasmo. Chile en los noventa" (Editorial Planeta), esta vez escrito en solitario.
"Antes era muy arrogante. Hoy estoy menos insoportable, pero tampoco soy la simpatía andante", comenta con una sonrisa resignada, durante la conversación sobre su nueva obra, diálogo en el que tampoco esquiva tópicos de actualidad. Entre ellos, el triunfo de Kast, que lo tuvo "bien bajoneado", según relata.
-¿Y cuál es tu ánimo actual?
- De resignación.
- ¿Resignación cristiana?
-Eso, resignación cristiana -se ríe-. Tampoco soy de esas personas que anuncian que se van del país. Pero sé que en Chile va a haber un gobierno por el que no voté ni siento cercanía.
-En marzo es el traspaso de mando. ¿Cuál es, en tu opinión, el principal reto del nuevo gobierno?
-Uff, complicado. Creo que el gran desafío es la posibilidad de construir una narrativa de futuro, que les hace falta a los chilenos. Un entusiasmo colectivo. Además, el gobierno deberá bajar las expectativas que ellos mismos sembraron. Por ejemplo, no es posible sacar a 300.000 migrantes. Y creo que nuestra sociedad viene agotada anímicamente, pero la rabia permanece.
- ¿Se plasmó esa rabia en la votación?
-La campaña de José Antonio Kast supo entender que había una necesidad de rechazo, de desquite. De decir: 'No lo lograron, ahora votamos por este otro lado'. Si no se aplaca o se exacerba esa cosa divisiva, eso del "zurdo de porquería", puede ser muy complicado. En Argentina hay un debate plagado de descalificaciones, de mala leche naturalizada y replicarlo aquí me parecería tóxico.
-En el prólogo del libro hablas del "gatopardismo" chileno.
-Creo que, en relación a gran parte de Latinoamérica, somos raros. En Chile tenemos una manera particular de relacionarnos y gestionar nuestros conflictos, distinta a la colombiana, la argentina o la peruana. Además, somos los mismos desde hace como 300 o 400 años, en Argentina no ocurre eso. A los chilenos, en general, desde el sector popular para arriba, no nos gusta el desorden. Entonces, cuando llega una migración enorme latinoamericana, cuesta enfrentarla. Por ejemplo, mucha gente en una población no quiere bancarse la música toda la noche. Y claro, ese deseo de orden nos lleva al gatopardismo.
- Pero somos de estallidos violentos.
-Ha habido desórdenes, sí, pero no queremos eso como forma de vida. Y hay que recordar que el estallido no solo ocurrió en el centro de Santiago, también se vivió en provincia o en zonas marginales, donde hay un abandono que persiste. El Estado no está llegando.
- Y aparecen otros "protectores".
-Como el narco. Entra esta plata "protectora", que viene a ordenar la cosa.
- ¿La izquierda no ha percibido ese deseo de orden?
-Hay una izquierda con un acercamiento al mundo popular que tiene algo de condescendencia, del tipo 'yo les vengo a enseñar algo'. O de alegar que los problemas de seguridad son exageraciones de los matinales. No obstante, para muchas personas, el viaje desde su casa al paradero de la micro, a las cinco de la mañana, es algo muy importante. Si tú no sientes seguridad ahí, ya nada funcionó.
La frivolidad
- Siempre has sido de izquierda y en algún momento te acercaste al Frente Amplio.
-Total. Pero entonces se llamaba Revolución Democrática.
- La relación no terminó bien.
-Me lié con todo.
- ¿Cómo ha sido esta travesía en el desierto?
-Muy dura. Eso sí, no he perdido amistades, mis amigos no estaban ahí. Ellos saben que soy un pésimo militante, soy desobediente. Pero en los tiempos de Revolución Democrática asistí, muy disciplinado, a una serie de discusiones sobre políticas culturales. Y empecé a vivir tensiones, por ejemplo, no había interés en el matrimonio igualitario. Eso fue el 2013 y fue un primer punto de quiebre, después hubo otros".
