Curiosa coincidencia
Días atrás me sucedió algo inesperado que podría verse como una de esas coincidencias curiosas (y también felices) que la cotidianidad nos depara en ocasiones
Días atrás me sucedió algo inesperado que podría verse como una de esas coincidencias curiosas (y también felices) que la cotidianidad nos depara en ocasiones. Mientras estaba yo sentado en una banca de un templo esperando el inicio de la Misa, percibo que se sienta inmediatamente junto a mí otro de los columnistas de esta misma tribuna. Es decir, en medio de tantas posibilidades distintas para participar en el culto católico, dos diadiístas concordamos en un momento sacramental. Cuando nos dimos el saludo de la paz -que supuso llamarse mutuamente por el respectivo seudónimo- se me ocurrió que esta pequeña anécdota podía dar pie a la crónica que usted ahora lee, pues no es habitual para mí compartir un instante y un espacio común con alguno de los otros articulistas de esta sección mercurial.
Este encuentro significó para mí un nuevo hallazgo: reconocer que con dicha persona no solamente hay una vocación y una función semejantes, sino a la vez notar todavía algo más hondo: esta persona y yo poseemos una fe común, fe que se alimenta de la Eucaristía y que de ahí irradia hacia otros ámbitos de la vida, en este caso el de unas líneas semanales que escribimos cada uno por separado, pero con un horizonte de trascendencia que impulsa de modo común nuestro modesto oficio de cronistas.