-En síntesis, ¿qué es lo que más te molestó ahí?
-La frivolidad.
-¿En qué sentido?
-La frivolidad política, al enarbolar banderas sin profundidad, sin densidad. No asumir que si uno dice algo, significa una serie de trabajos y una serie de consecuencias. En el gobierno de Boric, primero fue el viaje de ministra del Interior a Temucuicui. Y uno dice, bueno, a veces hay equivocaciones. Pero el desencanto era semanal: los indultos, la casa de Allende, temas en el ámbito de la cultura, que uno conoce y donde el Presidente Boric tuvo un respaldo casi unánime.
-También has sido crítico de la Iglesia Católica y en el ensayo "Rebaño" hablaste de los abusos en su seno. Ahora el tema ha vuelto por la anulación, por parte del Vaticano, de las sanciones al padre Berríos.
-Solo respondería que creo que aún nos ha hecho lo suficiente por los sobrevivientes. Esa frase resume lo que me incumbe.
La rabia y la crítica
-Hace veinte años escribiste sobre la era ochentera. ¿Era más rabiosa tu mirada?
-Soy la misma persona, pero, claro, han pasado 20 años. Ese libro tenía más bien un formato de fresco de época. Considerando la rudeza de ese momento, de la dictadura, puede que haya estado presente un tono más sarcástico, más rabioso.
-También fuiste muy crítico de la década de los 90.
- Mi crítica al manejo de los casos de abusos a los derechos humanos y las demandas de justicia social siempre la he tenido. Pero tengo claro que el retorno a la democracia no era un momento fácil. En el gobierno había una generación de políticos que lo habían pasado mal, el miedo lo tenían muy incorporado. Había también un asunto de responsabilidad. Se tenía que conjugar a Pinochet como comandante en jefe -incluidos ejercicio de enlace y boinazo-, demandas sociales y acciones de grupos armados. Eran muchas tareas al mismo tiempo, sobre todo en el gobierno de Aylwin.
- El crecimiento económico era un contrapeso de la debilidad institucional.
-En un plazo muy corto, entre el 90 y el 98, Chile crece muchísimo. Sin esa estabilidad económica, la falta de estabilidad institucional habría sido más difícil de afrontar.
- El libro describe que el asesinato de Jaime Guzmán le resta impacto al informe Rettig.
- En marzo de 1991, el presidente Aylwin da a conocer las conclusiones de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, sobre las violaciones a los derechos humanos en la dictadura de Augusto Pinochet. Era un reconocimiento demasiado claro, demasiado poderoso y la idea era cristalizar ese impulso en un programa de difusión y educación. Pero todo se desvanece con el asesinato de Jaime Guzmán, el 1 de abril de 1991.
- No te convence el "guerrillero en democracia".
- Uno puede tratar de entender, pero no justificar o romantizar un ataque que ocurre en democracia, a gente desarmada y que podría haber provocado una crisis mucho mayor.
El iceberg que chorrea
Casi dos años de trabajo, muchas entrevistas -y un montón de horas revisando prensa de la época en la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Congreso - incluyó la investigación de "La era del entusiasmo. Chile en los noventa" (Editorial Planeta) de Contardo. En las primeras páginas, el autor relata con gracia la extrema dificultad que había en Chile, a comienzos de los 90 -mientras se levantaba el gigantesco edificio de Telefónica- para conseguir revistas, libros o discos extranjeros, algo inimaginable para la juventud actual. Es un recorrido ameno y agudo por esa década, que muestra lo frágil de nuestra memoria y cuán lejanos parecen hechos que no ocurrieron hace tanto tiempo. "Sí, creo que en el libro también hay una voluntad para mostrar cómo era vivir lo cotidiano en un país tan alejado", comenta Contardo.
-Tu crónica aborda desde los ejercicios de enlace hasta el programa "Viva el lunes".
-O las teleseries de la época. Cada cosa aporta un hilo del tejido, que sin ese formato se pierde. Pues al momento de abrir un diario o una revista antigua, no ves solo las grandes noticias, también los avisos y las notas pequeñas, el contexto de una época. Eso tiene que ver con mi formación de periodista de prensa escrita. Al investigar, todo el rato pensaba en cómo se va a escribir sobre la década de 2020, sin un contexto que permita mirar en paralelo las cosas.
-La historia del iceberg en Sevilla es casi delirante. ¿Es muy expresiva de los 90?
-Totalmente. La idea era mostrar un "Chile no tropical". Un país blanco, frío, que buscaba ser visto como algo confiable y medianamente alegre, pero no tanto. Ahí confluyeron empresarios, publicistas y hasta el artista Gonzalo Díaz, que después no siguió. Llegó el iceberg a Sevilla donde hacían 40 grados de calor y los anfitriones del pabellón chileno andaban con parka, muertos de frío. Cecilia Serrano, que despachaba el noticiero desde ahí, se enfermó de faringitis. Luego el hielo empezó a chorrear, era como una película de Raúl Ruiz. Fue un gran empeño para volver a ser parte del mundo y cambiar la idea de Chile como sinónimo de Pinochet.
- ¿Resultó? ¿O fue un fracaso?
-Fue superexitoso, lo visitó un montón de gente. Todo el mundo quería ir al pabellón chileno. Ahora, tampoco se hacían negocios ahí o se exhibía tecnología. Eran puras imágenes, había unas cajas que se abrían y aparecía la foto de un moái o de un bosque.
- El crecimiento generó una explosión del consumo, para algunos difícil de asimilar.
- Pilla a muchos medio perplejos. Tanto en la izquierda como en la derecha, se mira con distancia esa forma de obtener gratificación a través del consumo, esas personas que se compran una televisión más grande que la casa. Esa mirada moralizante, con un grado de condescendencia perdura hasta hoy. Aún cuesta mucho abordar el tema del consumo desde la política.
Malditos 90
-¿ Se pudo hacer más en los 90 en el combate de la pobreza?
-Creo que hubo un deslumbramiento, no tanto en el gobierno de Aylwin como en el de Frei, con los progresos económicos. Había avances evidentes en la superación de la pobreza, pero también una forma muy macro de observar esa demanda, a veces con ligeraza. Faltaba verificar, por ejemplo, que una vivienda social resistiera bien la lluvia. Puede que esa familia que recibía la casa antes viviera entre cartones, pero a esa madre sola, inundada y con una guagua enferma, se le decía que en unos meses la empresa iba a dar una respuesta. Hizo falta más fineza en la mirada.
- ¿Y en derechos humanos?
- En los 90 las agrupaciones de derechos humanos se sentían defraudadas, pasadas a un segundo o tercer plano. Y como el tema no se resuelve, vuelve. La cicatriz se reabre en 1998, con la detención de Pinochet en Londres. Luego retorna a Chile y se levanta como Lázaro de la silla de ruedas. Pinochet es el fantasma que recorre la década, es como una obra de Shakespeare, pero a orillas del Mapocho.
-¿En qué momento de los 90 comienzan a ser mirados con mucho recelo?
-Desde el año 2010, en el segundo gobierno de Michelle Bachelet. Cierta juventud ve a la Concertación como una elite satisfecha de sí misma, a la que le faltó mucho por hacer y que se apegó al poder.
- ¿Ese desprecio por los 90 se modifica posestallido?
- Creo que ha variado. Se sabe que hay gente que se acomodó y que quedaron deudas. Pero también hay muchas personas que trabajaron para que las cosas mejoraran. Y una dictadura es una cosa y una democracia es otra. Es peligroso construir síntesis simplistas de situaciones complejas que se vivieron en los 90 en Chile.
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